Los mil rostros de la Trinidad en la Iglesia

 

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Son múltiples los rostros que la sombra fecunda y poderosa del Espíritu suscita en la Iglesia y que son reto y profecía para el tercer milenio:

 

  • Una Iglesia viva que se encarne y tome cuerpo en la Trinidad, fuente de su eterna juventud.
  • Una Iglesia pobre y compuesta por pecadores, pero dócil a la acción del Espíritu Santo, que la renueva y la santifica en el sacramento de la reconciliación, que la habla y la alimenta en la celebración de la eucaristía.
  • Una Iglesia con carismas y ministerios diversos, dones del único Creador y Padre, distribuidos por el Espíritu Santo para constituir el único Cuerpo de Cristo.
  • Una Iglesia que no es de este mundo porque ha jurado amor y fidelidad a Jesucristo, pero que está en este mundo para exhortarlo a propósito del respeto a la persona y a los derechos de Dios.
  • Una Iglesia preocupada por anunciar la Buena Nueva de Jesús Salvador  en todos los rincones de la ciudad de los hombres.
  • Una Iglesia al servicio de sus hermanos, tanto más libre cuanto más sirve, y tanto más servidora cuanto se le permite ser más libre.
  • Una Iglesia que prefiere el hombre a las cosas, y que le ayuda a crecer hasta que alcance la plena estatura de Cristo.
  • Una Iglesia que va diariamente al encuentro de su esposo, en los pobres,  los marginados, los que sufren o los perdidos.
  • Una Iglesia que se compromete a que nazca una humanidad nueva.
  • Una Iglesia que da razón de su esperanza, esperanza que le proporciona un modo de escuchar afectuoso, como se escucha latir un corazón.
  • Una Iglesia de la modernidad, apasionadamente abierta a este mundo al que Dios quiere, capaz de crecimiento y de grandeza.
  • Una Iglesia cuya “misión hace que se sumerja en el corazón de las turbaciones y las rupturas de la humanidad”.
  • Una Iglesia, en definitiva, que dé testimonio de que todo hombre es amado por Dios y que Dios confía el hombre al hombre.

(Imágenes de la Fe)

 

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