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En este año
que se cumple el 60 aniversario de la restauración y vuelta de los
Trinitarios a Valdepeñas, hagamos memoria de algunos recuerdos del
Reformador de la Orden Trinitaria y de este querido pueblo manchego en
el que nació la Reforma Trinitaria.
Juan Bautista,
llamado en el siglo Juan García Rico, nace el 10 de Julio de 1561 en
Almodóvar del Campo. Es un pueblo manchego de la provincia de Ciudad
Real que entonces contaba con unos 4.000 habitantes.
Recuerdos de familia e infancia
Como
nos señala el P. Juan Pujana en su obra “San Juan Bautista de la
Concepción, Carisma y Misión”, el entorno familiar y social propicia a
Juan una educación impregnada del espíritu religioso filtrado sobre todo
por el canal paterno-materno. Como fr. Juan escribiría más tarde en sus
obras: “Hay en mis padres harta más virtud que en mi”. Fuera del círculo
familiar, su crecimiento humano y espiritual tiene mucho que ver con el
clero. Los jesuitas son los primeros religiosos presentes en su vida.
Estos tenían una escuela en Almodóvar y aquí aprendió las primeras
letras. Según el testimonio de su hermano mayor, “Juan siempre
acompañaba a los padres de la Compañía de Jesús así a predicar como a la
doctrina”.
El P. Pujana
nos comenta como el muchacho Juan con la misma asiduidad e interés
acompañaba a los misioneros enviados por San Juan de Ávila a su pueblo.
A través de estos misioneros Juan pudo conectar tempranamente con el
espíritu sacerdotal, misionero y apostólico de su paisano Juan de Ávila.
A los catorce
años vemos al joven Juan en contacto con los Carmelitas Descalzos que se
establecen en Almodóvar en la casa dejada por los Jesuitas. Acude desde
principio a su escuela de Gramática y Humanidades.
Al año
siguiente de la apertura del convento, se produce en la vida del joven
un hecho excepcional de tintes proféticos. A su regreso de Andalucía,
Teresa de Jesús, se detuvo en Almodóvar para visitar a los carmelitas,
yendo a hospedarse a la vecina casa de Marcos García. Y ahí profetizó a
su madre: “uno de sus hijos ha de ser gran santo y reformador de una
grandiosa obra que se verá”.
Recuerdos de sus años de
formación como Trinitario Calzado
Fue en la
imperial ciudad de Toledo a la que Juan se acerca y solicita su ingreso
en el Convento de los Trinitarios. Allí tomó el hábito el año 1580. En
el noviciado convive con el celebre S. Simón de Rojas con el que tal vez
repasa sus conocimientos filosóficos. En su iniciación a la vida
religiosa, como nos señala el P. Pujana, le acompañan otros trinitarios
que alcanzaron renombre por motivo de martirio, santidad o de ciencia,
como fr. Juan Palacios y Bernardo Monroy, futuros mártires en Argel. El
mismo Juan Bautista escribirá más tarde:
“Yo me
crié con un maestro de novicios que a los hermanos siempre les
persuadía que pensasen en la pasión de Cristo y que no saliesen
ni se apartasen de ella. Dijonos también que jamás perdiéramos
de nuestra presencia y vida interior a Cristo crucificado,
azotado y coronado de espinas”.
El 29 de junio
de 1581 vemos a Juan emitiendo sus votos solemnes. De allí es enviado a
Alcalá de Henares para completar el estudio de la teología.
Recuerdos de un excelente
predicador
En Juan
Bautista estamos ante un trinitario de cultura excelente. Como señala el
P. Juan Pujana, “lo evidencian sus escritos, alimentados de una
caudalosa vena bíblica y teológica, así como teñidos de sorprendente
erudición”. Esto lo atestigua el hecho de que en la Orden fuera
reconocido como teólogo de profesión.
Pero sobre
todo donde veremos a Juan desarrollar sus talentos será en el púlpito.
Será un gran predicador. Se ha escrito de él: “Tuvo palabra fácil,
santidad de vida reconocida por todos en la Orden y fuera de ella,
erudición de doctrina, grande aceptación del público y no menor provecho
que sacaba de las almas”. Y el mismo Juan Bautista nos lo atestigua:
“Había
predicado una cuaresma y dijo un padre cansado de las muchas
confesiones que se hacían y conciencias que se remediaban: Padre
ministro, mande al P. Fr. Juan que no predique de esa manera,
que nos acaban y quitan la vida con confesiones”.
