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El primer día estuvimos con mujeres en el patio charlando, y
compartiendo su tristeza por no poder estar con sus hijos. Ellas
lloraban al contármelo. Recuerdo que en aquellos momentos, como madre
que también soy, sentía su dolor y se me hacia un nudo en la garganta
que me impedía hablar. Celia decía: “hace 2 años que no veo a mi hijo,
no puedo besarlo, acompañarlo cuando me necesita, ni siquiera he podido
ir a su 1º comunión, él cree que estoy en Francia en la recogida de la
fruta, no quiero que sepa que estoy presa”. Me sentía impotente y triste
al vislumbrar un poco el dolor que esas mujeres estaban sufriendo.
El 2º día me propusieron ir al módulo de menores, que son chicos de 18 a
28 años. Acepté con gusto, pues con las mujeres, madres la mayoría, me
sentía impotente. En el módulo de menores se palpaba la vitalidad
propia de la edad, y a la vez la tensión por estar encerrados.
Participaban activamente con nosotros y se mostraban amables y cariñosos
con nosotros.
Mi hermano me dio un buen consejo: ”mírales a los ojos y llámales por su
nombre”, es decir, lo que todos necesitamos; sentirnos importantes para
alguien.
Hicimos un collage, para que expresasen lo que estaban viviendo en la
cárcel, sus miedos e ilusiones. Aparecieron frases como estas: “Me he
equivocado, pero voy a cambiar”, “ la droga es una mierda”, “echo de
menos las caricias de mi novia”, “quiero formar una familia con hijos”,
“ quiero levantarme cuando quiera, comer cuando quiera, dormir cuando
quiera, quiero libertad”, “lo único que te queda es la familia, los
colegas no me escriben, no vienen a vernos, esos no son amigos”.
Mi alma está presa y quiere salir
A esos chicos, si los veo por la calle, me cruzo de acera, con sus
tatuajes, pelos largos o rapados, la verdad que me dan un poco de temor.
Pero allí en la prisión no me daban miedo, hablábamos, cantábamos,
bailábamos juntos.
Lo que más me impactó fue su juventud y su vitalidad contenida, sus
ganas de hacer cosas, su impotencia ante la realidad.
Hicimos también un taller de músico terapia, algunos se emocionaban
cuando leían la letra de la canción que decía:” mi alma está presa y
quiere salir...”
Sé que hicieron daño a la sociedad, que hay familias destruidas por la
droga que ellos vendieron, o por la paliza mortal que dieron a su
hijo... es la otra cara de la realidad, pero al estar con ellos sólo ves
a la persona, su lado más hermoso, frágil y humano.
Los presos necesitan de nuestras sonrisas y miradas
Vivimos como si los presos no existiesen, como si la realidad de la
cárcel no estuviese allí. Sin embargo ellos nos necesitan, necesitan
nuestras visitas, nuestras sonrisas, nuestras miradas... Personalmente
me siento impotente ante esta realidad, no puedes solucionar nada, ya
tienen su condena.
Esta experiencia me ha servido para valorar mi vida, mi suerte, mi
familia, mi libertad. Me ha hecho consciente de la injusticia que
algunos viven, creen no merecer tanta pena.
Juani decía: “Es injusto, 6 años por un tirón de bolso”. No sabemos la
realidad, pero escuchándola me parecía demasiado tiempo.
Ellos vienen, la mayoría, de familias desestructuradas; padres y madres
presos, han nacido con la droga en casa. Y lo peor es que cuando
salgan, la droga seguirá estando allí en su casa, en su barrio, en sus
“colegas”.
Me pregunto: ¿Cumple la cárcel la función de rehabilitación?. Creo que
no. Aunque algunos de ellos dicen que la cárcel ofrece cosas buenas y
cosas malas, y que hay que quedarse con lo bueno.
En estos pocos días del campo de trabajo he visto de todo: gente que
está amargada porque no acepta su situación y gente alegre, que reconoce
que se ha equivocado pero que tiene esperanza. Estas son las dos
posturas de la gente en el mundo: por una parte los angustiados y sin
esperanza; y por otra los luchadores, positivos y esperanzados.
Me han enseñado a no perder la esperanza y a valorar la vida
Recuerdo a Pedro (preso y locutor de la emisora interna de la cárcel)
diciendo: “Venga amigos, ya queda menos para estar con nuestras
familias, ánimo y a pasar un buen día”. Me preguntaba: ¿cómo decir esto
un preso? Pedro me ha enseñado a tener esperanza en los momentos malos,
a valorar lo bueno que la vida nos da, aunque esté rodeado de cosas
negativas.
El ultimo día hicimos una celebración y al rezar el Padre Nuestro, sentí
la mano de un hermano, sentí que teníamos el mismo Padre, él con sus
errores y yo con los míos.
Finalmente, doy gracias a mi hermano Ángel y a los padres trinitarios
por dejarme vivir esta experiencia, al módulo de menores de la cárcel de
Alhaurín por acogerme y por enseñarme. Recuerdo todos los días sus
sonrisas y sus ojos. Les doy gracias por dejarme compartir esos días.
Y esta ha sido mi corta experiencia, soy maestra salesiana y estoy
orgullosa de ello, pues creo que educar es una hermosa tarea. Quiero
trasmitir a mis alumnos lo que he aprendido en estos días y me gustaría
hacerlo como Don Bosco decía: “Educar es cosa del corazón”.
¡GRACIAS AMIGOS TRINITARIOS POR DARME LA OPORTUNIDAD DE ACERCARME A LOS
ENCARCELADOS!
Rosario García Rodríguez (Valdepeñas) |