Juan de Mata pasión por Dios Trinidad y por los cautivos

 

Estamos en otoño del año 1198. Juan de Mata ha logrado sus avales en París y, con sus cartas y el texto elaborado y corregido de la que va a ser la regla de los trinitarios, marcha de nuevo a Roma. El Papa Inocencio III lo recibe y estudia los informes y el texto de la Regla que le presentan. El Papa, hombre espi­ritual y jurista a la vez, no albergaba ya duda alguna de que el proyecto de Juan de Mata era un proyecto inspirado por Dios y limpiamente evangélico. Así que tan sólo unas semanas después, el 17 de diciembre, mañana se cumplen exactamente 805 años, aprobaba públicamente, como proyecto eclesial, el proyecto de Juan de Mata.

En la bula que recoge esta aprobación dice el Papa que “se trata de un proyecto que no procede, de los hombres, sino de Dios (“de inspiración divina”) y que no descansa en el poder humano, sino “en Cristo”. Y es un proyecto que brota, de la misericordia, de “la raíz de la caridad” y no responde a intereses humanos, políticos o estratégicos, sino a “los intereses de Cristo”, que son los intereses de sus hermanos en cautividad.

El sueño de Juan de Mata se veía así confirmado por la instancia suprema y universal de la Iglesia. ¿De qué se trataba, realmente?

 

Al servicio de la redención y de la caridad

El proyecto de vida que aca­baba de nacer era algo nuevo en la Iglesia medieval. Nuevo, en casi todos sus elementos constitutivos. No por azar quiso Juan de Mata plasmar ese proyecto en una Regla propia. Las existentes no podían recoger la novedad de su proyecto. Efectivamente, éste nacía como un proyecto de vida volcado a la misión en el mundo, en la ciudad y en los caminos, y hasta los márgenes mismos de la cristiandad. Un proyecto, en ese sentido, inédito, que pisa terreno nuevo, que abre nuevas sendas en la Iglesia.

El meollo de la novedad del proyecto naciente estaba, sin duda, en la conjunción original del nombre del proyecto con su finalidad esencial. La orden que funda Juan de Mata es la «Orden de la Santa Trinidad y de la redención de cautivos»; las casas de la orden son «casas de la Santa Trinidad para la redención de los cautivos»; y los hermanos de Juan de Mata son los «hermanos de la Santa Trinidad y de los cautivos». ¿Qué hay de original en esta repetida conexión de Trinidad y reden­ción de cautivos?

A Juan de Mata no le fascina la empresa militar de la liberación de los Santos Lugares, en la que estaban enfrascados cristianos y musulmanes. Lo que golpea su espíritu y su sensibilidad es la situación inhumana de las víctimas de esa empresa, de los hermanos en la fe sumidos en la noche de la cautividad. Por eso, su proyecto se presenta como radicalmente nuevo frente a las órdenes militares que hasta entonces habían sur­gido con motivo de las cruzadas. El proyecto de Juan de Mata no tiene nada que ver con una empresa militar. Es un proyecto de misericordia, no de estrategia; un proyecto completamente “desarmado”, con la única finalidad de rescatar de la cautividad a los hermanos en la fe.

La Orden de la Santísima Trinidad y de la redención de cautivos, recién nacida, era la primera institución oficial en la Iglesia dedicada plena y específicamente al servicio de redención. Y era, también, la primera institución oficial que afrontaba este servicio de ese modo: con las manos desarmadas, sin otra armadura que la misericordia, sin otra intención que la de devolver la es­peranza a los hermanos en la fe bajo el yugo de la cautividad.

Tan sólo tres meses después de la aprobación de la Orden, en la primavera de 1199, Juan de Mata organiza y encabeza la pri­mera expedición redentora, y el Papa le presenta al dirigente musulmán, sultán y rey de Marruecos, en una carta que, como la bula de aprobación de la orden, define con absoluta nitidez los rasgos evangélicos de su empresa: se trata -escribe el Papa- de un «servicio de misericordia», del servicio que encomendó a sus seguidores el Señor Jesús. Para este exclusivo servicio, el hermano Juan y sus compañeros, movidos tan sólo por el mandato evangélico, han fundado «una orden», una nueva comunidad en la Iglesia, y como tales se presentan ante vosotros: con las manos limpias y desarmadas, sin otro móvil en su acción que devolver a la libertad a sus hermanos en la fe.

 

Para devolver la libertad a los más débiles

La empresa era también nueva, por cierto, para «los enemigos de la fe», para los musulmanes. No estaban, por desgracia, habituados a encontrarse con cristianos de este estilo, pacíficos y limpios en su intención. La propuesta de estos cristianos, avalada por la palabra del Pontífice, debió por eso resultarles del todo sorprendente, además de convincente y ventajosa.

