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Sobre las causas de la muerte de Jesús se
ha escrito mucho y bien, especialmente desde la teología latinoamericana de
la liberación (Ignacio Ellacuría, Jon Sobrino, Juan Luis Segundo, Leonardo
Boff). También teólogos europeos como Moltmann, Duquoc, González Faus, J. Mª
Castillo, Julio Lois y otros han publicado sobre el tema. Sin olvidar a su
vez a los teólogos africanos, especialmente a Albert Nolan.
Desde el ámbito de la exégesis, creo que el estudio más serio que se conoce
es el de Raymond E. Brown.
Pero, si tuviera que hablar desde mi propia experiencia, ¿qué puedo decir
sobre esta cuestión tan central en la vida de Jesús? Soy consciente que
sobre este tema tengo que expresarme más desde lo que he leído, no así desde
lo que he vivido. Todavía no he experimentado en mi piel lo que es la
persecución a causa del compromiso por la justicia, que hunde sus raíces en
una verdadera experiencia en el Dios de Jesucristo. A quien sigue a Jesús
con todas sus consecuencias, eso le va a acarrear persecuciones e incluso la
muerte. Todos sabemos que Jesús acabó en la cruz por la forma y el estilo de
vida que vivió. Para aquellos que dejan a Dios ser Dios y viven para Él, el
destino será como el de Jesús (cfr Mt 10, 16-25).
Sin el significado profundo
que tiene la libertad en la vida de Jesús no se entiende el
por qué de su muerte.
La libertad exige vivir en la transparencia de vida, la coherencia entre lo
que se cree y se practica; no vivir a merced de intereses de poder o de la
buena fama. La libertad de Jesús consistió en ser fiel a la misión que le
había encomendado el Padre, y todo ello iba en beneficio de la dignidad de
aquellos que se sentía discriminados por las estructuras opresoras que
engendra una religión que sustituye la gracia por la Ley. Jesús no tuvo
miedo a enfrentarse con el templo, lugar en donde se manejaban el poder y el
dinero.
Por eso, cuando se insiste
tanto en la búsqueda de la verdad como tarea prioritaria de la universidad
y de nuestra sociedad postmoderna, creo que el cristianismo debe
puntualizar que la verdad nos hace libres. La verdad que lleva al
escándalo de la cruz, que para muchos es necedad, y exige desenmascarar la
mentira. Pablo habla de cómo hay hombres que encubren la verdad con la
injusticia (cfr. Rm 1, 18). Tristemente, en muchos libros de ciencia, de
literatura, de filosofía, poesía, teología etc… se oye poco el grito de las
víctimas.
1. La Encarnación: todo tiene su
origen en donde y cómo nos ubicamos en este mundo.
Jesús nace en un pesebre, en un lugar
poco relevante a los ojos de este mundo. Este hecho histórico resulta
paradójico pues estamos acostumbrados a que la gente importante nazca en los
palacios. La Encarnación de Dios en Jesús es una Encarnación con olor a
establo (Gustavo Gutiérrez). ¿Por qué el Dios de Jesús se empeña en situarse
en ese lugar? Es más, o lo encontramos en los que están abajo, en lo
pequeño, marginado, etc... o será muy difícil encontrar a Dios. En esta
línea el mártir Dietrich Bonhöffer decía: “hemos aprendido a ver los grandes
acontecimientos de la historia del mundo desde abajo, desde la perspectiva
de los marginados, los sospechosos, los maltratados, los sin poder, los
oprimidos, los insultados, en suma, desde la perspectiva de los que sufren”.
Por otro lado, el programa de vida de
Jesús se centró en vivir para los demás y en enfrentarse a aquellos que con
su forma de actuar estaban ocasionando mucho sufrimiento. Este modo de obrar
molestó a los que ostentaban el poder religioso y político. Jesús mostró ser
muy libre frente a las leyes, frente a la forma de entender la familia y
ante la forma de vivir la religión, simplemente porque le interesaba la
dignidad y el valor de las personas, especialmente el de aquellos que otros
consideraban como pecadores. Para los fariseos, sumos sacerdotes, doctores
de la ley… , los pobres, leprosos, publicanos, pecadores, prostitutas…, eran
los pecadores de aquella sociedad. El teólogo Albert Nolan sostiene con
acierto que Jesús dio la vuelta al concepto de pecado, invirtiendo todo el
significado y el contenido concreto de dicho concepto. El pecado no era lo
que los escribas y los fariseos creían. Jesús afirmó que los líderes
religiosos de su tiempo estaban equivocados acerca de lo que degradaba y
ofendía a Dios. Jesús chocó con el sistema judío de la época, y cuestionó
dicho sistema de “pureza” o de “santidad”, que consistía en una
interpretación y una aplicación errónea de la ley de Dios. “Quienes caían
fuera de los límites de la pureza y la santidad eran pecadores, lo supieran
o no, tanto si lo eran de nacimiento como si no lo eran. Así, entre los
pecadores se incluían a los paganos, leprosos, prostitutas, recaudadores de
impuestos, y todas las clases inferiores, que impuros e ignoraban la ley.