De
estos recuerdos podemos constatar que el primer carisma sacerdotal en
Juan Bautista es la predicación evangélica asumida por él y reconocida
por la Orden. Pero también nos muestra Juan, como nos señala el P.
Pujana, “otro carisma que podemos denominar sabiduría teológica para
exponer la Palabra de Dios”. En este doble carisma, ejercitado con el
testimonio de una vida santa, estriba la fecundidad de sus sermones.
Aquí remarca
el P. Pujana que nuestro santo insiste en que la buena predicación –la
que provoca a sincera conversión- debe apoyarse enana vida santa y
centrarse como pide S. Pablo (1Cor. 1,22) en Cristo crucificado, en
Cristo desnudo, sin otras delicadezas y sutilezas del ingenio. Fustiga a
los predicadores que buscan el propio lucimiento anteponiendo las
palabras humanas a la Palabra de Dios.
Recuerdos de los primeros pasos
de la Reforma Trinitaria
Juan Bautista
es testigo del ambiente de reformas en la Iglesia solicitada por el
concilio de Trento. Desde mediados del siglo XVI la reforma de las
órdenes religiosas se presenta como una necesidad ineludible. La
reclaman los obispos, los príncipes y los mismos religiosos.
Nos señala el
P. Juan Pujana en su obra “La Reforma de los Trinitarios durante el
reinado de Felipe II”, que en 1563, año clausural del concilio de
Trento, la Orden Trinitaria cuenta con 9 provincias y al menos 150
conventos. Aquí nos recuerda este historiador trinitario, las dos
grandes llagas que están llevando a la crisis a la Orden: “la
inactividad redentora y los abusos contra la pobreza”. Quizás por un
interés más político que religioso pero el mismo rey Felipe II impulsó
las reformas de las órdenes religiosas en España. Una de las razones del
rey es que los superiores generales residentes en Roma, descuidaban, por
lo general, la corrección de sus súbditos españoles, de los cuales se
acordaban tan solo a a la hora de sacar dinero.
En este
ambiente de privilegios de poder que unos querían mantener la vida
religiosa cómoda y fácil. Pero por otra parte Juan Bautista está
escuchando los nuevos aires de cambio y reforma, de los cuales los
Trinitarios no están ajenos. De este modo se reúne una Asamblea
interprovincial de las tres provincias de España en Valladolid en mayo
de 1594. Aquí se da el primer paso a la Reforma Trinitaria llegando al
siguiente acuerdo:
“En
cada provincia se señalen dos o tres casas, en las cuales los
religiosos que quisieren hacer vida más áspera de la ordinaria
se puedan recoger con licencia de los padres provinciales y, no
pudiendo pasar adelante con la aspereza comenzada, tornanse a
otros conventos, dando lugar a que entren otros a hacer lo
mismo”.
Como nos
señala el P. Pujana, el decreto vallisoletano fue una medida reclamada
desde la clausura del Concilio de Trento por amplios sectores de la
Orden Trinitaria y por Felipe II. Pero poco o nada se hizo por saltar
del papel a la vida. Todo esta desgana por la reforma se debió a la
actitud inoperante de los provinciales, que incluso no querían publicar
sus reales intenciones. Ellos con esos acuerdos de Valladolid sólo
habían pretendido cumplir con el Rey.
Recuerdos de la casa de
Valdepeñas
La fundación
de Valdepeñas la recordará con cariño Juan Bautista como “un soplo de
Dios”. Así comienza el relato de la que será cuna de la Descalcez
Trinitaria:
“En
este tiempo dio Dios unos soplos, al parecer algo desviados, y
fue que caminando el marqués de Santa Cruz para Almagro, acertó
a ir en compañía un religiosos de los padres calzados. Acaso
ofreciose tratar de fundaciones y monasterios, como digo, fueron
soplos con que había de arder el fuego que, en los religioso que
lo deseaban, estaba encubierto” (Tomo VIII, f. 5r).
Como nos
señala el P. Juan Pujana, desde el primer momento Juan Bautista de la
Concepción nos invita a leer esta historia y la que sigue con ojos de
fe, confrontando la impotencia de los hombres con el designio divino.
