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El amor del Padre y la gracia del Cristo, nos alcanzan y nos hacen vivir en el Espíritu SantoLa libertad del hombre, esperanza de profecía y cumplimiento en el Espíritu Santo
El amor del Padre y la gracia del Cristo, que tocan el corazón de cada hombre abriéndole a la libertad de la fe en el Padre y a la libertad del ágape fraterno en el Hijo, nos alcanzan y nos hacen vivir en el Espíritu Santo. Es Él, el Espíritu, quien dona la experiencia de la libertad y de la comunión: “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama” ¡Abbá, Padre!
La antropología cristiana tiene su vital respiro de la libertad en el Espíritu. Aquel soplo de vida que Dios ha inhalado en las raíces de Adán plasmado del barro, el soplo que el Cristo resucitado ha soplado a sus discípulos en el cenáculo, es el símbolo plástico de la creación siempre nueva del hombre nuevo en Cristo.
La libertad de la fe va unida a la experiencia de la paternidad, y la libertad del amor y a la de la filiación, así es bello ver unida la profecía de la esperanza al don del Espíritu.
Es significativo que Pablo relacione la esperanza “que no falla”, al ágape de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”. El Espíritu, “viene en ayuda de nuestra flaqueza”, intercede por nosotros con gemidos inefables; y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios”.
Es aquí, en los gemidos que el Espíritu dirige al Padre del corazón de los hombres, donde se cumple la revelación del ágape trinitario, dada una vez por siempre en Cristo, como proyecto de liberación histórica y como invocación de plenitud escatológica.
Nosotros estamos conformados a Cristo y al Padre, en Él, nos ve y nos ama como hijos en el Hijo. Pero nuestra libertad es débil y frágil y tiene que madurar: en cada uno, en nuestras recíprocas relaciones, en la creación de justas estructuras de solidaridad y compartimiento.
Es este el Espíritu que Cristo ha llevado del corazón del Padre al corazón del mundo, lo vemos aquí llamar, gemir, inspirar, curar, iluminar, aguardar, fortificar para que la libertad de los hombres se haga capaz de discernir, acoger y actuar el designio del Padre.
Verdaderamente, la historia humana, con su fardo trágico y sus imprevisibles incógnitas, está toda envuelta y penetrada por el ágape trinitario: la mirada de amor misericordioso del Padre, la solidaridad abismal del Hijo que ha hecho sobre aquello que es nuestro y nuestro aquello que es suyo, y el gemido del Espíritu que transfigura los dolores de un parto cósmico el drama de la historia universal.
“Allí donde la comunión y la praxis de los discípulos de Cristo es vivida en el Espíritu, Él mismo se hace presente no sólo en lo hondo de los corazones y de las mentes, sino también en las relaciones de amor y los impulsos de liberación por Él suscitados”
El Espíritu, fuente de esperanza. Que continuamente abre el evento del amor de Dios como fuente de liberación de los hombres en la historia. No al lado o más allá de esa, sino dentro de ella. Como la sal que da sabor, la levadura que fermenta la masa, la semilla que cae en la tierra, se pudre y muere y así da fruto, según la lógica del Cristo pascual.
Allí donde la comunión y la praxis de los discípulos de Cristo es vivida en el Espíritu, Él mismo se hace presente no sólo en lo hondo de los corazones y de las mentes, sino también en las relaciones de amor y los impulsos de liberación por Él suscitados. Pienso, particularmente, en los carismas surgidos a lo largo de los tiempos, pero también en todas las semillas de verdad y justicia que maduran en la conciencia de la humanidad. Y así, a través de los proyectos y las obras, ilumina y orienta proféticamente el camino.
La fuerza de liberación de la antropología cristiana está toda en la fuerza débil y en la sabiduría llena del ágape como principio, medida y meta de todo obrar en el mundo: “a los que creen en la caridad divina -escribe GS 38- les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles”.
Esta es la esperanza rica de profecía que suscita el Espíritu. Esperanza que no teme ser desmentida, porque no está ligada al alcance de un resultado asegurado y definitivo en la historia, sino comprometida responsablemente a fondo en ella, vive de la invocación que el Espíritu pone sobre los labios de la esposa: “Ven, Ven Señor Jesús”.
(Piero Coda, Familia Trinitaria Nº 24)
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