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Queridos Hermanos en el Episcopado,
Amados sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos:
La
Beatificación de cuatrocientos noventa y ocho mártires de España, que
celebramos ayer, ha sido una ocasión para constatar una vez más cómo la
cadena de cristianos que han sido atraídos por el ejemplo de Jesús y
sostenidos por su amor no se ha interrumpido desde los comienzos de la
predicación apostólica.
Ahora estamos reunidos para elevar una ferviente acción de gracias al
Señor por este acontecimiento eclesial. Queremos acogernos a la
intercesión de estos hermanos nuestros, cuya vida se ha convertido para
nosotros, y para el pueblo de Dios que peregrina en España y en otros
países, en un potente foco de luz y en una apremiante invitación a vivir
el Evangelio radicalmente y con sencillez, dando testimonio público y
valiente de la fe que profesamos.
Todo martirio tiene lugar ciertamente en circunstancias históricas
trágicas que, asumiendo a veces la forma de persecución, llevan a una
muerte violenta por causa de la fe. Pero, en medio de ese drama, el
mártir sabe trascender el momento histórico concreto y contemplar a sus
semejantes desde el corazón de Dios. Gracias a esa luz que le viene de
lo alto, y en virtud de la sangre del Cordero (cf. Ap 12,11), el mártir
antepone la confesión de la fe a su propia vida, contrarrestando así la
agresión con la plegaria y con la entrega heroica de sí mismo. Amando a
sus enemigos y rogando por los que lo persiguen (cf. Mt 5,44), el mártir
hace visible el misterio de la fe recibida y se convierte en un gran
signo de esperanza, anunciando con su testimonio la redención para
todos. Al unir su sangre a la de Cristo sacrificado en la cruz, la
inmolación del mártir se transforma en ofrenda ante el trono de Dios,
implorando clemencia y misericordia para sus perseguidores. Como nos
enseña el Papa Juan Pablo II, «ellos han sabido vivir el Evangelio en
situaciones de hostilidad y persecución... hasta el testimonio supremo
de la sangre... Ellos muestran la vitalidad de la Iglesia... Más
radicalmente aún, demuestran que el martirio es la encarnación suprema
del Evangelio de la esperanza» (Ecclesia in Europa, 13).
De esta forma, el martirio es para la Iglesia un signo elocuente de cómo
su vitalidad no depende de meros proyectos o cálculos humanos, sino que
brota más bien de la total adhesión a Cristo y a su mensaje salvador.
Bien sabían esto los mártires, cuando buscaron su fuerza no en el afán
de protagonismo, sino en el amor absoluto a Jesucristo, a costa incluso
de la propia vida.
Para comprender mejor el verdadero sentido cristiano del martirio
debemos, pues, dejar que hablen los propios mártires. Ellos, con su
ejemplo, nos han confiado un testamento que a veces no nos atrevemos a
abrir. En cambio, si les prestamos atención, sus vidas nos hablarán sin
duda de fe, de fortaleza, de generosa valentía y de ardiente caridad,
frente a una cultura que trata de apartar o menospreciar los valores
morales y humanos que nos enseña el propio Evangelio.
De todos es conocido que el siglo XX dio a la Iglesia en España grandes
frutos de vida cristiana: la fundación de congregaciones e institutos
religiosos dedicados a la enseñanza, a la asistencia hospitalaria y a
los más pobres y a diversas obras culturales y sociales. Destacan
también grandes ejemplos de santidad, así como un elevado número de
mártires obispos, sacerdotes, seminaristas, religiosos, religiosas y
fieles laicos.
Estos mártires no han sido propuestos al pueblo de Dios por su
implicación política, ni por luchar contra nadie, sino por ofrecer sus
vidas como testimonio de amor a Cristo y con la plena conciencia de
sentirse miembros de la Iglesia. Por eso, en el momento de la muerte,
todos coincidían en dirigirse a quienes les mataban con palabras de
perdón y de misericordia. Así, entre tantos ejemplos parecidos, resulta
conmovedor escuchar las palabras que uno de los religiosos Franciscanos
de la Comunidad de Consuegra dirigía a sus hermanos: «Hermanos, elevad
vuestros ojos al cielo y rezad el último padrenuestro, pues dentro de
breves momentos estaremos en el Reino de los cielos. Y perdonad a los
que os van a dar muerte».
