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La
Iglesia de Roma conserva los sepulcros de los apóstoles Pedro y Pablo
como “trofeos” de su fidelidad a Jesucristo y como acreditación de la
autoridad apostólica de la Sede de Roma. Estamos reunidos donde Pablo,
en la vía ostiense, fue decapitado, culminando el testimonio de fe y
amor a Jesucristo, que lo llamó a su seguimiento y al apostolado en el
camino de Damasco. Saludo a los peregrinos venidos de lejos y de cerca
para participar en la gozosa celebración de la beatificación de 498
mártires de nuestras diócesis: Señores obispos, religiosos y religiosas
de las congregaciones a las que pertenecieron y enaltecieron los
mártires, hermanos y hermanas de todos los rincones de la Iglesia en
España. Saludo con respeto y afecto al señor embajador de España ante la
Santa Sede. Agradezco, en nombre de la Conferencia Episcopal Española,
la hospitalidad que en esta basílica emblemática de Roma nos ofrece el
arcipreste de la misma Card. Andrea Cordero Lanza de Montezemolo.
Queridos peregrinos, hemos custodiado como un tesoro la memoria de
nuestros mártires, que nos han precedido con la antorcha de la fe y de
la santidad. Son un don precioso de Dios que recibimos con gratitud;
estamos dispuestos con la fuerza del Señor a proclamar la fe y a vivir
con fidelidad, alentados por su testimonio sublime, en las situaciones
concretas de nuestra historia. El martirio de estos hermanos nos une con
el Señor y nos dignifica a todos.
Los mártires situados ante la alternativa, no buscada ni provocada por
ellos, de renegar de la fe cristiana y así salvar la vida, o de
mantenerse adheridos al Señor y así perderla, prefirieron en un gesto
admirable entregar la vida temporal y recibir la Vida eterna, recordando
las palabras del Maestro: “Quien pierde su vida por mí y por el
Evangelio, la salvará” (Mc 8,35). “Nadie tiene amor más grande que el
que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13). Los mártires recibieron de
Jesús la gracia de su amistad, y ellos le devolvieron viviendo y
muriendo por El la misma amistad. ¡Qué elocuente se hace el Evangelio en
la proximidad de los mártires!
En el proceso de los mártires se ha concentrado la fidelidad a Dios a
través de unos gestos expresivos de la totalidad. Como muchos mártires
de la Iglesia en los primeros siglos murieron aclamando a Jesús como el
Señor (Iesus Kýrios), así también los mártires que van a ser
beatificados mañana murieron aclamando con los labios y el corazón:
¡Viva Cristo Rey! A algunos el rosario los identificó como cristianos y
en la hora suprema supieron que era una señal decisiva. Unos murieron
porque participaban en la Eucaristía; y otros por el hecho de ser
sacerdotes, frailes o monjas. Los que tuvieron la oportunidad se unieron
en el martirio a aquéllos con los que habían compartido su fe, la
profesión religiosa y los trabajos apostólicos.
Los mártires han rubricado con su sangre un mensaje que queremos recibir
hondamente en estos extraordinarios días. Su muerte martirial glorifica
el poder de Dios que hace de la fragilidad de los hombres su propio
testimonio. Todo lo pudieron en Aquel que les dio fuerza (cf. Fil 4,13;
2 Cor 12,9-10; Col 1,29). ¡Que importante es la fe en Dios que orientó
la vida y decidió la muerte de sus fieles! En nuestro tiempo estamos
llamados a mostrar que para la vida personal, familiar y social no es
indiferente creer en Dios que no creer en El. Todo cambia con la luz y
la fuerza que emite la fe en nuestro Señor Jesucristo. Los mártires nos
preguntan hoy sobre la valentía de nuestra fe. Los hermanos mártires nos
estimulan a ser fieles, a confiar en Dios que nunca defrauda y no
abandona ni siquiera en la persecución. Con la autoridad que les
confiere su muerte por el Señor nos recuerda una exhortación evangélica:
Si ellos murieron perdonando, debemos nosotros recorrer los caminos del
perdón, de la reconciliación y de la paz. Su actitud ante la muerte es
una fuerte invitación a la convivencia respetuosa en la pluralidad.
Queridos peregrinos, deseo a todos unos días de gracia del Señor; que la
proximidad al sucesor de Pedro, el papa Benedicto XVI, nos fortalezca en
la unidad de la fe y del amor.
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