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1.-
Saludo.-
Que Dios Padre de
los que hoy sufren en las prisiones y amigo de la gente sencilla, esté
con todos vosotros.
2.-
Monición de entrada.-
Jesús nos reúne hoy aquí en la
cárcel para llenarnos de su amor y acompañarnos hasta la verdadera
libertad. En este mundo nuestro tan marcado por el dolor y la
injusticia, Jesús nos invita a llevar a todas partes su modo de
actuar: humilde, sencillo, cercano a los pobres y no a los
poderosos. Un modo de actuar que tiene su fundamento en una profunda
confianza en Dios. Con la alegría de seguir los pasos de Jesús,
empecemos nuestra celebración de la Palabra.
3.-
Acto Penitencial.-
En silencio. pongámonos ante Dios,
reconozcamos nuestras flaquezas y pidámosle perdón.
- Porque a veces nos dejamos
llevar de pasiones y deseos que son opuestos al Espíritu. Señor,
ten piedad.
- Porque somos egoístas y no
dejamos que se exprese la presencia salvadora en medio de nosotros.
Cristo, ten piedad.
- Porque no somos humildes y
sencillos y buscamos el poder y las grandezas humanas. Señor, ten
piedad.
4.-
Oración.-
Señor, tú bien sabes
de las penas y tristezas que atravesamos aquí en la prisión, concede a
tus fieles la verdadera alegría para que quienes han sido librados de la
esclavitud del pecado, alcancen también la felicidad eterna. Por nuestro
Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del
Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
5.-
Evangelio.-
“Mi yugo es suave
y mi carga ligera”: Mt. 11, 25-30.
6.-
Reflexión.-
El texto que acabamos de leer ha
sido calificado como “la perla” del evangelio de Mateo. Rechazado
por los letrados, Jesús agradece al Padre que se haya manifestado a
al gente sencilla y se vuelve a quienes padecen la carga del
legalismo para ofrecerles la liberación. Recordemos que el mensaje
de Jesús fue dirigido a todos pero sólo los sencillos supieron
acoger las palabras de salvación. Por eso Jesús alaba al Padre, que,
siendo “Señor del cielo y de la tierra”, no se ha revelado a los
grandes, a los “sabios y entendidos, a los doctos que conocían la
ley de Moisés, sino a los “sencillos”, a la gente corriente, que
debía soportar los preceptos elaborados por los “sabios”. Una vez
más la lógica de Dios no sigue los razonamientos humanos y las cosas
del Reino no siempre son transparentes para los más preparados, sino
para los que tienen un corazón dispuesto y humilde.
También el evangelio de hoy es
una trilogía que nos aproxima al misterio divino de Cristo y a su
talante humano. Son tres aspectos fundamentales de su vida: su apoyo
a los pequeños frente a los sabios y poderosos; su relación con Dios
Padre; y su especial afecto por todos los que se sienten oprimidos.
Jesús nos ofrece un yugo suave y ligero. Él es de los humildes:
ayuda a andar y a descansar. Él revela al Padre. Y en la palabra
Padre resuena la vida que se da generosamente, la ternura, la
acogida y fiesta.
¡Que pena que
andando el tiempo el yugo de Jesús se nos haya hecho pesado! ¿Será
que nos hemos llenado de mandatos y leyes en lugar de Espíritu? La
ley de Jesús nos mantiene en el esfuerzo pero dejándonos en la paz.
Pensemos finalmente que si una carga nos entristece y nos paraliza
seguro que no es la carga de Jesús.
7.-
Oración universal.-
Confiados en la acogida que Jesús nos
ofrece y conscientes de nuestras necesidades, presentamos a Dios
nuestros propósitos y deseos. Respondamos diciéndole: Ayúdanos, Señor.
- Para que la gente sencilla, los
cansados y agobiados, encuentren en nuestra comunidad la acogida con
la que Tú, Señor, les recibías. Ayúdanos, Señor.
- Para que también nosotros
seamos portadores de paz y libertad aquí en la prisión. Oremos.
- Para que sepamos ayudar a
liberarse a los que padecen cualquier clase de esclavitud. Oremos.
- Peticiones libres de los
encarcelados
8.-
Padrenuestro
9.-
Saludo de paz
10.-
Oración de acción de gracias.-
Oración espontánea de los encarcelados.
11.-
Oramos y celebramos.-
Todo el evangelio de hoy es una
invitación a la plegaria. Primero, Jesús dirige al Padre una
reveladora oración de alabanza; después, se vuelve a nosotros para
convocarnos: “Venid a mí”. A ti, Señor, acudimos para decirte lo que
nos ha sugerido el contacto con tu Palabra.
Para ambientar este momento de
oración tenemos preparada una cartulina con esta frase: “Venid a
mi”. Cada participante escribe en un papel las palabras del
evangelio que más hayan resonado en él. En el momento de su
intervención en el grupo, las coloca en la cartulina junto a la
frase de Jesús.
12.-
Oración final.-
Señor, manso y
humilde de corazón, haz mi corazón como el tuyo. Yo soy uno de tantos
cansados y agobiados a quienes tú invitas a encontrar en ti el descanso
y el alivio, cargando con tu yugo llevadero y tu carga ligera. Quiero ir
a ti y escuchar de tus labios las bondades del Padre que tanto amo al
mundo.
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