Por eso, estos nuevos Beatos han enriquecido a la Iglesia de España con
su sacrificio, siendo hoy para nosotros testimonio de fe, de esperanza
firme contra todo temor y de un amor hasta el extremo (cf. Jn 13,1). Su
muerte constituye para todos un importante acicate que nos estimula a
superar divisiones, a revitalizar nuestro compromiso eclesial y social,
buscando siempre el bien común, la concordia y la paz.
Estos queridos hermanos y hermanas nuestros, entre los cuales se
encontraban también dos franceses, dos mexicanos y un cubano,
precisamente por su amor a la vida entregaron la suya a Cristo. Vivieron
una vida ejemplar, dedicados plenamente a sus diferentes apostolados,
convencidos de la opción religiosa que habían hecho o del cumplimiento
de sus deberes familiares. Estos testigos humildes y decididos del
Evangelio son luminarias que orientan nuestra peregrinación terrena. Al
venerar hoy a todos ellos que, como nos enseña el libro del Apocalipsis,
«vienen de la gran tribulación» (ibíd., 7,14), suplicamos al Señor que
nos conceda su fe intrépida, su firme esperanza y su profunda caridad.
Queridos hermanos y hermanas, nos encontramos en Roma, donde en los
comienzos de la Iglesia un sinfín de mártires confesaron su fe en Cristo
hasta derramar su sangre. Tanto aquellos cristianos de la primera hora,
como los que ayer han sido beatificados, no sólo han de suscitar en
nosotros un mero sentimiento de admiración. Ellos no son simples héroes
o personajes de una época lejana. Su palabra y sus gestos nos hablan a
nosotros y nos impulsan a configurarnos cada vez más plenamente con
Cristo, encontrando en Él la fuente de la que brota la auténtica
comunión eclesial, para dar en la sociedad actual un testimonio
coherente de nuestro amor y entrega a Dios y a nuestros hermanos.
Ellos
nos ayudan con su ejemplo y su intercesión para que, en la hora
presente, no nos dejemos vencer por el desaliento o la confusión,
evitando la inercia o el lamento estéril. Porque éste es también, como
lo fue el suyo, un tiempo de gracia, una ocasión propicia para compartir
con los demás el gozo de ser discípulos de Cristo.
Con su vida y el testimonio de su muerte nos enseñan que la auténtica
felicidad se halla en escuchar al Señor y en poner en práctica su
Palabra (cf. Lc 11,28). Por eso el servicio más precioso que podemos
prestar hoy a nuestros hermanos es ayudarles a encontrarse con Cristo,
que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (cf. Jn 14,6), el único que
puede saciar las más nobles aspiraciones humanas.
Dios quiera que esta Beatificación suscite en España una fuerte llamada
a reavivar la fe cristiana e intensificar la comunión eclesial, pidiendo
al Señor que la sangre de estos mártires sea semilla fecunda de
numerosas y santas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, así
como una constante invitación a las familias, fundadas en el sacramento
del Matrimonio, a que sean para sus hijos ejemplo y escuela del
verdadero amor y «santuario» del gran don de la vida.
Finalmente, pidamos también al Señor que el ejemplo de santidad de los
nuevos mártires alcance para la Iglesia en España y en las otras
Naciones de las cuales algunos de ellos eran originarios, muchos frutos
de auténtica vida cristiana: un amor que venza la tibieza, una ilusión
que estimule la esperanza, un respeto que dé acogida a la verdad y una
generosidad que abra el corazón a las necesidades de los más pobres del
mundo.
Que la Virgen María, Reina de los Mártires, nos obtenga de su divino
Hijo esta gracia que ahora, con total confianza, ponemos en sus manos de
Madre. Amén. |