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En el mes de mayo de 2007 salía a la luz el libro del Papa Benedicto XVI que
lleva como título Jesús de Nazaret. Hasta ahora no había ocurrido que
saliera sobre Jesús un libro de un Papa. El papa Juan Pablo II nos había
acostumbrado a algunas narraciones sobre su vida. Pero es la primera vez que
sale un libro de un Papa que afronta un tema tan arduo y amplio. Es verdad
que en este volumen se trata sólo algunos aspectos de la vida de Jesús, que
van desde el Bautismo a la Transfiguración. Benedicto XVI espera completar
su obra en no mucho tiempo, en donde presentará otros aspectos de la vida de
Jesús (los relatos de la infancia, el misterio de la pasión, muerte y
resurrección). Con todo, es obligatorio la pregunta: ¿son las palabras
contenidas en este volumen las de un Papa, con toda su fuerza magisterial, o
son reflexiones de un estudioso que expresa sus convicciones personales,
aunque procedan de una larga familiaridad con su tema y a partir de su
implicación personal en la vida de la Iglesia y en el seguimiento de Cristo?
El mismo Papa resuelve esta
posible ambigüedad diciendo: “Creo que no es necesario decir expresamente
que este libro no es en absoluto un acto magisterial, sino la expresión de
mi búsqueda personal del “rostro del Señor” (Sal 27, 8). Por lo tanto, cada
cual tiene libertad para contradecirme. Sólo pido a las lectoras y lectores
el adelanto de simpatía sin el cual no existe comprensión posible (p. 20).
La primera observación que d esearía
hacer está en relación el título. El libro se titula Jesús de Nazaret,
pero creo que el verdadero título debería ser más concretamente
“Jesús de Nazaret ayer y hoy”. De hecho el autor pasa con facilidad de
la consideración de los hechos relativos a Jesús a la importancia que estos
tienen para los siglos siguientes y para nuestra Iglesia. Por eso el libro
está lleno de alusiones a las cuestiones contemporáneas.
Por ejemplo, hablando de la
tentación en el desierto, cuando Satanás le ofrece a Jesús el dominio del
mundo, el autor afirma que “su verdadero contenido se hace visible cuando
constatamos cómo cada vez toma nueva forma en el decurso de la historia. El
imperio cristiano trató muy pronto de transformar la fe en factor político
para la unidad del imperio. El reino de Cristo, por tanto, debía tomar forma
de un reino político y de esplendor. La debilidad de la fe, la debilidad
terrenal de Jesucristo tenía que estar sostenida por el poder político y
militar. En el transcurso de los siglos esta tentación –asegura la fe
mediante el poder- se ha ido presentando continuamente, de diferentes
maneras, y siempre la fe ha corrido el peligro de quedar sofocada por el
abrazo del poder (pp. 62-63).
Este tipo de consideraciones
sobre la historia posterior a Jesús y sobre la actualidad le da al libro una
amplitud y un sabor que otros libros sobre Jesús, preocupados por el debate
meticuloso sólo de los acontecimientos de la vida, no poseen (Carlo Maria
Martini).
El libro tiene la siguiente
estructura: 1. El Bautismo de Jesús; 2. Las Tentaciones de Jesús; 3. El
Evangelio del Reino de Dios; 4. El discurso de la Montaña; 5. La oración del
Señor; 6. Los discípulos; 7. El mensaje de las parábolas; 8. Las grandes
imágenes joánicas; 9. Dos momentos importantes en el camino de Jesús: la
confesión de Pedro y la Transfiguración; 10. Las afirmaciones de Jesús sobre
sí mismo. Un prólogo y una introducción abren la obra. Todos los capítulos
son originales excepto el segundo, que es prácticamente idéntico a uno de
Caminos de Jesucristo, Madrid 2005.
Las fuentes empleadas son
fundamentalmente y principalmente los Evangelios tal como los ha recibido la
Iglesia. Para su interpretación, Benedicto XVI se sirve sobre todo de los
otros libros de la Escritura. En el prólogo, el autor señala que su obra
presupone la exégesis histórico-crítica. Afirma que se sirve de sus
resultados, pero desea ir más allá de este método desembocando en una
interpretación propiamente teológica. El Papa reconoce que el método
histórico crítico es importante, pero que tiene el peligro de desmembrar
el texto y de hacer incomprensibles los hechos a los que el texto hace
referencia. Se propone, pues, leer los diferentes textos en el marco de la
totalidad de la Escritura. Resulta así claro “que en el conjunto hay una
dirección, que el Antiguo y el Nuevo Testamento están íntimamente unidos
entre ellos. Está claro que la hermenéutica cristológica, que ve en
Jesucristo la clave del todo y, partiendo de Él, aprende a comprender la
Biblia como unidad, presupone una decisión de fe y no puede derivarse del
puro método histórico. Pero esta decisión de fe tiene de su parte la razón
–una razón histórica- y permite ver la unidad íntima de la Escritura y
comprender así de una manera nueva también cada trecho de camino, sin
quitarles su propia originalidad histórica” (p. 15).
Lo que destaca con fuerza J.