Para el reformador, en su providencia, es Dios el que hará “arder el
fuego de la reforma”.
D.
Eusebio Vasco, historiador de Valdepeñas, en su obra “Valdepeñas, Cuna
de la Descalcez Trinitaria”, nos relata los tratos de Valdepeñas con los
trinitarios recoletos, la venida de Juan Bautista y las oposiciones a la
fundación por parte del Arzobispado de Toledo, Orden de Calatrava y los
mismos Trinitarios Calzados.
Este
historiador valdepeñero que tuvo en sus manos el protocolo del convento
nos describe como era Valdepeñas en tiempo de la Reforma:
“Era
el año 1594. El mismo en que se celebró el Capítulo General de
Valladolid. Valdepeñas a más de ser villa populosa, era rica, no
sólo por la celebridad que en aquel entonces gozaban ya sus
vinos, sino también y muy principalmente por sus abundantes
cosechas” (1).
Juan recuerda su enfermedad e
imposibilidad de ir a Valdepeñas
El primer religioso recoleto que
irá a Valdepeñas, Fr. Juan de Dueñas, como nos relata Eusebio Vasco,
tras este primer encuentro, Fr. Juan de Dueñas refirió al Beato Juan
Bautista en Membrilla de lo ocurrido en el encuentro con el Marques. El
futuro Reformador tiene grandes deseos de ir a Valdepeñas pero “nada
podía hacer por haber pasado gravísima enfermedad y estar
imposibilitado”. Ante las dificultades presentadas por fr. Juan
Bautista, señala Vasco “que no se desanimó por esto fr. Juan de Dueñas,
al contrario, calla, viene a Valdepeñas, donde el Marqués le dijo quería
fundar un monasterio, busca al administrador, Marco García, a quien
refiere su conversación con el Marqués, informándole de los rigores de
la regla, aspereza del hábito, estrechez de vida y poco regalo en la
comida”(2).
Siguiendo las notas del
Protocolo y de los escritos de S. Juan Bautista de la Concepción,
Eusebio Vasco especifica como además el Administrador del Marqués,
consigue se reúna el ayuntamiento, a quien encarece la utilidad de la
fundación, alegando entre otras cosas, la falta de confesiones, ser el
pueblo grande y los obreros de Dios pocos, manifestando también que
existiendo una sola iglesia no era posible a todos oír la palabra divina
(3).
Finaliza este
capítulo D. Eusebio señalando según el Protocolo, la fundación en San
Nicasio y el secreto entre el pueblo, el fraile y el Marqués:
“Fray
Juan de Dueñas recorrió el pueblo, buscando sitio aparente para
la fundación y pareciéndole a propósito la ermita de San
Nicasio, pidió a los cofrades se la cediesen, lo que así
prometieron, otorgando después la debida escritura….A todo el
Fraile no había escrito a la Orden y nadie la había consultado.
Los trinitarios nada sabían de la fundación, en Valdepeñas, de
un convento de recoletos de la Santísima Trinidad. Era un
secreto entre el pueblo, el Fraile y el Márquez”
(4).
Recuerdos de la primera misa,
capitulaciones y celebraciones en Valdepeñas
Juan
Bautista recordará con mucho afecto aquel día de noviembre de 1494 en el
que se celebró la primera misa en San Nicasio y se firmaron las
capitulaciones con el Ayuntamiento de Valdepeñas. Así nos relata Eusebio
Vasco
“Acabó el Beato la misa,
consumió y marcharon todos al Ayuntamiento…El Ministro de
Membrilla era hombre que le importaba poco conceder lo que le
pedían. El Beato Juan gustaba se accediese a lo solicitado por
lo mucho que amaba la Recolección, aunque por su poca salud no
pensaba ser recoleto" (5).
Tras la firma
de las capitulaciones comenta Vasco, vienen las Celebraciones.
Terminadas las capitulaciones, con grandísimo contento de todos,
aquella tarde arreglaron la ermita lo mejor que pudieron,
pregonaron por el pueblo que a la noche hubiera iluminaciones y
lumbres en las calles (fiesta acostumbrada cuando había gran
regocijo o venía del Marqués) y repicaron las campanas la mayor
parte de la noche" (6).