Como Dios era santo y nunca tendría nada que ver con nadie o nada que no
fuera puro, limpio y santo. Jesús rechazó totalmente el sistema. Esto se
puede ver en algunos textos de los evangelios (cfr. Lc 24-26; Mt 23, 13-32).
A los responsables de ese sistema les considera como los auténticos
pecadores (cfr Mt 12, 34) y les acusa de dos grandes pecados: el culto
idolátrico (Mt 6, 24) y la hipocresía (Mt 6, 1-18).
Por eso, para Jesús, los oficialmente
catalogados como pecadores eran sus amigos: los pobres, los enfermos, los
impuros (cfr Jn 7, 49), los publicanos y los pecadores (cfr. Mt 11, 19; Mt
5, 49)”.
Mons. Romero decía que “se mata a
quien estorba”. Y Jesús porque estorbó a los que practicaban una
religión opresora, de ahí que no muriese de viejo y en la cama sino en la
cruz, como un maldito. “Maldito aquel que es colgado de un madero”.
A Jesús le mataron por la vida que llevó y por la misión que cumplió.
Al ubicarse desde abajo, desde lo
despreciado y no desde el poder, Jesús acabó así. Dime con quien estás y
como te ubicas en este mundo y te diré como terminarás.
Jesús no buscó la persecución sino que se
encontró con ella. Gustavo Gutiérrez afirma que el martirio no se
busca sino que se encuentra por nuestro estilo y coherencia de
vida. El que sigue a Jesús no puede acabar bien. Y escribe Ellacuría: “Si
desde el punto de vista teológico-histórico puede decirse que Jesús murió
por nuestros pecados y para la salvación de los hombres, desde un punto de
vista histórico-teológico ha de sostenerse, que lo mataron por la vida que
llevó. La historia de la salvación no es ajena nunca a la salvación de la
historia. No fue ocasional que la vida de Jesús fuera como fue; no fue
tampoco ocasional que esa vida le llevara a la muerte que tuvo.
La lucha por el Reino suponía
necesariamente una lucha a favor del hombre injustamente oprimido; esta
lucha le llevó al enfrentamiento con los responsables de esa opresión. Por
eso murió y en esa muerte los venció”.
A modo de conclusión de este primer
apartado resalto lo siguiente:
a)
Jesús no muere por confusión de sus enemigos. Ni
los judíos, ni los romanos se confundieron, pues la acción de Jesús,
pretendiendo ser primariamente un anuncio del Reino de Dios, era
necesariamente una amenaza contra el orden social establecido, en cuanto
estaba estructurado sobre fundamentos opuestos a los de Reino de Dios.
b)
Esta conexión se funda en una necesidad histórica.
Jesús no predica un Reino de Dios abstracto o puramente transterreno sino un
Reino concreto, que es la contradicción de un mundo estructurado por el
poder del pecado; un poder que va más allá del corazón del hombre y se
convierte en pecado histórico y estructural. En estas condiciones históricas
la contradicción es inevitable y la muerte de Jesús se constituye en
necesidad histórica.
c)
La comunidad post-pascual, aun tras la experiencia
creyente de la resurrección y la fe en la divinidad de Jesús, consideró
imprescindible no dejar anulado el Jesús histórico sino que le dio máxima
importancia para mostrar cómo la experiencia creyente está ligada
necesariamente al proseguimiento de lo que fue la vida de Jesús, muerto y
crucificado por lo que representaba como oposición al mundo de su tiempo.
d)
Sólo en el proseguimiento esperanzado de esa vida
de Jesús, se hace posible una fe verdadera que testifique la fuerza de la
resurrección. Porque Jesús ha resucitado como Señor, ha quedado confirmada
la validez salvífica de su vida; pero al mismo tiempo, por la relación de su
vida con su resurrección ha quedado mostrado cuál es el camino histórico de
la fe y de la resurrección.
e)
La conmemoración de la muerte de Jesús hasta que
vuelva no se realiza adecuadamente en una celebración cultual y ahistórica
ni en una vivencia interior de la fe, sino que ha de ser también la
celebración creyente de una vida que sigue los pasos del que fue muerto
violentamente por quienes no aceptaban los caminos de Dios, tal como habían
sido revelados en Jesús.
f)
La separación en la comprensión de la Iglesia y de
los cristianos del por qué muere Jesús y del por qué le matan, no está
justificada. Es una disyunción que reduce la fe a una pura evasión o reduce
la acción a una pura praxis histórica. La praxis verdadera, la plena
historicidad, está en la unidad de ambos aspectos, aunque esa unidad se
presente a veces oscuramente, como se hizo presente en la vida de Jesús.
