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Queridos
amigos:
Os doy la
bienvenida con alegría al reuniros en Roma con motivo del XII Congreso
Mundial de la Comisión Internacional de la Pastoral en las Cárceles. Le
doy las gracias, presidente, Christian Kuhn, por las cordiales palabras
que me ha expresado en nombre del Comité Ejecutivo de la Comisión.
El tema de
vuestro Congreso de este año: «Descubrir el rostro de Cristo en cada
detenido» (Cf. Mateo 25, 36), describe a la perfección vuestro
ministerio de intenso encuentro con el Señor. De hecho, en Cristo, «el
amor a Dios y el amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde
encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios» («Deus
caritas est»,
n. 15).
Vuestro
ministerio exige mucha paciencia y perseverancia. Con frecuencia
experimentáis desilusiones y frustraciones. Reforzar los vínculos que os
unen con vuestros obispos os permitirá encontrar ese apoyo y esa guía
que tanto necesitáis para aumentar la conciencia de vuestra misión. De
hecho, este ministerio, en el seno de la comunidad cristiana local,
alentará a los demás a unirse a vosotros en el cumplimiento de obras
corporales de misericordia, enriqueciendo la vida eclesial de la
diócesis.
Al mismo
tiempo, esto contribuirá a llevar a quienes ofrecéis vuestro servicio
hasta el corazón de la Iglesia universal, en particular, a través de la
participación regular en los sacramentos de la Penitencia y de la santa
Eucaristía (Cf.
«Sacramentum caritatis»
, n. 59).
Los detenidos
pueden fácilmente dejarse aplastar por sentimientos de aislamiento, de
vergüenza y rechazo que corren el riesgo de hacer añicos sus esperanzas
y sus aspiraciones para el futuro. En este contexto, los capellanes y
sus colaboradores están llamados a ser heraldos de la compasión y del
perdón infinitos de Dios.
En colaboración
con las autoridades civiles, tienen la tarea difícil de ayudar a los
detenidos a redescubrir el sentido para sus vidas de manera que, con la
gracia de Dios, puedan transformar su propia vida, reconciliarse con sus
familias y amigos y, en la medida de los posible, asumir la
responsabilidad y los deberes que les permitan llevar una vida honesta y
recta en el seno de la sociedad.
Las instituciones
judiciales y penales desempeñan un papel fundamental a la hora de
tutelar a los ciudadanos y el bien común (Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica,
n. 2266). Al mismo tiempo, tienen que contribuir a recuperar las
relaciones sociales destruidas por los actos criminales cometidos (Cf.
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia,
n. 403).
Por su misma
naturaleza, por tanto, estas instituciones tienen que contribuir a la
rehabilitación de quien ha cometido el crimen, facilitando el paso de la
desesperación a la esperanza, de la irresponsabilidad a la
responsabilidad.
Cuando las
condiciones en las cárceles obstaculizan el proceso de recuperación de
la autoestima y la aceptación de los deberes relacionados con ella,
estas instituciones dejan de cumplir uno de sus objetivos esenciales.
Las autoridades públicas deben estar atentas en este ámbito, evitando
todos los medios de castigo o corrección que socaven o degraden la
dignidad humana del detenido. En este sentido, reitero que la
prohibición de la tortura no puede ser infringida en ninguna
circunstancia (Ibídem, n. 404).
Confío en
que vuestro Congreso os sirva para compartir vuestras experiencias del
misterioso rostro de Cristo que resplandece en los rostros de los
detenidos. Os aliento en vuestro esfuerzo por mostrar ese rostro al
mundo, promoviendo un mayor respeto por la dignidad de los detenidos.
Rezo por
último para que vuestro Congreso os ofrezca también la oportunidad a
vosotros mismos para apreciar nuevamente cómo, al satisfacer las
necesidades de los detenidos, vuestros ojos se abren a las maravillas
que Dios actúa por vosotros cada día (Cf.
«Deus caritas est»,
n.18).
Con estos
sentimientos os transmito mis mejores deseos para vosotros y para todos
los participantes en el Congreso e imparto de todo corazón mi bendición
apostólica a vosotros y a vuestros seres queridos. |