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Eminentísimos
Señores Cardenales,
Excelentísimos Señores Obispos y hermanos en el sacerdocio,
Respetables autoridades,
Hermanas y hermanos en Cristo:
1.
Por encargo y delegación del Papa Benedicto XVI, he tenido la dicha de
hacer público el documento mediante el cual el Santo Padre proclama
beatos a cuatrocientos noventa y ocho
mártires que derramaron su sangre por la fe durante la persecución
religiosa en España, en los años mil novecientos treinta y cuatro,
treinta y seis y treinta y siete. Entre ellos hay obispos, sacerdotes,
religiosos, religiosas y fieles laicos, mujeres y hombres; tres de ellos
tenían dieciséis años y el mayor setenta y ocho.
Este grupo tan numeroso de beatos manifestaron hasta el martirio su amor
a Jesucristo, su fidelidad a la Iglesia Católica y su intercesión ante
Dios por todo el mundo. Antes de morir perdonaron a quienes les
perseguían –es más, rezaron por ellos–, como consta en los procesos de
beatificación instruidos en las archidiócesis de Barcelona, Burgos,
Madrid, Mérida-Badajoz, Oviedo, Sevilla y Toledo; y en la diócesis de
Albacete, Ciudad Real, Cuenca, Gerona, Jaén, Málaga y Santander.
El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “El
martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe” (a 2473). En
efecto, seguir a Jesús, significa seguirlo también en el dolor y aceptar
las persecuciones por amor del Evangelio (cf. Mt 24,9-14;Mc.13,9-13; Lc
21,12-19): “Y seréis odiados
de todos por causa de mi nombre” (Mc
13,13; cf. Jn 15,21). Cristo nos había anticipado que nuestras vidas
estarían vinculadas a su destino.
2.
El logotipo de esta beatificación, de una importancia notable por el
gran número de nuevos beatos, tiene como elemento central una cruz de
color rojo, símbolo del amor llevado hasta derramar la sangre por
Cristo. Acompaña a la cruz una palma estilizada, que intencionalmente se
asemeja a unas lenguas de fuego, en la que vemos representada la
victoria alcanzada por los mártires con su fe que vence al mundo (cfr. 1
Jn 1, 4), así como también el fuego del Espíritu Santo que se posa sobre
los Apóstoles el día de Pentecostés, y asimismo la zarza que arde y no
se consume con una llama, en la que Dios se presenta a Moisés en el
relato del Éxodo y es expresión de su mismo ser: el Amor que se da y
nunca se extingue.
Estos símbolos están enmarcados por una leyenda circular, que recuerda
un mapa del mundo: “Beatificación mártires de España”. Dice «mártires de
España» y no «mártires españoles», porque España es el lugar donde
fueron martirizados, y es también la Patria de gran parte de ellos, pero
hay también quienes provenían de otras naciones, concretamente de
Francia, México y Cuba. En cualquier caso, los mártires no son
patrimonio exclusivo de una diócesis o nación, sino que, por su especial
participación en la Cruz de Cristo, Redentor del universo, pertenecen al
mundo entero, a la Iglesia universal.
Se ha elegido como lema para esta beatificación unas palabras del Señor
recogidas en el Evangelio de San Mateo: «Vosotros sois la luz del mundo»
(Mt 5,14). Como declara el Concilio Vaticano II al comienzo de su
Constitución sobre la Iglesia, Jesucristo es la luz de las gentes[1];
esa luz se refleja a lo largo de los siglos en el rostro de la Iglesia y
hoy, de manera especial, resplandece en los mártires cuya memoria
estamos celebrando. Jesucristo es la luz del mundo (Jn 1, 5-9), que
alumbra nuestras inteligencias para que, conociendo la verdad, vivamos
de acuerdo con nuestra dignidad de personas humanas y de hijos de Dios y
seamos también nosotros luz del mundo que alumbra a todos los hombres
con el testimonio de una vida vivida en plena coherencia con la fe que
profesamos.
3.
«He combatido bien mi batalla, he corrido hasta la meta, he mantenido la
fe» (2 Tim 4, 7). Así escribe San Pablo, ya al final de su vida, en el
texto de la segunda lectura de este domingo. Con su muerte, estos
mártires hicieron realidad las mismas convicciones de San Pablo.
Los mártires no consiguieron la gloria sólo para sí mismos. Su sangre,
que empapó la tierra, fue riego que produjo fecundidad y abundancia de
frutos. Así lo expresaba, invitándonos a conservar la memoria de los
mártires, el Santo Padre Juan Pablo II en uno de sus discursos: «Si se
perdiera la memoria de los cristianos que han entregado su vida por
confesar la fe, el tiempo presente, con sus proyectos y sus ideales,
perdería una de sus características más valiosas, ya que los grandes
valores humanos y religiosos dejarían de estar corroborados por un
testimonio concreto inscrito en la historia»[2].
