Pastoral Penitenciaria Trinitaria

LA CRUZ DE UN HOMBRE ENCARCELADO

Un hombre encarcelado en la prisión de Málaga  con la mirada puesta en el crucificado reflexiona y hace vida  desde su celda la segunda estación del vía crucis, Jesús carga con la cruz. Nos comenta que le ha llevado varios días componer esta reflexión. Con sus parcas palabra llenas de sentimientos, comienza la reflexión con una oración:

Jesús, veo tu cruz en la soledad de mi chabolo

- “Te veo Jesús como te cargan con la cruz. Tu cruz. No. Tú no tuviste falta, no podías tener cruz, pero la llevas. En la soledad de mi chabolo he pensado y he visto que no es tu cruz la que llevas, sino todas las nuestras”.

 

              Nuestro amigo baja su mirada y en silencio ahora se pregunta:

 

- ¿Cuántas cruces he fabricado o he dejado de fabricar?

 

              Y el mismo se responde:

 

- La primera es mi cruz personal. Esa que por mi falta de hombría, la que por no saber decir que no a tiempo, me hizo caer en el terrible mundillo de la droga que cambió mi vida por completo.

 

La cruz de la droga me apartó de mi familia

 

            Desde la estrechez del chabolo pensando en su familia sigue escribiendo:

 

- La droga fue la que me apartó de mi familia, de mi mujer, de mis buenas amistades y de mi trabajo. Me quitó de ser honesto conmigo mismo, de ser leal, cariñoso, honrado….y me lanzó al mundo de la miseria, de la soledad, de la mentira, de la hipocresía, de la corrupción, del pillaje. Me convirtió en su esclavo.

 

             Ahora desde el silencio y contemplando la cruz nuestro amigo dirige su pensamiento a su querida madre:

 

- La cruz que originé a mi familia. Empezando por la persona que más me quiere, mi madre. He tenido que llegar a la cárcel para que desde la soledad de mi chabolo comience a pensar y a ver las realidades de las cosas y de las personas que me quieren. Y ahí veo a mi madre que me quiere y yo la quiero cada día más.

 

Sólo me importaba ella, la droga.

 

            El recuerdo de su madre le lleva a derramar alguna que otra lagrima. Sigue escribiendo su reflexión para el vía crucis del viernes santo en la cárcel.

 

- Quisiera quitarle a mi madre esa cruz por la que la he visto llorar y desesperarse. Mi cruz ha hecho sufrir y le sigue haciendo sufrir mucho a mi querida madre…Yo estaba ciego. No veía y nada me importaba. Solo me importaba ella, la droga.

 

             Ahora nuestro amigo pasea el recuerdo de su cruz por sus hermanos:

 

- La cruz de mis hermanos que no podían soportarme más pese a su cariño que me demostraban y me seguían demostrando.

 

             La mirada en el crucificado le lleva ahora a pensar en las cruces que ha creado en otras personas:

 

¿Cuántas cruces he levantado a mí alrededor?

 

- También he creado cruces en los que he robado, en los que he pegado, engañado, en los que he introducido en el mundo de la droga, bien suministrándole mercancía o haciendo que empezaran con su primer porro. ¿Cuántas cruces he levantado a mí alrededor?.

 

           Y el mismo se responde pasando una mirada por la cruz de su mujer y de la enfermedad que el mismo se buscó:

 

- Veo la cruz de mi mujer a la que he insultado, pegado, maltratado de palabra y obra. Para ella he sido todo, menos un hombre. La consideré todo menos mi compañera….Ahí está también la cruz de la enfermedad que tanto te acongoja y que se apodera de mi. Se me hace tremenda y sin embargo me la busqué yo solito.

 

         Clava ahora su mirada en la corona de espinas y en la imagen de Jesús con la cruz a cuestas  y sigue escribiendo:

 

- Señor, te puse una corona de espinas y laceré tu cuerpo con los golpes y el azote. Te puse la cruz sobre los hombros y la cargué con mis pecados, con la soberbia y la avaricia, con las penas y aflicciones que nacen de mi propia maldad.

 

         Desde esta página oscura de la cárcel nuestro amigo quiere cambiar y comprometerse a cargar con su cruz. Así sigue escribiendo:

 

¡Ayúdame Señor a aceptar la cruz de la cárcel!

 

- Enséñame Jesús, a abrazar mi cruz, a quererla, a aceptarla y a seguir caminando junto a ti sin temores. Te confieso Señor, que me pesa abandonar la cruz a cada instante y sentarme a la orilla del camino de la vida y ver cómo ya vas por el sendero del Calvario, solo, cuando yo debería estar allí, para ayudarte en el que está acongojado, abandonado, llagado por el dolor o lacerado por la necesidad.

 

         Y pensando en sus compañeros de prisión finaliza su reflexión para el vía crucis diciendo:

 

- Señor, necesito que me muestres tu rostro querido, para que no flaqueé aquí  con esta cruz que me ha tocado, que no la quería porque es muy pesada la cruz de la cárcel. Pero si tú Señor me la has dado es porque sólo así podré acurrucarme un día a tu lado. Señor, aquí estamos todos en la prisión con la cruz que hemos merecido. No nos dejes solos y ayúdanos a cargar tú y a ser tus discípulos desde la cárcel.

(Testimonio  de un hombre encarcelado)

       

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