g)
No puede olvidarse que, si la vida de Jesús
hubiera terminado definitivamente en la cruz, nosotros estaríamos en la
misma oscuridad que su muerte causó entre sus discípulos. El que su vida no
terminó en la cruz muestra retroactivamente la plenitud que esa vida
encerraba, y da la base firme para que la comunidad creyente actualizara las
posibilidades que esa vida tuvo. Jesús fue y se proclamó el verdadero templo
de Dios, el lugar definitivo de la presencia de Dios entre los hombres y del
acceso de los hombres a Dios. Por eso murió y por eso nos dio la vida nueva.
h)
Y añadiría: “Jesús muere porque los seres humanos
morimos, y muere porque, tristemente, matamos”. Solidaridad con la finitud
humana, con la experiencia más básica y universal (la muerte, el dolor…) y
apuesta decidida por las víctimas, por los injusticiados y asesinados frente
a los verdugos”
2. Cuando hemos elegido el poder y
no la cruz.
Pero en la práctica ignoramos las causas
históricas de la muerte de Jesús y nos centramos exclusivamente en el
sentido teológico de su muerte: confesamos que muere por nuestros pecados,
para nuestra salvación. Pero no se puede redimir, cambiar la historia, si
uno no se mete dentro de ella. El mal, el dolor, las injusticias, la
violencia, el eliminar a los otros, no se erradican si no cargamos con estas
dolorosas realidades. Porque se necesita saber por qué está así la historia
para poder erradicar sus males. Y no basta conocer la realidad (“atrévete a
saber” demandaba Kant), sino que es necesario también de cargar con esa
dolorosa realidad y encargarse de ella (Ellacuría).
Pero a veces, el Jesús implicado en la
realidad injusta no ha interesado suficientemente a la Iglesia, ni a la
mayoría de los cristianos. Un Dios débil, abajado entre los que se
encuentran humillados en este nuestro mundo, no nos interesa, porque siempre
nos resulta más fácil y seductor subir al carro del poder. Benedicto XVI en
su libro Jesús de Nazaret sostiene que “En el curso de los siglos,
bajo distintas formas, ha existido esta tentación de asegurar la fe a través
del poder, y la fe ha corrido siempre el riesgo de ser sofocada precisamente
por el abrazo del poder. La lucha por la libertad de la Iglesia, la lucha
para que el reino de Jesús no pueda ser identificado con ninguna estructura
política, hay que librarla en todos los siglos. En efecto, la fusión entre
fe y poder político siempre tiene un precio: la fe se pone al servicio del
poder y debe doblegarse a sus criterios”.
Una Iglesia que no es perseguida tiene
que cuestionarse con quien está, y si de verdad ha tomado en serio al Jesús
histórico. Será una institución burocrática más, pero no es la Iglesia que
Jesús quería.
3. Una religiosidad popular
alienante
La religiosidad y la fe de
los sencillos son algo que la teología y la praxis pastoral no debe
despreciar. Benedicto XVI ha escrito al respecto: “No son los intelectuales
los que dan la medida a los sencillos, sino los sencillos los que mueven a
los intelectuales. No son las explicaciones eruditas las que dan la medida a
la profesión de fe bautismal Al contrario, en su ingenua literalidad, la
profesión de fe bautismal es la medida de toda la teología. Al
magisterio se le confía la tarea de defender la fe de los sencillos contra
el poder de los intelectuales. Tiene el deber de volverse la voz de los
sencillos, allí donde la teología deja de explicar la profesión de fe para
apoderarse de ella. Proteger la fe de los sencillos, es decir, de los que no
escriben libros, ni hablan en la televisión, ni escriben editoriales en los
periódicos: ésa es la tarea democrática del magisterio de la Iglesia”.
Y añade: “La palabra de la Iglesia no ha sido nunca amable y encantadora,
como nos la presenta un falso romanticismo sobre Jesús. Por el contrario, ha
sido áspera y cortante como el verdadero amor, que no se deja separar de la
verdad y que le costó la cruz”.
Por lo tanto, la opción por Jesús, su
seguimiento, tiene consecuencias. El hombre rico quiere saber lo que tiene
que hacer para ganar la vida eterna. Por el diálogo que mantiene con Jesús
sabemos que cumplía desde niño los mandamientos. Sin embargo, Jesús le pide
que no esté apegado a los bienes, que lo venda todo, y que le siga (cfr Mc
10, 17-22; Mt 19, 16-22). No podemos “abaratar la gracia”, pues “la gracia
barata es el enemigo mortal de la Iglesia” (D. Bonhöffer).