Recuerdos de Valdepeñas, como
reforma sin espíritu de reforma
Por razones
desconocidas, el primer recoleto Fr. Juan de Dueñas vuelve con los
Calzados y así comenta D. Eusebio en el capitulo sexto el descontento de
los valdepeñeros por los Trinitarios.
“Ausente el Recoleto quedaron los calzados olvidados de la
Recolección; más no sucedía otro tanto a los valdepeñeros con
aquello que el buen religioso les había dicho. Además, en los
conciertos firmados en el libro de acuerdos, se acentuó tanto la
nota de penitencia y pobreza, que por pobre y buena que fuese la
vida de los frailes, no por esto dejó de murmurar el pueblo,
aumentándose el descontento cada día" (7).
No hay
espíritu de cambio y renovación en Fr. Miguel de la Reina como
ministro. Sólo hay burlas y apariencias como explica D. Eusebio.
“Más
como los frailes que habitaban el convento no habían venido a
ser recoletos, no hubo hombre que se pusiera el hábito grueso de
recoleto, ni aún quisiera oír mentar. Sobraron todos colgados en
una percha durante el día y por la noche sirvieron de abrigo en
las camas, hasta que meses después, pasando de mano en mano, los
llevaron a vender al convento de Madrid, donde los compraron
para gualdrapas y calzones de camino" (8).
Recuerdos de Valdepeñas en el
pulpito de Sevilla
Por otra
parte, nuestro autor manchego relata el otro suceso que le acaeció al
Reformador el mismo día 28 de Enero de 1596 en Sevilla.
“Hallábáse a la sazón en Sevilla el Beato Juan, y parece ser
veía desde allí lo que pasaba en Valdepeñas, pues predicando
este día de San Inés –desde que subí al púlpito, dice el Beato
padre, hasta que bajé, yo no fui mío; ni sé como hablaba, ni
quien me decía las cosas que predicaba. Todo un sermón de
excelencias del propio hábito, de su institución y principio, de
las excelencias de Santa Inés en la Orden….Que no puedo entender
sino que hoy le está naciendo señaladísimas mercedes y obrando
grandes misericordias con ella…Algunos días después llegó a
Sevilla la noticia de lo ocurrido en Valdepeñas, el citado día
de Santa Inés y conocieron todos el espíritu profético con que
habló el Beato Juan Bautista de la Concepción (9).
A
partir de este momento, el camino de Juan Bautista será abandonar los
aplausos del buen predicador de Sevilla e ir a Valdepeñas para emprender
la obra de Reforma de la Orden Trinitaria. En sus obras recordará todos
los obstáculos que encontró en el camino a Roma para conseguir de manos
del Papa Clemente VIII el breve de la Reforma. E incluso teniendo ya el
breve, recuerda como el demonio le tienta: “Desde el día de este
glorioso santo (S. Bernardo) hasta demediado octubre, que fueron justos
dos meses, zarzeó tanto el demonio, procurando como raposa mil enredos y
rodeos para estorbar mi venida” (Tomo VIII, 136b).
Desde Valdepeñas comienza el
sueño de la Reforma Trinitaria
Hay muchos más
recuerdos tristes y alegres de Juan Bautista que nos llevarían para
escribir una obra más de su vida y obra.
En la hora
actual, como en la época de Juan Bautista, la Iglesia necesita ejecutar
los cambios y renovaciones que aprobó en el concilio Vaticano II. Creo
que hoy la figura y recuerdos de Juan Bautista de la Concepción nos
lleva a optar por el camino estrecho de los cambios y renovaciones.
Recordemos que para este trinitario del siglo XVII, Sevilla era para él
el camino ancho, el camino de la fama y de los aplausos. En cambio
Valdepeñas suponía el camino estrecho, el camino de la reforma y
renovación, la vuelta a Cristo y al Evangelio. El mismo Juan recordará
como le tentaba aquel camino fácil de Sevilla: “Yo estaba tan apegado a
las cosas de la tierra, honrillas, regalos que tenía muchos en aquella
ciudad, que no tuve fortaleza para desapegarme de eso”.
Dios que
insiste y Juan Bautista que se resiste. Al fin Juan se pone en manos de
Dios y desde Valdepeñas comienza el sueño de la Reforma Trinitaria.
Texto: ÁNGEL GARCÍA RODRÍGUEZ (Trinitario
- Málaga)
Fotos:
AURELIO GIL DE LA CASA (Trinitario - Granada)
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