No podemos contentarnos con celebrar la memoria de los mártires, admirar
su ejemplo y seguir adelante en nuestra vida con paso cansino. ¿Qué
mensaje transmiten los mártires a cada uno de nosotros aquí presentes?
Vivimos en una época en la cual la verdadera identidad de los cristianos
está constantemente amenazada y esto significa que ellos o son mártires,
es decir, adhieren a su fe bautismal en modo coherente, o tienen que
adaptarse.
Ya que la vida cristiana es una confesión personal cotidiana de la fe en
el Hijo de Dios hecho hombre esta coherencia puede llegar en algunos
casos hasta la efusión de la sangre.
Pero como la vida de un solo cristiano donada en defensa de la fe tiene
el efecto de fortalecer toda la Iglesia, el hecho de proponer el ejemplo
de los mártires significa recordar que la santidad no consiste solamente
en la reafirmación de valores comunes para todos sino en la adhesión
personal a Cristo Salvador del cosmos y de la historia. El martirio es
un paradigma de esta verdad desde el acontecimiento de Pentecostés.
La confesión personal de la fe nos lleva a descubrir el fuerte vínculo
entre la conciencia y el martirio.
“El sentido profundo del testimonio de los mártires –según escribía el
Cardenal Ratzinger– está en que ellos testimonian la capacidad de la
verdad sobre el hombre como límite de todo poder y garantía de su
semejanza con Dios. Es en este sentido que los mártires son los grandes
testimonios de la conciencia, de la capacidad otorgada al hombre de
percibir, más allá del poder, también el deber y por lo tanto abrir el
camino hacia el verdadero progreso, hacia la verdadera elevación humana”
(J. Ratzinger,
Elogio della coscienza,
Roma, Il Sabato 16 marzo 1991, p. 89).
4.
Los mártires se comportaron como buenos cristianos y, llegado el
momento, no dudaron en ofrendar su vida de una vez, con el grito de
«¡Viva Cristo Rey!» en los labios. A los hombres y a las mujeres de hoy
nos dicen en voz muy alta que todos estamos llamados a la santidad,
todos, sin excepción, como ha declarado solemnemente el Concilio
Vaticano II al dedicar un capítulo de su documento más importante –la
Constitución
Lumen gentium,
sobre la Iglesia–
a la «llamada universal a la santidad».
¡Dios nos ha creado y redimido para que seamos santos! No podemos
contentarnos con un cristianismo vivido tibiamente.
La vida cristiana no se reduce a unos actos de piedad individuales y
aislados, sino que ha de abarcar cada instante de nuestros días sobre la
tierra. Jesucristo ha de estar presente en el cumplimiento fiel de los
deberes de nuestra vida ordinaria, entretejida de destalles
aparentemente pequeños y sin importancia, pero que adquieren relieve y
grandeza sobrenatural cuando están realizados con amor de Dios. Los
mártires alcanzaron la cima de su heroísmo en la batalla en la que
dieron su vida por Jesucristo. El heroísmo al que Dios nos llama se
esconde en las mil escaramuzas de nuestra vida de cada día. Hemos de
estar persuadios de que nuestra santidad –esa santidad, no lo dudemos, a
la que Dios nos llama– consiste en alcanzar lo que Juan Pablo II ha
llamado el «nivel alto de la vida cristiana ordinaria»[3].
El mensaje de los mártires es un mensaje de fe y de amor. Debemos
examinarnos con valentía, y hacer propósitos concretos, para descubrir
si esa fe y ese amor se manifiestan heroicamente en nuestra vida.
Heroísmo también de la fe y del amor en nuestra actuación como personas
insertas en la historia, como levadura que provoca el fermento justo. La
fe, nos dice Benedicto XVI, contribuye a purificar la razón, para que
llegue a percibir la verdad[4]. Por eso, ser cristianos coherentes nos
impone no inhibirnos ante el deber de contribuir al bien común y moldear
la sociedad siempre según justicia, defendiendo –en un diálogo informado
por la caridad– nuestras convicciones sobre la dignidad de la persona,
sobre la vida desde la concepción hasta la muerte natural, sobre la
familia fundada en la unión matrimonial una e indisoluble entre un
hombre y una mujer, sobre el derecho y deber primario de los padres en
lo que se refiere a la educación de los hijos y sobre tantas otras
cuestiones que surgen en la experiencia diaria de la sociedad en que
vivimos.
Concluimos, unidos al Papa Benedicto XVI y a la Iglesia universal, que
vive en los cinco Continentes, invocando la intercesión de los mártires
beatificados hoy y acudiendo confiadamente a Nuestra Señora Reina de los
mártires para que inflamados por un vivo deseo de santidad sigamos su
ejemplo.

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