|
1.-
Saludo.-
Hermanos
con el corazón puesto en Dios y en nuestros familiares que nos aman y
esperan, alabemos juntos al Señor que nos invita a abrirle el corazón.
2.-
Monición de entrada.-
Bienvenidos, hermanos, a esta celebración. Quienes hoy nos reunimos
aquí en la prisión por impulso de la fe tenemos conciencia de
nuestra bondad, pero también de nuestros pecados y delitos. Una
buena noticia que mana siempre de Dios es que Él nos ama, y esto nos
debe influir para no endurecer el corazón.
En el camino cuaresmal podemos encontrar dificultades, como encontró
el pueblo de Dios en su recorrido por el desierto. Todas estas
dificultades ponen a prueba nuestra fe. ¿Nos ayuda Dios en los
problemas o no nos ayuda? ¿Sirve Dios para algo o no sirve? ¿Nos va
a sacar Dios de la cárcel? También en el caminar de la Cuaresma
escuchamos frecuentes invitaciones a la conversión. Ésta se ha de
demostrar en la práctica diaria. Saciemos nuestra sed de Dios con
esa agua pura que Jesús nos ofrece.
3.-
Acto penitencial.-
Ante Dios que nos ama, reconozcamos nuestros pecados.
- Porque
no hemos sido fieles a nuestra conciencia. Señor, ten piedad.
- Porque
no hemos seguido siempre las indicaciones del Espíritu. Cristo,
ten piedad.
- Porque algunas veces hemos despreciado el agua de la vida.
Señor, ten piedad.
4.-
Oración.-
Dios, Padre bondadoso, en Jesús
has salido a nuestro encuentro y has abierto las puertas de todas las
cárceles del mundo para enseñarnos que tú eres la verdadera libertad. No
nos dejes solos aquí en la prisión. Confírmanos en el deseo de ser
evangelios vivos para saber comunicar la experiencia de cristianos.
Amén.
5.-
Evangelio.-
“Dame de beber”: Jn. 4, 5-42.
6.-
Reflexión.-
Como
tantas veces en la Biblia, el brocal de un pozo se convierte en
lugar de encuentro. Jesús, un varón judío e integro, pide de beber a
una mujer samaritana cuya vida sentimental ponía en duda su
moralidad. Pero cuando el diálogo haga saltar por los aires las
barreras que se interponen entre ambos, será ella la que desee
saciar su sed con el “agua viva” que le ofrece Jesús.
En el
encuentro con la mujer samaritana hay un dialogo muy rico. Jesús,
aun estando cansado del camino y con necesidad de beber y de comer,
deja claro que para él hay unos valores fundamentales que están por
encima de toda otra necesidad. En su línea de romper algunos moldes,
carentes o contrarios de sentido, Jesús logra una comunicación
profunda con aquella mujer que, además de no ser de buena
reputación, pertenecía a un pueblo rival. Dialoga con ella
humanamente, sin dar aparente importancia a su condición moral,
sacando lo bueno de su corazón, no resaltando lo negativo, sino
potenciando lo positivo, haciéndole ver que no sólo se da culto a
Dios en el templo, sino en cualquier lugar, con tal de vivir en
espíritu y en verdad.
En este
evangelio se ve la capacidad de Jesús para calar hondo y ayudar a
cambiar desde dentro. Aquella mujer, que venía con un cántaro a
sacar agua, al final éste le sobra. Y es que termina por entender el
lenguaje de Jesús, lo acepta y acaba anunciando con alegría la
transformación que se ha producido en su persona: de andar por la
vida con un gran vacío y sin equilibrio moral, pasa a sentir que
surge de ella un manantial de agua viva que la riega y la estimula
hasta el desbordamiento. La samaritana termina siendo una misionera.
7.-
Oración universal.-
Dios siempre responde, y llama y
convoca, y une a las personas; pidamos ahora que atienda nuestra oración
diciendo: ¡Danos tu fuerza, Señor!
- Para que en la Iglesia no
vivamos agarrados a seguridades humanas, que siempre fallan, antes
bien, nos fiemos sólo del Señor, nuestro fundamento más sólido.
Oremos.
- Para que en nuestro actuar
como cristianos aquí en la cárcel creemos verdaderos lazos de
acogida, de integración, de superación de odios y enemistades.
Oremos.
- Para que los sufrimientos y fracasos no nos aparten de ti.
Oremos.
-
(Peticiones libres de
los encarcelados).
8.-
Padrenuestro
9.-
Saludo de paz
10.-
Oración de acción de gracias.-
Oración espontánea de los encarcelados.
11.-
Oramos y celebramos.-
Adorar “en espíritu y en
verdad” significa acercarnos a Dios como hijos movidos por su
Espíritu para reconocer en su rostro de Padre la verdad en que Jesús
nos ha hablado. Así, la relación con él no será un culto estéril,
sino una fuente de agua viva que apague nuestra sed.
Añadimos como símbolo una jarra de agua y escribimos este lema:
“Danos, Señor, el agua viva”
12.-
Oración final.-
Cristo, eres maravilloso. Estás cansado, agotado del camino, pero eso no
es obstáculo para emplearte a fondo en salvar el sinsentido de su vida a
la pobre Samaritana. ¡Si yo conociera el don de Dios, lo que quieres
darme! Que no ponga obstáculos a tu presencia, que será mi única
felicidad. Que hoy desde la prisión conozca y experimente tu don y lo
comunique a los demás.
¿DONDE ESTABA DIOS EN ESOS DIAS?
Tomar la
palabra en este lugar de horror, de crímenes contra Dios y contra el
hombre, sin parangón en la Historia, es casi imposible, y es
particularmente difícil y oprimente para un cristiano, para un Papa
que procede de Alemania. En un lugar como éste faltan las palabras;
en el fondo sólo hay espacio para un atónito silencio, un silencio
que es un grito interior hacia Dios: ¿Por qué te callaste? ¿Por qué
has querido tolerar todo esto?
Era, y es,
un deber ante la verdad y ante el derecho de quienes sufrieron, un
deber ante Dios, el venir aquí como sucesor de Juan Pablo II y como
hijo del pueblo alemán, hijo de ese pueblo del que tomó el poder un
grupo de criminales con promesas mentirosas, en nombre de
perspectivas de grandeza, de recuperación del honor, con previsiones
de bienestar e incluso con la fuerza del terror y la amenaza. De
este modo, nuestro pueblo pudo ser usado y abusado como instrumento
de su maní de destrucción y dominio.
¿Dónde
estaba Dios en esos días? ¿Por qué se calló? No podemos escrutar el
secreto de Dios, sólo vemos fragmentos y nos equivocamos cuando
queremos convertirnos en jueces de Dios y de la Historia.
Gritamos a
Dios para que lleve a los hombres a arrepentirse y a reconocer que
la violencia no crea paz, sino que más bien suscita más violencia,
un círculo de destrucción en el que al fin de cuentas todos pierden.
BENEDICTO XVI, en Auschwitz, el 28-mayo-2006
|