JESUCRISTO DE NAZARET AYER Y HOY

El Jesús de Benedicto XVI

                                                             Juan Pablo García Maestro

 

             En el mes de mayo de 2007 salía a la luz el libro del Papa Benedicto XVI que lleva como título Jesús de Nazaret. Hasta ahora no había ocurrido que saliera sobre Jesús un libro de un Papa. El papa Juan Pablo II nos había acostumbrado a algunas narraciones sobre su vida. Pero es la primera vez que sale un libro de un Papa que afronta un tema tan arduo y amplio. Es verdad que en este volumen se trata sólo algunos aspectos de la vida de Jesús, que van desde el Bautismo a la Transfiguración. Benedicto XVI espera completar su obra en no mucho tiempo, en donde presentará otros aspectos de la vida de Jesús (los relatos de la infancia, el misterio de la pasión, muerte y resurrección). Con todo, es obligatorio la pregunta: ¿son las palabras contenidas en este volumen las de un Papa, con toda su fuerza magisterial, o son reflexiones de un estudioso que expresa sus convicciones personales, aunque procedan de una larga  familiaridad con su tema y a partir de su implicación personal en la vida de la Iglesia y en el seguimiento de Cristo?

            El mismo Papa resuelve esta posible ambigüedad diciendo: “Creo que no es necesario decir expresamente que este libro no es en absoluto un acto magisterial, sino la expresión de mi búsqueda personal del “rostro del Señor” (Sal 27, 8). Por lo tanto, cada cual tiene libertad para contradecirme. Sólo pido a las lectoras y lectores el adelanto de simpatía sin el cual no existe comprensión posible (p. 20)[1].

            La primera observación que desearía hacer está en relación el título. El libro se titula Jesús de Nazaret, pero creo que el verdadero título debería ser más concretamente “Jesús de Nazaret ayer y hoy”. De hecho el autor pasa con facilidad de la consideración de los hechos relativos a Jesús a la importancia que estos tienen para los siglos siguientes y para nuestra Iglesia. Por eso el libro está lleno de alusiones a las cuestiones contemporáneas.

            Por ejemplo, hablando de la tentación en el desierto, cuando Satanás le ofrece a Jesús el dominio del mundo, el autor afirma que “su verdadero contenido se hace visible cuando constatamos cómo cada vez toma nueva forma en el decurso de la historia. El imperio cristiano trató muy pronto de transformar la fe en factor político para la unidad del imperio. El reino de Cristo, por tanto, debía tomar forma de un reino político y de esplendor. La debilidad de la fe, la debilidad terrenal de Jesucristo tenía que estar sostenida por el poder político y militar. En el transcurso de los siglos esta tentación –asegura la fe mediante el poder- se ha ido presentando continuamente, de diferentes maneras, y siempre la fe ha corrido el peligro de quedar sofocada por el abrazo del poder (pp. 62-63).

            Este tipo de consideraciones sobre la historia posterior a Jesús y sobre la actualidad le da al libro una amplitud y un sabor que otros libros sobre Jesús, preocupados por el debate meticuloso sólo de los acontecimientos de la vida, no poseen (Carlo Maria Martini).  

            El libro tiene la siguiente estructura: 1. El Bautismo de Jesús; 2. Las Tentaciones de Jesús; 3. El Evangelio del Reino de Dios; 4. El discurso de la Montaña; 5. La oración del Señor; 6. Los discípulos; 7. El mensaje de las parábolas; 8. Las grandes imágenes joánicas; 9. Dos momentos importantes  en el camino de Jesús: la confesión de Pedro y la Transfiguración; 10. Las afirmaciones de Jesús sobre sí mismo. Un prólogo y una introducción abren la obra. Todos los capítulos son originales excepto el segundo, que es prácticamente idéntico a uno de Caminos de Jesucristo, Madrid 2005.

            Las fuentes empleadas son fundamentalmente y principalmente los Evangelios tal como los ha recibido la Iglesia. Para su interpretación, Benedicto XVI se sirve sobre todo de los otros libros de la Escritura. En el prólogo, el autor señala que su obra presupone la exégesis histórico-crítica. Afirma que se sirve de sus resultados, pero desea ir más allá de este método desembocando en una interpretación propiamente teológica. El Papa reconoce que el método histórico crítico es importante, pero que tiene el peligro de desmembrar el texto y de hacer incomprensibles los hechos a los que el texto hace referencia. Se propone, pues, leer los diferentes textos en el marco de la totalidad de la Escritura. Resulta así claro “que en el conjunto hay una dirección, que el Antiguo y el Nuevo Testamento están íntimamente unidos entre ellos. Está claro que la hermenéutica cristológica, que ve en Jesucristo la clave del todo y, partiendo de Él, aprende a comprender la Biblia como unidad, presupone una decisión de fe y no puede derivarse del puro método histórico. Pero esta decisión de fe tiene de su parte la razón –una razón histórica- y permite ver la unidad íntima de la Escritura y comprender así de una manera nueva también cada trecho de camino, sin quitarles su propia originalidad histórica” (p. 15).

