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Queridos hermanos y hermanas;
queridos muchachos y muchachas:
He venido de buen grado a
visitaros, y el momento más importante de nuestro encuentro es la santa
misa, en la que se renueva el don del amor de Dios: amor que nos
consuela y da paz, especialmente en los momentos difíciles de la vida.
En este clima de oración quisiera dirigiros mi saludo a cada uno de
vosotros: al ministro de Justicia, honorable Clemente Mastella, al que
expreso en especial mi agradecimiento; al jefe del Departamento de
justicia para menores, señora Melita Cavallo; a las demás autoridades
que han participado; a los responsables, a los agentes, a los educadores
y al personal de este establecimiento penal para menores, a los
voluntarios, a los familiares y a todos los presentes. Saludo al
cardenal vicario y al obispo auxiliar, monseñor Benedetto Tuzia. De modo
especial, saludo a monseñor Giorgio Caniato, inspector general de los
capellanes de los Institutos de prevención y pena, y a vuestro capellán,
a quienes doy las gracias por haberse hecho intérpretes de vuestros
sentimientos al inicio de la santa misa.
En la celebración eucarística es Cristo mismo quien se hace presente en
medio de nosotros; más aún, viene a iluminarnos con su enseñanza, en la
liturgia de la Palabra, y a alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre, en
la liturgia eucarística y en la Comunión. De este modo viene a
enseñarnos a amar, viene a capacitarnos para amar y, así, para vivir.
Pero, tal vez digáis, ¡cuán difícil es amar en serio, vivir bien! ¿Cuál
es el secreto del amor, el secreto de la vida? Volvamos al evangelio. En
este
evangelio aparecen tres
personas: el padre y sus dos hijos. Pero detrás de las personas hay dos
proyectos de vida bastante diversos. Ambos hijos viven en paz, son
agricultores muy ricos; por tanto, tienen con qué vivir, venden bien sus
productos, su vida parece buena.
Y, sin
embargo, el hijo más joven siente poco a poco que esta vida es aburrida,
que no le satisface. Piensa que no puede vivir así toda la vida:
levantarse cada día, no sé, quizá a las 6; después, según las
tradiciones de Israel, una oración, una lectura de la sagrada Biblia;
luego, el trabajo y, al final, otra vez una oración. Así, día tras día;
él piensa: no, la vida es algo más, debo encontrar otra vida, en la que
sea realmente libre, en la que pueda hacer todo lo que me agrada; una
vida libre de esta disciplina y de estas normas de los mandamientos de
Dios, de las órdenes de mi padre; quisiera estar solo y que mi vida sea
totalmente mía, con todos sus placeres. En cambio, ahora es solamente
trabajo.
Así, decide
tomar todo su patrimonio y marcharse. Su padre es muy respetuoso y
generoso; respeta la libertad de su hijo: es él quien debe encontrar su
proyecto de vida. Y el joven, como dice el evangelio, se va a un país
muy lejano. Probablemente lejano desde un punto de vista geográfico,
porque quiere un cambio, pero también desde un punto de vista interior,
porque quiere una vida totalmente diversa. Ahora su idea es: libertad,
hacer lo que me agrade, no reconocer estas normas de un Dios que es
lejano, no estar en la cárcel de esta disciplina de la casa, hacer lo
que me guste, lo que me agrade, vivir la vida con toda su belleza y su
plenitud.
Y en un primer momento —quizá durante algunos meses— todo va bien: cree
que es hermoso haber alcanzado finalmente la vida, se siente feliz. Pero
después, poco a poco, siente también aquí el aburrimiento, también aquí
es siempre lo mismo. Y al final queda un vacío cada vez más inquietante;
percibe cada vez con mayor intensidad que esa vida no es aún la vida;
más aún, se da cuenta de que, continuando de esa forma, la vida se aleja
cada vez más. Todo resulta vacío: también ahora aparece de nuevo la
esclavitud de hacer las mismas cosas. Y al final también el dinero se
acaba, y el joven se da cuenta de que su nivel
de vida
está por debajo del de los cerdos.
Entonces comienza a recapacitar
y se pregunta si ese era realmente el camino de la vida: una libertad
interpretada como hacer lo que me agrada, vivir sólo para mí; o si, en
cambio, no sería quizá mejor vivir para los demás, contribuir a la
construcción del mundo, al crecimiento de la comunidad humana... Así
comienza el nuevo camino, un camino interior. El muchacho reflexiona y
considera todos estos aspectos nuevos del problema y comienza a ver que
era mucho más libre en su casa, siendo propietario también él,
contribuyendo a la construcción de la casa y de la sociedad en comunión
con el Creador, conociendo la finalidad de su vida, descubriendo el
proyecto que Dios tenía para él.
En este camino
interior, en esta maduración de un nuevo proyecto de vida, viviendo
también el camino exterior, el hijo más joven se dispone a volver para
recomenzar su vida, porque ya ha comprendido que había emprendido el
camino equivocado. Se dice a sí mismo: debo volver a empezar con otro
concepto, debo recomenzar.