Cautivos había, como bien sabemos, en ambas partes. Más, sin duda, en las prisiones musulmanas que en las cristia­nas, puesto que más numerosas y mayo­res fueron las derrotas de los cristianos. Pero víctimas hubo en ambos lados, y en ambos lados fueron sometidas, más o menos, a los mismos sufrimientos: a las cadenas, a la explotación, a la esclavitud, a la presión religiosa e ideológica, a la tortura... Los nobles y poderosos entre ellas lograban con relativa facilidad su propia autoliberación. Los que quedaban en la cautividad eran los de siempre: los pobres e indefensos, aquellos que no tenían otra cosa que perder que sus cadenas, la fuerza de sus brazos y la fe de su corazón. Se entiende demasiado bien que muchos de ellos, de una y otra parte, se pasaran a «la otra fe» para verse liberados de las cadenas. Era lo que más preocupaba a la Iglesia oficial: la apostasía de sus fieles. No sólo porque perdían la fe, sino también porque se perdían efectivos para los ejércitos cristianos empeñados en la liberación de los Santos Lugares.

En Juan de Mata hallamos, también, la preocupación por la fe de sus hermanos cautivos. Perder la fe era perder prácticamente todo: la propia identidad, el sostén de la existencia, el propio hogar cálido y con sentido. A Juan de Mata le preocupan los hermanos en la fe cautivos, que son los hermanos en la fe más débiles, los más pequeños, los pobres e indefensos, aquellos que no pueden autorrescatarse, que están condenados, sin esperanza, a las cadenas de la cautividad, a perder su dignidad y su fe. Rescatar, devolver a la libertad a estos hermanos más débiles e indefensos: ésa es su obra, ésa la misión que propone a sus hermanos en la Santa Trinidad.

 

        Testigos del Dios diferente

Si esa obra era nueva, no menos nueva -y positivamente provocadora- era la identidad con que se presentaban estos redentores: «hermanos de la Santa Trinidad», «redentores trinitarios».

Juan de Mata fundamenta su espiritualidad en la Trinidad, pero no en un misterio abstracto, sino en un Dios vivo y salvador, un Dios apasionado por la vida de los hombres. Y esa espiritualidad es la que inspira la identidad de su obra.

En aquel entonces, poner bajo el nombre de la Santa Trinidad la obra de la redención de los cautivos cristianos era un signo verdaderamente profético de cara a los musulmanes, “creyentes en la Unidad”. Estos, efectivamente, consideraban a los cristianos como herejes, enemigos de su fe, porque eran justamente “creyentes en la Trinidad”, es decir, “trinitarios”. Y su experiencia con ellos había sido, en la mayoría de los casos, una experiencia de violencia y poder. Los así llamados “trinitarios” eran para los musulmanes enemigos de la fe y violentos, gentes de temer. En semejante atmósfera, poner la obra del rescate de cautivos bajo el nombre de la Santa Trinidad era romper con esa experiencia de violencia y poder e introducir una nueva experiencia de liberación, de misericordia y de paz. Era mostrar un nuevo rostro del Dios cristiano. Era ligar la Santa Trinidad al amor y a la misericordia, al servicio y a la paz. Era demostrar que el Dios cristiano era diferente de la imagen que de El se habían hecho por la praxis de sus creyentes.

Pero los redentores no llevaban sólo en nombre de la Trinidad; llevaban también una cruz en el pecho, una cruz roja y azul resaltando sobre el blanco de su hábito. Era otro signo aparentemente provocativo. De hecho, la cruz de los cruzados era para ellos un signos inquietante de violencia. No así, en cambio, la cruz de los «redentores trinitarios». Esta era una cruz también diferente: una cruz desarmada e impotente, una cruz pacífica y conciliadora. El signo de la violencia se convertía en el pecho de los hermanos de la Santa Trinidad en un signo de liberación y de paz.

Juan de Mata no dejó ningún tratado, ningún escrito sobre la Trinidad, pero su obra y su herencia fueron un testimonio vivo y convincente de la verdad del Dios cristiano. Pasión por Dios, pasión por las víctimas, es el resumen del proyecto de Juan de Mata. Los «hermanos y hermanas de la Santa Trinidad» no fueron brillantes predicadores de las delicias del misterio trinitario, pero sí testigos vivientes del Dios cristiano: testigos de ese Dios cristiano que no es un Dios de violencia y poder, sino un Dios de vida y de misericordia, un Dios de libertad y de salva­ción para los hombres.

 

         Para nosotros, religiosos, religiosas y laicos de la Familia Trinitaria, por poco que estemos al tanto de la actualidad en el mundo, nuestra misión es de plena actualidad, y éste es hoy, precisamente, nuestro reto: ser testigos del Dios de la vida, del Dios de la misericordia, del Dios de la libertad y del Dios de la paz. Ser, como Juan de Mata, testigos con las obras, y no sólo con las palabras.