Ratzinger es el hecho de que Jesús de Nazaret tiene una visión de Dios que
no tiene ningún otro hombre. Cita por eso el prólogo del Evangelio de san
Juan: “A Dios nadie le ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno
del Padre, él lo ha revelado” (Jn 1, 18). Es el punto de inicio a partir del
cual es posible comprender la figura de Jesús. Esto comporta cierta
compenetración entre conocimientos históricos y conocimientos de fe. Cada
uno de estos caminos, tanto el de la razón como el de la fe, conservan su
dignidad, libertad y método propio, sin mezclas ni confusiones.
La introducción ofrece la
clave de cómo debe entenderse la obra. El punto de partida es el anuncio del
libro del Deuteronomio sobre un nuevo profeta al estilo de Moisés: “No ha
vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien el Señor trataba
cara a cara” (Dt 34, 10). Benedicto XVI comenta que lo esencial del profeta
no es revelar el futuro, sino mostrar el rostro de Dios. Lo que esperaba
Israel era un nuevo Moisés que tuviera un acceso inmediato a Dios para poder
comunicar la voluntad y la palabra de Dios de primera mano, sin
falsificarla. A Moisés, sin embargo, no se le concedió ver la gloria del
Señor – su naturaleza-, cuando lo pidió. Dios le dijo: “No podrás ver mi
rostro, pues ningún ser humano puede verlo y seguir viviendo. Y continuó: He
ahí un lugar junto a mí; tú puedes situarte sobre la roca. Cuando pase mi
gloria, te colocaré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano
hasta que haya pasado. Luego retiraré mi mano y tú podrás ver mi espalda;
pero mi rostro no se puede ver” (Ex 33, 20-23). Al nuevo Moisés, dice
Ratzinger, se le concederá lo que se le negó al primero: ver verdaderamente
e inmediatamente el rostro de Dios y poder hablar así a partir de la plena
visión de Dios y no sólo después de haberle visto las espaldas.
Buena parte de la exégesis
actual, la que se puede calificar como más sólida, a pesar de las
incertidumbres en las que a menudo se mueve, pone de manifiesto que lo más
específico de Jesús es su regencia total a Dios y su unión con Él. El papa
hace suyas las palabras del exegeta católico alemán, Rudolf Schnackenburg,
quien en una de sus últimas obras afirma que si la persona de Jesús no está
enraizada en Dios queda etérea, irreal e inexplicable. Benedicto XVI afirma:
“Éste es el punto de apoyo sobre el que se basa mi libro: considera a Jesús
a partir de su comunión con el Padre. Éste es el verdadero centro de su
personalidad. Sin esta comunión no se puede entender nada y partiendo de
ella Él se hace presente a nosotros también hoy” (p. 10). En Jesús se cumple
la promesa del nuevo profeta anunciado por Moisés (Dt 18, 18). Jesús vive en
la presencia de Dios, no sólo como amigo sino como Hijo; vive en profunda
unidad con el Padre. Por eso con firmeza Benedicto XVI afirma: “Si no se
tiene esto en cuenta, la figura de Jesús se hace contradictoria y en
definitiva incomprensible. La pregunta que todo lector del Nuevo Testamento
debe hacerse, es decir, de dónde Jesús ha sacado su doctrina, dónde está la
clave que explique si comportamiento, encuentra su verdadera respuesta sólo
a partir de ahí” (pp. 26-27). De esa unión viene la autoridad de su
enseñanza: de su contacto con el Padre cara a cara, de la visión de Aquel
que está en el seno del Padre. Es así como los evangelios cobran sentido.
Jesús de Nazaret no es un
mito, sino un hombre de carne y sangre, una presencia real en la historia.
Podemos seguir los caminos que él recorrió. Podemos oír sus palabras gracias
a los testigos. Él murió y resucitó.
Por eso el autor toma
distancia de Rudolf Schnackenburg, para quien “los evangelios quieren
revestir de carne el misterioso Hijo de Dios que ha aparecido en la tierra”.
A lo que Benedicto XVI responde que “no tenían necesidad de revestirlo de
carne, pues Él se había hecho de verdad carne” (p. 10).
El libro no se limita sólo al
aspecto intelectual. Nos muestra el camino del amor de Dios y del prójimo,
como dice muy bien explicando la parábola del buen samaritano: “Ahora nos
damos cuenta de que todos necesitamos el don del amor salvífico de Dios
mismo, para poder ser nosotros también personas que aman. Necesitamos
siempre a Dios que se hace prójimo nuestro, para poder, a nuestra vez,
hacernos prójimos” (p. 238).
El autor afronta también el
tema del “fracaso del profeta”, de todo verdadero profeta: “Su mensaje
contradice demasiado la opinión común, las costumbres corrientes. Sólo a
través del fracaso su palabra se torna eficaz. Este fracaso del profeta
flota como una oscura pregunta sobre toda la historia de Israel y se repite
de alguna manera continuamente en la historia de la humanidad. Es sobre todo
cada vez de nuevo también el destino de Jesucristo: Él acaba en la cruz.
Pero precisamente de la cruz deriva la gran fecundidad” (p. 226).
En este libro, Benedicto XVI se nos entrega claramente como
pastor que se preocupa por alimentar, sostener y edificar la fe de la
comunidad cristiana y de aquellos que buscan al Jesús real; pero también
como teólogo que toma postura ante los temas más difíciles y debatidos, con
una argumentación seria y razonada. Esta conjunción de teólogo y pastor es,
precisamente, la que ha caracterizado a los Padres de la Iglesia.
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