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Entre los hermanos y hermanas que formamos la Iglesia diocesana, hay
algunos que viven en una situación de especial dificultad: aquellos que
están en la cárcel. Podemos pensar que, están privados de libertad,
habrá una razón para ello, y que no hay que olvidar a las víctimas de
sus posibles delitos. Lo cual, aún siendo cierto, no les priva a los
presos del derecho fundamental de ser y reconocerlos como hijos de Dios
y hermanos nuestros en Jesucristo.
Por muy dura y cerrada que sea la prisión, nunca conseguirá anular ese
derecho y dignidad de poder llamar padre a Dios.
Alguna vez he podido escuchar a un recluso: la cárcel es peor que la
muerte. Puede que tenga razón. Porque la muerte no es el final, sino la
esperanza conseguida y para siempre, mientras que la cárcel puede robar
a una persona las mismas ganas de vivir, pues le ha dejado sin
esperanza.
Por eso, queridos hermanos y hermanas, tenéis que defender vuestra misma
vida, llenándola cada día de nuevas posibilidades de fe en Dios, de
conversión del corazón, de un camino de reinserción...
Nadie ni nada puede quitarte tu libertad personal, es que es algo más,
mucho más, que el caminar por la calle, sin rejas ni barrotes. Ser
persona libre es ser uno mismo, tener la capacidad de elegir la verdad y
el bien y de llevar una conducta coherente con esos pensamientos.
Esta forma de ser libre tiene un gran enemigo: el pasado, que atrapa y
condiciona. El mejor modo de liberarse de esas cadenas de lo que
aconteciera un día, es vivir conscientemente el presente, que es la
mejor manera de preparar el futuro. No te preguntes tanto, ?cómo será mi
vida cuando salga de la cárcel?, sino ?cómo quieres que sea ese futuro
que te aguarda? Y trabaja, con nobleza y justicia, por conseguir el
mejor de los deseos: vivir en paz con todos.
Ser persona, ser uno mismo, ser libre para no dejarse seducir por esos
malos compañeros, como son el odio, el resentimiento, el deseo de
venganza. Todo esto daña la autoestima y dificulta el camino hacia una
sincera y auténtica conversión del corazón.
Dios no vuelve la espalda a quien sinceramente busca. Es más, Dios te ha
encontrado a ti hace mucho tiempo. No eres para Él un desconocido. Eres
su hijo y hermano de Jesucristo.
Dios no estorba nunca. Siempre ayuda. ?Si no te hubieras soltado de la
mano de Dios! A pesar de todo, Él no te olvida y, de nuevo, tiende la
mano. Es que la misericordia es su modo de ser: perdonando siempre.
Con motivo de la fiesta de nuestra Señora de la Merced, quiero enviar mi
bendición y afecto a los hermanos y hermanas que están en prisión. Pido
al Señor por vuestra libertad, en todos los aspectos.
Mi recuerdo a las familias de los reclusos que, en tantas ocasiones,
sufren una cárcel interior más dura que la que pueden padecer algunos de
los miembros de su familia.
A las autoridades penitenciarias, el reconocimiento por sus atenciones y
facilidades para que podamos desarrollar, dentro de los límites
impuestos por los necesarios reglamentos, nuestra labor pastoral.
A
la Delegación diocesana de pastoral penitenciaria, así como a todo el
voluntariado, mi felicitación por la magnífica obra evangelizadora que
estáis realizando. Que Dios os bendiga y proteja a todos.
Carlos, Cardenal Amigo Vallejo
Arzobispo de Sevilla |