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Para conocer a Dios hemos de mirar al hombre
Dios Trinidad, un Dios Samaritano
Ignacio Rojas Gálvez (*) F11 para pantalla completa
Hablar de Dios Trinidad nunca fue fácil. Todos recordamos cuando de pequeños aprendíamos en la catequesis el credo y, desgranando cada una de sus partes, nos surgían preguntas, al final el catequista siempre nos respondía, con un “no olvidéis que estamos ante un misterio”. No resulta fácil “traducir” la Trinidad a las categorías de nuestro tiempo.
De la Trinidad pensada a la Trinidad "vivida"
A la luz de los orígenes de la Orden Trinitaria encontramos a un intérprete de la Trinidad: Juan de Mata. Cuando era profesor de teología en París decidió cambiar el rumbo de su vida porque tuvo una comprensión diferente de Dios, de modo que sin despreciar las especulaciones teológicas sobre la Trinidad, a las que había dedicado un tiempo precioso de su vida, se embarcó en la ardua tarea de descubrir los signos de la Trinidad en lo cotidiano y en lo marginal.
Este elocuente cambio de paradigma sigue siendo actual. Nuestra vida está salpicada de acontecimientos que reclaman la presencia de un Dios que no es ajeno a nuestros logros y dificultades. Sufrimos y nos alegramos, celebramos y compartimos, discutimos y nos reconciliamos, un Dios ajeno a estas realidades no puede ser un Dios encarnado, no puede ser nuestro Dios Trinidad, comunidad y relación.
La parábola del buen samaritano a la luz del carisma de Juan de Mata
Hace algún tiempo la dominica Caritas Müller nos sorprendió con la escultura de la “Trinidad Misericordiosa” en la que representaba el misterio trinitario como paradigma de misericordia y redención. La imagen nos sitúa ante una realidad sencilla y conocida por todos: un hombre es recogido por dos personas iluminadas por una llama. Círculos, rostros, manos y actitudes son detalles que nos hablan de un Dios que es relación, que dignifica al hombre y que, al mismo tiempo, se presenta como misericordia y redención. La contemplación de esta bella escultura, perfecta plasmación de la intuición de Juan de Mata, nos puede acompañar en la lectura del carisma trinitario a la luz de la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37).
Leyendo la parábola de Jesús partimos de tres actitudes que hacen de escenario de la narración lucana: - Un hombre herido al margen del camino, golpeado por la vida y, en cierta manera, esclavo de otros que le han desviado de su itinerario y le han marginado.
- Una institución religiosa (sacerdote o levita) que deja de lado la negatividad y pasa de largo ante el hombre caído, alejándose de él, ensimismada en su discurso autocomplaciente.
- Un sentimiento materno, la conmoción de las entrañas maternas, como fondo de toda la acción redentora.
“Cuando nos preguntamos sobre Dios, Jesús nos remite al hombre; cuando nos preguntamos sobre el hombre, Jesús nos remite a Dios”
Ocho intuiciones que nos hablan de Dios Trinidad
El texto lucano pone en boca de Jesús una imagen fascinante de Dios Trinidad: Dios es Padre porque es cercanía y se conmociona ante el sufrimiento del hombre; Dios es Hijo porque es caridad redentora y busca la dignidad de los hombres; Dios es Espíritu porque reconcilia al hombre consigo mismo, lo levanta sin humillarlo y no escatima en darse a él. En definitiva, Dios no se desentiende del hombre. Resulta curioso: cuando nos preguntamos sobre Dios, Jesús nos remite al hombre; cuando nos preguntamos sobre el hombre, Jesús nos remite a Dios.
Dios es Padre…es cercanía: El samaritano no hace un rodeo ante la negatividad del hombre caído, contempla el dolor y se acerca a tocar su realidad. Esta postura divina nos enfrenta con nuestra actitud de rebeldía interior ante los caídos del camino “a los que no queremos ver y vemos”, “a los que vemos y no queremos ver” y “a los que no vemos y no queremos ver”. Y se conmociona: El samaritano se mueve a compasión y siente misericordia; hace propia la esclavitud del otro, la siente en su propia carne. Dios se siente víctima con las víctimas (Ex 3,3).
Dios es Espíritu…reconcilia al hombre consigo mismo. El samaritano conduce al caído al lugar de la no-exclusión, a una casa con las puertas abiertas. Este lugar es la Casa de la Trinidad, lugar en el que el hombre ha de encontrarse consigo mismo y redescubrir al samaritano que le ha acogido. Lo hace sin humillar: El trato del samaritano expresa dulzura, ternura y delicadeza. Ofrece un cuidado sin humillar, respetando la diversidad, las singularidades. En definitiva, decididamente Dios ama al hombre. Y sin escatimar: Tras un día entero dedicado a cuidar y acompañar al herido, el samaritano pide que, en su ausencia, el hombre sea tratado del mismo modo que él lo ha tratado. Es necesario invertir tiempo y dinero en nuestros prójimos, este es el coste de la redención.
Dios no se desentiende: Dios siempre piensa en la vuelta, no se desentiende del recién sanado.
Una invitación: haz tú lo mismo
La historia evangélica no concluye aquí. Esta parábola es un díptico, la primera tabla nos ha presentado cómo es Dios, en la segunda sólo encontramos una frase: “Haz tú lo mismo”. La respuesta de Jesús al escriba no nos sitúa ante una opción excluyente: o Dios o el prójimo, sino ante un díptico donde necesariamente tenemos que ver las dos tablas para percibir la totalidad de la obra. Si falla una de las dos tablas, nuestra percepción de la realidad es parcial: Dios y el prójimo son inseparables. Así lo entendió Juan de Mata, la gloria de Dios pasa obligatoriamente por la libertad de los cautivos.
Este díptico está incompleto, todo lo que se nos dice de Dios está enmarcado por una pregunta: ¿quien es mi prójimo? Lo que importa no es “saber” quién es el prójimo, el sacerdote y el levita lo sabían, sino “saber hacer” lo mismo. No es cuestión de teoría sino de misericordia eficaz. Por ello, la invitación: “haz tú lo mismo” representa la segunda tabla que encarna nuestra propia historia de redención y la escribimos cada día.
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