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Juan, un hombre de unos treinta
y cinco años está contento y feliz porque al fin le ha llegado la
libertad después de tres años de cárcel. La buena noticia la recibió
mientras estábamos celebrando la misa en la escuela del modulo. Acabamos
de leer el texto evangélico en donde Jesús tras encontrarse con Mateo le
dice “Sígueme”. En ese momento entra Juan con un papel en la mano y
gritando:
- ¡Al fin, al fin ya soy libre…Ya soy libre!
En ese momento detuvimos la
celebración de la eucaristía para abrazar y felicitar a Juan que venía
a despedirse de sus compañeros internos y de los voluntarios que le
habían acompañado durante este tiempo en la prisión. Emocionado y con
lágrimas en sus ojos nos mira a cada uno de nosotros y nos dice:
- ¡Este es el día más grande de mí vida…Al fin he
logrado mi libertad! Estoy deseando de llegar a mi casa para abrazar
a mi esposa y comerme a besos a mis hijos. Gracias amigos por el
apoyo y amistad que he recibido de cada uno de vosotros aquí en la
cárcel. Y gracias P. Ángel y hermanos voluntarios por su escucha
y gran apoyo. Les confieso que aquí en la cárcel he descubierto a
Cristo. Gracias a él he podido soportar estos largos días de
prisión. ¡Nunca les olvidaré! ¡Recen por mí!.
Su compañero de celda lo abraza
y con lágrimas en sus ojos solo puede decirle:
- ¡Juan, que no te queremos ver aquí…Vete rápido
y no vuelvas a la cárcel!
Tras despedirnos de Juan
continuamos la misa y en la homilía todos los internos coincidían en
comentar que las palabras del Evangelio de hoy se cumplen en nuestro
hermano Juan. “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los
pecadores”.
Preguntas para el dialogo y la
reflexión:
- ¿Cuáles crees que son los
sentimientos de Juan en el momento que sale libre de la cárcel?
- ¿Qué le espera ahora a
Juan en la calle?
- ¿Qué le aconsejarías?
Ángel García Rodríguez
Capellán del Centro Penitenciario de Alahurin de la Torre
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