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1.-
Saludo.-
La paz de Jesús resucitado traspase los muros de esta prisión y esté
con todos vosotros.
2.-
Monición de entrada.-
Hermanos: Vivir en la
cárcel es estar ansiosos día a día de buenas noticias. Record
que hace una semana, en la Noche Santa de Pascua, celebrábamos
la buena y gran noticia: Jesús, crucificado y muerto por amor,
vive para siempre. Y nosotros, la comunidad de seguidores,
unidos a él, queremos vivir como él ha vivido, porque sabemos
que ésta es la única manera que vale la pena vivir, la única
manera que da la felicidad.
Hoy en esta celebración
de la Palabra aquí en la prisión, celebraremos de nuevo la
presencia de Jesús resucitado. Al lado él queremos seguir
caminando toda la vida.
3.-
Acto Penitencial.-
Coloquémonos al lado de Jesús
resucitado y pidámosle perdón por nuestras ofensas y pecados.
- Tú, el resucitado y vivo
para siempre: Señor, ten piedad.
- Tú, vencedor de los odios,
rencores y de toda clase de violencia: Cristo, ten piedad.
- Tú, cercano a todos los
dolores y sufrimientos que hoy atravesamos en la prisión: Señor,
ten piedad.
4.-
Oración.-
Padre bueno y misericordioso con la mirada puesta en tu hijo que ha
resucitado y va delante de nosotros, queremos discernir nuestra calidad
de discípulos y mirarnos de frente en el espejo de las bienaventuranzas.
Que tu Espíritu nos purifique para ser una comunidad cristiana aquí en
la prisión. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
5.-
Evangelio.-
“Dichosos los que creen sin haber visto”: Jn. 20, 19-31.
6.-
Reflexión.-
En este relato se distinguen
claramente dos escenas. La primera sucede el mismo día de la Pascua
y narra la aparición de Jesús resucitado a un grupo de discípulos.
De este modo el Señor cumple su promesa de volver junto a ellos y
enviarles su Espíritu. El “miedo a los judíos” que sentían los
discípulos refleja el que experimentaba la comunidad a la que se
dirige el evangelista. Ésta se veía acosada por la hostilidad de los
dirigentes judíos, que les hacían el vacío e incluso habían llegado
a expulsarlos de las sinagogas.
La segunda escena tiene
lugar al domingo siguiente y narra la aparición a Tomás, que no ha
participado de la misma experiencia que el resto del grupo. Tomás no
hace caso del testimonio de sus compañeros y exige pruebas palpables
de que el Señor está vivo. De modo significativo, el relato insiste
en que “no estaba con ellos cuando se apareció Jesús”. De este modo,
el evangelista indica la importancia de la comunidad como lugar
privilegiado para vivir e interpretar la presencia de Jesús
resucitado en medio de nuestros dolores, sufrimientos, rechazos,
delitos y pecados.
En la duda de Tomás está las
dudas de todos los hombres y mujeres que creemos en Cristo:
¿Realmente resucitó? ¿no sería un fantasma o imaginaciones de los
discípulos? Ante la gran duda de Tomas si realmente el Resucitado es
el crucificado, él pide pruebas y exige la prueba de la “señal de
los clavos”. A los demás compañeros, Jesús resucitado ya les había
enseñado “las manos y el costado”, por lo que “se llenaron de
alegría al verlo” y decían: “Hemos visto al Señor”. Finalmente Tomás
creyó porque Jesús le mostró las señales de su identidad: las llagas
de crucificado.
Definitivamente, Cristo es el Hijo de Dios que ha dado la vida en la
cruz, que ha resucitado y va delante de nosotros. Creer esto estando
aquí en la cárcel o en la calle con libertad, es ser cristiano. Pero
fue necesaria la prueba de que el Resucitado era el crucificado para
que Tomás, en nombre de todos, lanzase este grito de fe, amor y
adoración: “¡Señor mío y Dios mío!”.
7.-
Oración universal.-
A Jesús resucitado, vida
y esperanza de la humanidad entera, orémosle diciendo: Jesús resucitado,
escúchanos.
- Para que el Señor nos
saque de nuestros miedos y nos preparemos para vivir en la libertad
auténtica. Roguemos al Señor.
- Para que el Señor infunda
en nuestros corazones la honda alegría de la Resurrección, con la
que superemos los dolores y aflicciones que hoy estamos atravesando
en la prisión. Roguemos al Señor.
- Por todos aquellos que
participan en la vida social y política con el afán de construir un
mundo más justo y más humanos. Roguemos al Señor.
-
(Peticiones libres de
los encarcelados).
8.-
Padrenuestro
9.-
Saludo de paz
10.-
Oración de acción de gracias.-
Oración espontánea de los encarcelados.
11.-
Oramos y celebramos.-
La incredulidad de Tomás da paso a la adoración: “Señor mío y Dios
mío”. Son palabras que sólo pueden pronunciarse sinceramente cuando
estamos convencidos de que Jesús resucitado nos acompaña. Al final
de nuestro encuentro de hoy nos ponemos también nosotros en su
presencia para transformar en oración todo lo que hemos compartido
en este encuentro. Colocamos sobre la vela este lema: “Hemos visto
al Señor”.
12.-
Oración final.-
Jesucristo: para hallarte hay un lugar privilegiado, la Iglesia. Fuera
de ella no te encontró Tomás. Con él te digo, sin haberte visto, pero sí
te siento vivo, vivificante y amigo cercano: ¡Señor mío y Dios mío!
JESÚS TRANSFORMA EL MIEDO EN ALEGRÍA
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