Los mil
rostros de la Trinidad en la Iglesia
Son múltiples los rostros que la sombra fecunda y poderosa del
Espíritu suscita en la Iglesia y que son reto y profecía para el tercer milenio:
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Una Iglesia viva
que se encarne y tome cuerpo en la Trinidad, fuente de su eterna juventud.
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Una Iglesia pobre
y compuesta por pecadores, pero dócil a la acción del Espíritu Santo, que la
renueva y la santifica en el sacramento de la reconciliación, que la habla y
la alimenta en la celebración de la eucaristía.
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Una Iglesia con
carismas y ministerios diversos, dones del único Creador y Padre, distribuidos
por el Espíritu Santo para constituir el único Cuerpo de Cristo.
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Una Iglesia que no
es de este mundo porque ha jurado amor y fidelidad a Jesucristo, pero que está
en este mundo para exhortarlo a propósito del respeto a la persona y a los
derechos de Dios.
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Una Iglesia
preocupada por anunciar la Buena Nueva de Jesús Salvador en todos los
rincones de la ciudad de los hombres.
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Una Iglesia al
servicio de sus hermanos, tanto más libre cuanto más sirve, y tanto más
servidora cuanto se le permite ser más libre.
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Una Iglesia que
prefiere el hombre a las cosas, y que le ayuda a crecer hasta que alcance la
plena estatura de Cristo.
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Una Iglesia que va
diariamente al encuentro de su esposo, en los pobres, los marginados, los que
sufren o los perdidos.
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Una Iglesia que se
compromete a que nazca una humanidad nueva.
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Una Iglesia que da
razón de su esperanza, esperanza que le proporciona un modo de escuchar
afectuoso, como se escucha latir un corazón.
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Una Iglesia de la
modernidad, apasionadamente abierta a este mundo al que Dios quiere, capaz de
crecimiento y de grandeza.
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Una Iglesia cuya
“misión hace que se sumerja en el corazón de las turbaciones y las rupturas de
la humanidad”.
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Una Iglesia, en
definitiva, que dé testimonio de que todo hombre es amado por Dios y que Dios
confía el hombre al hombre.
(Imágenes de la Fe)
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