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En el mundo
del puro hacer, de resultados prácticos y de objetivos conseguidos
pareciera que trabajar como sacerdote en la cárcel no está de moda y es
tiempo perdido. Algunos desconocedores del mundo de las prisiones
piensan:
- Los presos no van a cambiar. Las
estadísticas nos señalan que no hay resultados ni números de
convertidos entre los que salen de la cárcel. Tienen poco interés
por la fe y seguro que van poco a la misa.
Recuerdo que
hace unos días me preguntaba un compañero sacerdote:
- ¿Qué hace un cura como tú en la cárcel?. Hay
que ser realistas y es muy difícil que los presos cambien de vida…
Yo no trabajaría ahí dentro. Lo veo perder tiempo cuando hay tanto
por hacer en las parroquias, colegios, hospitales, universidades….
Mi respuesta a
este compañero sacerdote fue:
- Simplemente estoy en la cárcel. Escucho día
a día a esos hombres y mujeres que les han quitado su libertad y su
dignidad de personas. Ellos son hombres y mujeres que como tú y
como yo, necesitan que les escuchemos, que nos preocupemos por
ellos. Cuando encuentran a alguien cercano, te abren enseguida sus
corazones y te comparten sus penas, sus alegrías, delitos, errores y
sus anhelos de libertad. Intento acompañarles en su dura situación
de la prisión. Y si se le puede echar una mano a ellos o a su
familia, pues se le echa.
Tras esta
breve explicación, finalice diciéndole a mi compañero:
- Si quieres saber más de lo que hace un cura
en la cárcel, lee esta carta que acaba de enviarme mi amigo Paco
escrita desde la cárcel de Alahurin de la Torre. Luego léete
despacio el texto evangélico en donde Jesús dice: “Estuve
encarcelado y no me visitasteis” (Mt. 25,43).
CARTA DE UN
PRESO AL CURA DE LA CÁRCEL
Querido amigo Cura:
Hay que llegar a la cárcel para darse cuenta de todo lo que valen
los curas. Esas personas que todos los días voluntariamente cruzan
las puertas de la prisión para escucharnos y animarnos.
Amigo cura, cuántos chismes a tu espalda, cuantas críticas
despiadadas contra ustedes los sacerdotes. Sería comprensible que
las críticas vinieran del campo enemigo. Lo que no es comprensible
es que los que decimos tener fe, os rechacemos. Con esto ahora
reconozco que lo único que hacemos es envilecer la figura del
sacerdote. Jesús no eligió ángeles para su Iglesia sino hombres.
Hombres con sus defectos y virtudes y no machos. Pues el macho nace
mientras que el hombre se hace. Él os dio poderes como a sus
apóstoles para que entre otras cosas vosotros los curas podáis
llevar los sacramentos de la Iglesia.
Mi amigo cura. Eres un hombre y como tal habrás tenido faltas. Las
tienes y las tendrás. Pero yo me pregunto ¿acaso todos los
sacerdotes sois pecadores?, ¿por qué no tomamos ejemplo de los
buenos como tú?
Amigo cura de la prisión, hoy quiero darte gracias por todo lo bueno
que tu estás haciendo en la prisión.
Amigo cura, quiero que sepas que nuestra felicidad es la tuya. Tú
nos orientas, nos animas más, nos perdonas por nuestros pecados en
nombre de Cristo Jesús. Por todo ello te quiero dar las gracias por
cuanto haces por nosotros, los presos. Tu presencia en el módulo nos
tranquiliza y nos llena de fe y esperanza. Tú nos haces sentir y nos
recuerdas que a pesar de nuestros delitos y equivocaciones, somos
Iglesia de Cristo.
En verdad te digo amigo cura que quien no te conozca es que no
conoce entonces a la Iglesia.
Tu
amigo.
Francisco Javier Dorado Rodríguez
(Interno
del Modulo 2)
Paco, Carmen,
Ricardo, Loli, Pedro, Maria Ángeles…y tantos hombres y mujeres con
nombre y apellidos y con rostros concretos, son los que día a día, a los
curas y capellanes de prisiones nos agradecen nuestra presencia en la
prisión. Ellos con sus palabras y silencios nos dicen que “merece la
pena nuestro trabajo de cura en la cárcel”.
Ángel García Rodríguez
Capellán del Centro Penitenciario de Alahurin de la Torre |