Cuando Dios Trinidad se nos revela en Jesús no es para saciar nuestra curiosidad religiosa, sino para manifestarnos aquello que es indispensable para una existencia con sentido

 

El Dios de Jesús se ha manifestado siempre como “liberador” de aquello que esclaviza a la persona humana

 

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Jesús de Nazaret , en un texto  básico dice: “Felipe, quien me ha visto a Mí, ha visto al Padre”.  Jesús revela que en la unidad de Dios  se  vive la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y que “la unidad de Dios es trina en personas”. Jesús habla, con afecto familiar, sobre quién es Dios (Padre). Él es quien se da al Hijo,  de tal manera que el Hijo es quien todo lo ha recibido del Padre. Lo que el Padre tiene dándolo, el Hijo lo tiene recibiéndolo, para darlo, a su vez, en la comunicación del Espíritu.

 

 

Pero, junto al hermoso misterio  de quién es Dios “en sí”, es necesario  experimentar las consecuencias que eso tiene para nosotros. Tal vez, la mayor desgracia del catolicismo moderno sea haberse convertido en  catequesis sobre el “en sí” de Dios, sin insistir, al mismo tiempo, en la dimensión de “para el hombre” que todo eso encierra. Cuando Dios Trinidad se nos revela en Jesús no es para saciar nuestra curiosidad religiosa, sino para manifestarnos aquello que es indispensable para una existencia con sentido.

 

El Dios de Jesús, que es y se llama Padre, Hijo y Espíritu, se ha manifestado siempre como LIBERADOR de aquello que esclaviza a la persona humana. Hoy, en el año  2003, nos encontramos con muchas esclavitudes. Muchos dioses falsos  traen muerte y generan deshumanización.  Es el destino final al que conduce la absolutización de realidades en sí mismas buenas y positivas. Desencajadas, sin embargo, del lugar relativo que les corresponde y absolutizadas como si fueran “dioses”, seducen con la promesa de liberación o felicidad y terminan llevando a la esclavitud  de uno mismo y de los demás. Sus nombres son legión: riqueza, poder, dinero, sexo, nación, partido, etnia, ideología, orden, ley, religión. De su fuerza seductora nadie estamos inmunes. Solamente el Dios verdadero nos puede librar de sus garras y hacernos comprender hasta qué punto “aprisionan la verdad con la injusticia”. (Rom. 1,8).

 

El hombre de hoy vive envuelto en un pragmatismo demoledor

 

Actualmente el dios Mammon ha dado origen a  una “estructura de pecado”. El hombre moderno no encuentra la salvación que anhela, está necesitado de ella y no la encuentra: se siente vacío interiormente, la vida se le ha hecho trivial, se encuentra envuelto en un pragmatismo demoledor y se encoge de hombros ante cualquier planteamiento más profundo sobre el ser humano y sobre Dios. Los analistas dicen que “muchas personas se encuentran hartas de vivir y buscan otra cosa”. Hoy, también, hay falta esperanza manifestada en el cansancio y en la tristeza interior. Éste es el rasgo más sombrío y preocupante del hombre moderno. Al encontrar tantas contradicciones, el hombre moderno se pregunta por el sentido de su vida. ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿Por qué? ¿Para qué?  Filosofias modernas invitan a aprender a vivir como quien camina sin saber a dónde va. Necesitamos salvación.

 

¿Qué decir de la derrota de la muerte?. El hombre moderno quiere vivir como si la muerte no existiese. Ya no acierta a morir de forma religiosa como antes, pero, todavía, no ha descubierto una manera nueva y más humana de morir. Tal vez, en la muerte  aparecen, de verdad, los límites de la cultura actual que no sabe qué hacer con ella, si ocultarla o retardar al máximo su inevitable llegada. ¿Qué final le espera a la historia dolorosa pero apasionante de la humanidad? ¿Sólo la tumba igual para todos?

 

Dios Trinidad es el horizonte

 

Dios Trinidad es el horizonte que nos dice que hay victoria y esperanza más allá de las derrotas  y de los absurdos.  Nuestra existencia es un fluir amoroso desde Dios hacia Dios: “Salí del Padre y vine al mundo. Ahora me vuelvo al Padre”. Dios-Trinidad, Padre, que ama, Hijo que acompaña y Espíritu que da fuerza y vida es el único posible Salvador del hombre. “Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y ya no habrá llanto, ni dolor, ni muerte... Yo hago nuevas todas las cosas. Yo soy el Alfa y la Omega, el que tenga sed que beba gratuitamente del manantial de la vida”.(Apoc.)

 

Dios nos libera  del legalismo: Él nos ha creado por amor sólo,  no por  y para la ley. Dios nos libera del miedo porque quiere nuestra felicidad, no es enemigo del hombre ni de su libertad, a la que respeta totalmente. Dios solo interviene en nuestra vida para promover el bien, nunca para hacernos daño.”La gloria de Dios es que el hombre viva”. (San Irineo). Dios respeta las leyes y la condición finita de la creación, como la libertad humana; de ahí los dolores y sufrimientos y las catástrofes. Pero está junto al hombre sufriendo con él, apoyando la libertad y atrayéndola  hacia el bien. Dios nos libera de la soledad y del individualismo exclusivista. La inhabitación de Dios-Trinidad es presencia salvadora que acompaña en medio de la vida cotidiana y los “tres”, que viven en mutua y gratuita relación, nos mueven hacia la fraternidad universal que no excluye a nadie.

 

Dios nos libera de la muerte.  Él es el  Dios de la vida. La conexión entre Dios y la vida atraviesa toda la revelación: “Eres el Señor que amas la vida”. Dios es vivo y verdadero otorgando vida, integrando a los seres humanos y a la creación entera en su propia corriente de vitalidad, garantizando una vida que no queda interrumpida por la trampa de la muerte, sino que encuentra su plenitud eterna en la comunión espiritual con Él. Que el hombre viva y viva para siempre constituye el anhelo del ser humano y el designio de la voluntad divina. Al resucitar a Jesús, Dios Padre se nos ha revelado como el dador de la vida plena en el Espíritu que nos espera al final. Con razón puede decirse que la resurrección de los muertos no es sino una perífrasis de la palabra de Dios Liberador del pecado y de la muerte.

 

Felipe Alonso y Bajo

 

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