            Lo que destaca con fuerza J. Ratzinger es el hecho de que Jesús de Nazaret tiene una visión de Dios que no tiene ningún otro hombre. Cita por eso el prólogo del Evangelio de san Juan: “A Dios nadie le ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado” (Jn 1, 18). Es el punto de inicio a partir del cual es posible comprender la figura de Jesús. Esto comporta cierta compenetración entre conocimientos históricos y conocimientos de fe. Cada uno de estos caminos, tanto el de la razón como el de la fe, conservan su dignidad, libertad y método propio, sin mezclas ni confusiones.

            La introducción ofrece la clave de cómo debe entenderse la obra. El punto de partida es el anuncio del libro del Deuteronomio sobre un nuevo profeta al estilo de Moisés: “No ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien el Señor trataba cara a cara” (Dt 34, 10). Benedicto XVI comenta que lo esencial del profeta no es revelar el futuro, sino mostrar el rostro de Dios. Lo que esperaba Israel era un nuevo Moisés que tuviera un acceso inmediato a Dios para poder comunicar la voluntad y la palabra de Dios de primera mano, sin falsificarla. A Moisés, sin embargo, no se le concedió ver la gloria del Señor – su naturaleza-, cuando lo pidió. Dios le dijo: “No podrás ver mi rostro, pues ningún ser humano puede verlo y seguir viviendo. Y continuó: He ahí un lugar junto a mí; tú puedes situarte sobre la roca. Cuando pase mi gloria, te colocaré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Luego retiraré mi mano y tú podrás ver mi espalda; pero mi rostro no se puede ver” (Ex 33, 20-23). Al nuevo Moisés, dice Ratzinger, se le concederá lo que se le negó al primero: ver verdaderamente e inmediatamente el rostro de Dios y poder hablar así a partir de la plena visión de Dios y no sólo después de haberle visto las espaldas.

            Buena parte de la exégesis actual, la que se puede calificar como más sólida, a pesar de las incertidumbres en las que a menudo se mueve, pone de manifiesto que lo más específico de Jesús es su regencia total a Dios y su unión con Él. El papa hace suyas las palabras del exegeta católico alemán, Rudolf Schnackenburg, quien en una de sus últimas obras afirma que si la persona de Jesús no está enraizada en Dios queda etérea, irreal e inexplicable. Benedicto XVI afirma: “Éste es el punto de apoyo sobre el que se basa mi libro: considera a Jesús a partir de su comunión con el Padre. Éste es el verdadero centro de su personalidad. Sin esta comunión no se puede entender nada y partiendo de ella Él se hace presente a nosotros también hoy” (p. 10). En Jesús se cumple la promesa del nuevo profeta anunciado por Moisés (Dt 18, 18). Jesús vive en la presencia de Dios, no sólo como amigo sino como Hijo; vive en profunda unidad con el Padre. Por eso con firmeza Benedicto XVI afirma: “Si no se tiene esto en cuenta, la figura de Jesús se hace contradictoria y en definitiva incomprensible. La pregunta que todo lector del Nuevo Testamento debe hacerse, es decir, de dónde Jesús ha sacado su doctrina, dónde está la clave que explique si comportamiento, encuentra su verdadera respuesta sólo a partir de ahí” (pp. 26-27). De esa unión viene la autoridad de su enseñanza: de su contacto con el Padre cara a cara, de la visión de Aquel que está en el seno del Padre. Es así como los evangelios cobran sentido.

            Jesús de Nazaret no es un mito, sino un hombre de carne y sangre, una presencia real en la historia. Podemos seguir los caminos que él recorrió. Podemos oír sus palabras gracias a los testigos. Él murió y resucitó.  

            Por eso el autor toma distancia de Rudolf Schnackenburg, para quien “los evangelios quieren revestir de carne el misterioso Hijo de Dios que ha aparecido en la tierra”. A lo que Benedicto XVI responde  que “no tenían necesidad de revestirlo de carne, pues Él se había hecho de verdad carne” (p. 10).

            El libro no se limita sólo al aspecto intelectual. Nos muestra el camino del amor de Dios y del prójimo, como dice muy bien explicando la parábola del buen samaritano: “Ahora nos damos cuenta de que todos necesitamos el don del amor salvífico de Dios mismo, para poder ser nosotros también personas que aman. Necesitamos siempre a Dios que se hace prójimo nuestro, para poder, a nuestra vez, hacernos prójimos” (p. 238).

            El autor afronta también el tema del “fracaso del profeta”, de todo verdadero profeta: “Su mensaje contradice demasiado la opinión común, las costumbres corrientes. Sólo a través del fracaso su palabra se torna eficaz. Este fracaso del profeta flota como una oscura pregunta sobre toda la historia de Israel y se repite de alguna manera continuamente en la historia de la humanidad. Es sobre todo cada vez de nuevo también el destino de Jesucristo: Él acaba en la cruz. Pero precisamente de la cruz deriva la gran fecundidad” (p. 226).          

            En este libro, Benedicto XVI se nos entrega claramente como pastor que se preocupa por alimentar, sostener y edificar la fe de la comunidad cristiana y de aquellos que buscan al Jesús real; pero también como teólogo que toma postura ante los temas más difíciles y debatidos, con una argumentación seria y razonada. Esta conjunción de teólogo y pastor es, precisamente, la que ha caracterizado a los Padres de la Iglesia.

[1] Sigo la versión italiana: Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, edizione italiana a cura de di Ingrid Stampa e Elio Guerriero, Rizoli, Milán 2007.