IV. Calla y contempla...

 

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“Hincad la rodilla y adorad esta

sacratísima Trinidad

porque ella es el principio y el origen de

cuantos beneficios

recibís y habéis recibido...

de la liberalísima Trinidad te viene todo el bien...

Pare aquí la razón y guíe la fe...

Vaya pues, delante la fe, y tras ella

la razón, no tanto discurriendo como creyendo...

Y, pues tantas perfecciones tiene,

esta divina Trinidad, ámala, adórala, témela y reverénciala,

sujetando tu entendimiento a la fe de ella,

y agradeciéndole...”

(San Simón de Rojas)

(silencio)

CANTO: (Que invoque al Espíritu)

Centra tu pensamiento, tu sentimiento y todo tu ser:

cuerpo y alma, en el lugar que te encuentras.

Sé consciente y goza  de lo que rodea y envuelve tu cuerpo.

Introdúcete conscientemente en el centro de la creación.

Siente cómo todo lo que te rodea,  te envuelve, y es lugar donde tú habitas.

Contempla con paz todo lo que se ofrece a tu mirada:

¡Es obra de Dios!

Ante la creación herida, lastimada muchas veces por nosotros,

podemos contemplar este texto de Pablo:

“La ansiosa espera de la creación desea vivamente

la revelación de los hijos de Dios”

 (Rm 8,19)

(silencio...)

Cada uno puede mirar su propio actuar

ante esta creación que se siente herida,

y que espera ansiosa nuestra renovación, nuestra plenitud.

A través de la contemplación silenciosa  y atenta

escuchamos el texto del primer libro de los Reyes.

Pero antes, supliquemos al Espíritu que ore en nosotros:

“El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza.

Pues nosotros no sabemos orar como conviene.

Mas el Espíritu mismo intercede por nosotros

con gemidos inefables”

(Rm 8,26)

(silencio...)

“El Espíritu Santo,

que el Padre enviará en mi nombre,

os lo enseñará todo

y os recordará todo lo que yo os he dicho”

(Jn 14,26)

(silencio...)

CANTO: (Que exprese la Presencia)

Escuchamos ahora el texto del encuentro con Dios:

“Entró Elías en la cueva, y pasó en ella la noche.

Le fue dirigida la palabra de Yahveh, que le dijo:

“¿Qué haces aquí Elías?”

Él dijo:

 “Ardo en celo por Yahveh,

porque los israelitas han abandonado tu alianza,

han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas;

quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela”

Le dijo:

“Sal y ponte en el monte ante Yahveh”

Y he aquí que Yahveh pasaba.

Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas

y quebrantaba las rocas ante Yahveh;

pero no estaba Yahveh en el huracán.

Después del huracán, un temblor de tierra;

pero no estaba Yahveh en el temblor.

Despúes del temblor, fuego,

pero no estaba Yahveh en el fuego.

Después del fuego,

el susurro de una brisa suave.

Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto,

salió y se puso a la entrada de la cueva.

Le fue dirigida una voz que le dijo:

‘¿Qué haces aquí, Elías?

 (1 Reg. 19, 9-13)

(silencio...)

 

“Para el creyente contemplar lo creado es también escuchar un mensaje, oir una voz paradójica y silenciosa, como nos sugiere el salmo 19: ‘El cielo proclama la gloria de Dios’. La naturaleza se transforma en un Evangelio que nos habla de Dios... y esta capacidad de contemplación y conocimiento, este descubrimiento de una presencia trascendente en lo creado, nos debe llevar también a redescubrir nuestra fraternidad con la tierra, a la que estamos vinculados desde nuestra misma creación”

 (Juan Pablo II)

Deja que el Espíritu siga introduciéndote

en la oración cósmica:

Salmo 138

“Señor, tú me sondeas y me conoces;

me conoces cuando me siento o me levanto,

de lejos penetras mis pensamientos;

distingues mi camino y mi descanso,

todas mis sendas te son familiares.

No ha llegado la palabra a mi lengua,

y ya, Señor, te la sabes toda.

Me estrechas detrás y delante,

me cubres con tu palma.

Tanto saber me sobrepasa,

es sublime y no lo abarco.

¿Adónde iré lejos de tu aliento,

adónde escaparé de tu mirada...?

ni la tiniebla es oscura para ti,

la noche es clara como el día”

(silencio...)

Ora con toda la creación,

acoge sus gemidos,

sus deseos de redención, de libertad.

sus sentimientos de gratitud, de alabanza...

“Estimo que los sufrimientos del tiempo presente

no son nada comparados con la gloria

que se ha de manifestar en nosotros.

Pues la ansiosa espera de la creación

desea vivamente la revelación de los hijos de Dios...

Pues sabemos que la creación entera

gime en el presente y sufre dolores de parto.

Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos

las primicias del Espíritu,

nosotros mismos gemimos en nuestro interior,

anhelando el rescate de nuestro cuerpo”

(Rm 8,19-23)

(silencio...)

¡Admiración confiada!

“Verdaderamente conozco eres Dios escondido,

pues das a mi alma el deseo de buscarte y hallarte

y no haces más que herirla con este deseo;

sale a buscarte, no te halla;

y todas son ansias de Tu presencia,

sin hallar pie en cosa alguna,

cuando parecía imposible perderte de vista.

Pero ya me consuelo con que

no sólo para mí eres Dios escondido,

mas también para aquellas almas dichosas

que llegan en esta vida,

a unirse contigo con los lazos estrechos de amor.

Y todavía las queda el deseo de verte y gozarte,

porque verdaderamente pueden decir:

todavía eres Dios escondido, pues no pueden verte y gozarte,

hasta estar fuera de esta miserable cárcel de cuerpo”

(Vble. Ángela Mª)

(silencio...)

CANTO:

(Que exprese la comunión con toda la creación

 

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