Y llega a la
casa del padre, que le dejó su libertad para darle la posibilidad de
comprender interiormente lo que significa vivir, y lo que significa no
vivir. El padre, con todo su amor, lo abraza, le ofrece una fiesta, y la
vida puede comenzar de nuevo partiendo de esta fiesta. El hijo comprende
que precisamente el trabajo, la humildad, la disciplina de cada día crea
la verdadera fiesta y la verdadera libertad. Así, vuelve a casa
interiormente madurado y purificado: ha comprendido lo que significa
vivir.
Ciertamente, en el futuro su
vida tampoco será fácil, las tentaciones volverán, pero él ya es
plenamente consciente de que una vida sin Dios no funciona: falta lo
esencial, falta la luz, falta el porqué, falta el gran sentido de ser
hombre. Ha comprendido que sólo podemos conocer a Dios por su Palabra.
Los cristianos podemos añadir que sabemos quién es Dios gracias a Jesús,
en el que se nos ha mostrado realmente el rostro de Dios.
El joven comprende que los mandamientos de Dios no son obstáculos para
la libertad y para una vida bella, sino que son las señales que indican
el camino quen
hay que recorrer para encontrar la vida. Comprende que también el
trabajo, la disciplina, vivir no para sí mismo sino para los demás,
alarga la vida. Y precisamente este esfuerzo de comprometerse en el
trabajo da profundidad a la vida, porque al final se experimenta la
satisfacción de haber contribuido a hacer crecer este mundo, que llega a
ser más libre y más bello.
No quisiera
hablar ahora del otro hijo, que permaneció en casa, pero por su reacción
de envidia vemos que interiormente también él soñaba que quizá sería
mucho mejor disfrutar de todas las libertades. También él en su interior
debe "volver a casa" y comprender de nuevo qué significa la vida;
comprende que sólo se vive verdaderamente con Dios, con su palabra, en
la comunión de su familia, del trabajo; en la comunión de la gran
familia de Dios. No quisiera entrar ahora en estos detalles: dejemos
que cada uno se aplique a su modo este evangelio. Nuestras situaciones
son diversas, y cada uno tiene su mundo. Esto no quita que todos seamos
interpelados y que todos podamos entrar, a través de nuestro camino
interior, en la profundidad del Evangelio.
Añado sólo
algunas breves observaciones. El evangelio nos ayuda a comprender quién
es verdaderamente Dios: es el Padre misericordioso que en Jesús nos ama
sin medida. Los errores que cometemos, aunque sean grandes, no
menoscaban la fidelidad de su amor. En el sacramento de la Confesión
podemos recomenzar siempre de nuevo con la vida: él nos acoge, nos
devuelve la dignidad de hijos suyos. Por tanto, redescubramos este
sacramento del perdón, que hace brotar la alegría en un corazón que
renace a la vida verdadera.
Además, esta parábola nos ayuda a comprender quién es el hombre: no es
una "mónada", una entidad aislada que vive sólo para sí misma y debe
tener la vida sólo para sí misma. Al contrario, vivimos con los demás,
hemos sido creados juntamente con los demás, y sólo estando con los
demás, entregándonos a los demás, encontramos la vida. El hombre es una
criatura en la que Dios ha impreso su imagen, una criatura que es
atraída al horizonte de su gracia, pero también es una criatura
frágil, expuesta al mal; pero
también es capaz de hacer el bien.
Y, por último, el hombre es una
persona libre. Debemos comprender lo que es la libertad y lo que es sólo
apariencia de libertad. Podríamos decir que la libertad es un trampolín
para lanzarse al mar infinito de la bondad divina, pero puede
transformarse también en un plano inclinado por el cual deslizarse hacia
el abismo del pecado y del mal, perdiendo así también la libertad y
nuestra dignidad.
Queridos
amigos, estamos en el tiempo de la Cuaresma, de los cuarenta días antes
de la Pascua. En este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos ayuda a recorrer
este camino interior y nos invita a la conversión que, antes que ser un
esfuerzo siempre importante para cambiar nuestra conducta, es una
oportunidad para decidir levantarnos y recomenzar, es decir, abandonar
el pecado y elegir volver a Dios.
Recorramos
juntos este camino de liberación interior; este es el imperativo de la
Cuaresma. Cada vez que, como hoy, participamos en la Eucaristía, fuente
y escuela del amor, nos hacemos capaces de vivir este amor, de
anunciarlo y testimoniarlo con nuestra vida. Pero es necesario que
decidamos ir a Jesús, como hizo el hijo pródigo, volviendo interior y
exteriormente al padre. Al mismo tiempo, debemos abandonar la actitud
egoísta del hijo mayor, seguro de sí, que condena fácilmente a los
demás, cierra el corazón a la comprensión, a la acogida y al perdón de
los hermanos, y olvida que también él necesita el perdón.
Que nos obtengan este don la Virgen María y san José, mi patrono, cuya
fiesta celebraremos mañana, y a quien ahora invoco de modo particular
por cada uno de vosotros y por vuestros seres queridos.
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