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Queridos
hermanos y hermanas:
El próximo
lunes, 24 de septiembre, celebraremos la memoria litúrgica de Ntra. Sra.
de la Merced, patrona de las instituciones penitenciarias. Por ello,
comienzo mi carta semanal saludando cordial y fraternalmente a todos los
hermanos y hermanas que en nuestra Diócesis están privados de libertad,
a los funcionarios que trabajan en el Centro Penitenciario de Córdoba y
a los capellanes y voluntarios del equipo del Secretariado Diocesano de
Pastoral Penitenciaria. A todos os deseo una celebración gozosa de la
fiesta de la Virgen de la Merced.
Esta advocación
surge en el reino de Aragón en el siglo XII y se extiende a lo largo del
siglo XIII, cuyos inicios debieron ser muy duros para las ciudades del
mediterráneo español. Eran frecuentes las incursiones de los turcos y
beréberes en nuestro litoral, sembrando muerte y destrucción y haciendo
cautivos a miles de cristianos que eran deportados al norte de África.
En el año 1212 San Pedro Nolasco y San Raimundo de Peñafort fundan la
orden de la Merced para la redención de los cautivos. Con las limosnas
de toda la cristiandad, los frailes mercedarios los redimen,
encomendándose a la protección y amparo de la Virgen de la Merced.
Tanto la Orden mercedaria como la Orden de la Santísima Trinidad,
fundada por San Juan de Mata en 1198, han escrito páginas gloriosas de
heroísmo y entrega desinteresada a los cautivos y a los pobres por amor
a Jesucristo. Siguen hoy su estela las capellanías y los voluntarios de
la pastoral penitenciaria, que con su presencia en las cárceles hacen
presente el rostro
misericordioso de Cristo y de su Iglesia sirviendo a nuestros hermanos
encarcelados, los más pobres de los pobres, pues nadie es más pobre que
aquel que está privado de libertad. En la prisión, por otra parte, se
concentran todas las formas de pobreza: violencia y delincuencia,
marginación social, drogodependencias, desestructuración familiar y todo
tipo de carencias humanas y afectivas.
Los
capellanes y el equipo de voluntarios del Secretariado Diocesano,
integrado por laicos y consagrados, en comunión y en nombre de nuestra
Iglesia particular, tratan de vivir la bienaventuranza de Jesús:
“venid, benditos de mi Padre... porque estuve en la cárcel y vinisteis a
verme” (Mt 25, 34.36) y, con ella, la más antigua y genuina
tradición de la Iglesia primitiva, preocupándose de aquellos que están
encarcelados y compartiendo su sufrimiento (Hbr 13,3). Tratan al mismo
tiempo de crear en el centro penitenciario una autentica comunidad de
creyentes.
De
acuerdo con las prioridades de nuestro Plan Diocesano de Pastoral,
fomentan la creación de catecumenados de adultos y ofrecen a los
internos la oportunidad de tener un encuentro fuerte y serio con
Jesucristo, por medio de la recepción de los sacramentos de la
iniciación cristiana. Convencidos de que Jesucristo es el mejoro tesoro
que posee la Iglesia y de que su seguimiento es fuente de gozo, paz,
alegría y esperanza, los capellanes y voluntarios tratan de compartir
con los internos su mayor riqueza, conscientes de que éste es el mejor
servicio que pueden prestarles.
En sus
visitas a la cárcel, no olvidan la promoción humana, la meta de la
reinserción y la relación con el entorno familiar, para lo cual es
importante la conexión con las parroquias de origen y la colaboración
ya efectiva de Caritas Diocesana. Junto con las autoridades
penitenciarias, capellanes y voluntarios tienen por delante una
importante tarea: siendo
heraldos de la compasión y del perdón
infinitos de Dios, han de ayudar a
los internos a recuperar la esperanza y a
redescubrir el sentido de la existencia, de
manera que, con la gracia de Dios, puedan transformar su propia vida,
reconciliarse con su entorno y, en la medida de lo posible, iniciar una
vida honesta y recta en el seno de la sociedad.
En las vísperas
de la fiesta de Ntra. Sra. de la Merced, al mismo tiempo que agradezco a
capellanes y voluntarios su excelente servicio, invito a todos los
fieles de la Diócesis y a las parroquias a colaborar en la pastoral
penitenciaria,
en primer lugar con la oración
que sostiene las actividades que se realizan, y también implicándose
personalmente, tanto en las visitas y en el trabajo pastoral dentro de
la prisión como fuera de ella.
Concluyo
dirigiéndome a los internos del Centro Penitenciario de Córdoba.
Queridos amigos: Dios os quiere. Esta es la primera seguridad con que
podéis contar y el manantial de la verdadera alegría. Fuera de la
prisión hay muchas personas que tienen todo lo que se puede desear y no
son felices. Por el contrario, se puede carecer de libertad y de dinero
y vivir con paz y alegría, si en nuestro corazón está el Señor. Este es
el secreto de la auténtica alegría: que os dejéis amar por Dios y que Él
ocupe el primer puesto en vuestra vida. Contad con mi afecto y mi
amistad. También con mi oración por vosotros y por vuestras familias.
Para todos, mi
saludo fraterno y mi bendición. Feliz domingo.
Juan José Asenjo Pelegrina
Obispo de Córdoba |