Una fe infantil y desencarnada,
consistente sólo en devociones de santos, de peregrinaciones a los
santuarios marianos o procesiones por las calles, no evita que la religión
se convierta en “opio para el pueblo”. No quiero decir que estas prácticas
sean siempre alienantes, sino que hay que orientarlas desde la
espiritualidad del seguimiento de Jesús.
Una de las aportaciones más
serías de la Teología de la liberación ha sido recuperar el sentido de la
comunidad y el protagonismo de los que están abajo; es decir, el intento de
que tomen en serio el papel que tienen en la historia. El que, de ser
sujetos pasivos que dependen de lo que algunos quieren de ellos, lleguen a
ser sujetos que toman las riendas de su propio destino.
El mostrar por qué muere
Jesús y quien mata a Jesús debería ser nuestro programa social y
pastoral. Los filósofos rusos del siglo XIX hablaban de la Trinidad como
nuestro programa social. Pero la Trinidad ha de ser interpretada desde la
Cruz. En la cruz se revela cómo es Dios y con Él están presentes todos los
crucificados de la historia. Por eso, Ellacuría no sólo escribió sobre el
Dios crucificado sino también sobre los pueblos crucificados. “Vosotros sois
la imagen del Divino Traspasado”. Con estas palabras se dirigió Mons. Romero
a tanta gente pobre que se había librado de una matanza en un barrio de El
Salvador.
Muchas veces me he preguntado
por qué continentes de mayoría cristiana son a la vez tan pobres. ¿No será
porque hemos fomentado una religión de la resignación y de la paciencia? No
olvidemos que Job no fue el que tuvo mucha paciencia sino que fue un justo
rebelde. Una fe adulta nos tiene que impulsar a no callar ante tantas
estructuras injustas. No podemos fomentar una praxis de la resignación.
4. Reflexión de un
cristiano prudente ante un crucifijo 2008 años después
Jesús:
Ya ves, en el fondo hemos aprendido bien
tu lección y te perdonamos también nosotros. Y hasta te perdonamos con tu
misma generosidad excusante: no sabías lo que te hacías, ¿verdad?
Ahora comprenderás que si
hubieses tenido quince años más todo habría terminado bien. Habría sido más
fácil llegar a un acuerdo. Y luego, hasta puede que Pilato te hubiera
concedido una audiencia y hubiese designado un centurión para que te
guardara las espaldas. Y, créenos, todo eso habría repercutido en mayor bien
de tu pueblo.
Pero, en fin, ya pasó todo y
será mejor no volver a hablar de ello. Sólo te reprochamos una cosa: que no
hicieras caso a los ancianos (Mt 15, 2; 26, 47.57; 27, 1). Ellos sabían
mejor que tú que la madurez no consiste en decir no ante las
cosas, sino en justificarlas. Ellos ya sintieron tener que promover tu
condena. Pero….ahora que ya han pasado aquellas horas negras y el tiempo ha
podido suavizar muchas asperezas, reconoce que tu actitud facilitaba bien
poco las cosas.
Si hubieses sido más
prudente, como te aconsejaban tus familiares (Mc 3, 21; Jn 7, 3-5) –ahora
comprendes que te querían bien, ¿no?-, habría podido evitarse el desenlace,
y habrías tenido más tiempo y más oportunidades para seguir predicando al
pueblo aquellas cosas tan bonitas que predicabas (porque nosotros también
sabemos apreciarlas, ¿ves?). Habrías podido hacer más bien. Compréndelo: en
la vida siempre es necesario un poco de flexibilidad. Hay que pactar, hay
que renunciar a lo ideal para salvar lo posible.
Tú, por el contrario…¡en buen
lío nos metiste! ¿No ves que algunos –incluso no cristianos- se aprovechan
de tu imprudencia para hacer panegíricos tuyos y decir que en ti “el
amor debió ser militante, subversivo”, que por eso te crucificaron, que
“pusiste de manifiesto lo absurdo de todas las sabidurías al demostrar
precisamente lo contrario del destino inexorable: la libertad, la creación,
la vida? ¡Por favor! Comprende que todo eso nos coloca en una situación bien
poco airosa, y que luego nosotros nos las deseamos para ver de paliar los
efectos de tu idealismo inexperto.
Pero, en fin, ya te he dicho
que no tratamos de reprocharte nada. De veras tendrías que creer que nuestra
disposición para un diálogo es inmejorable y que estamos seguros de que será
posible llegar a un acuerdo. Sólo deberías tener en cuenta que tenemos
muchos más años y más experiencia que tú.
Sé razonable. Estamos seguros
de que – ahora que los años te habrán hecho reflexionar y nos darás la
razón- siempre será posible un arreglo. Y sin duda que interpretaremos
correctamente lo que tú harías hoy –que ya no eres tan joven- si nos
limitamos a hacer de tu cruz un adorno para nuestros dormitorios.
Déjanos hacer. Ya verás cómo
es para bien de todos”.
Conclusión
En los últimos años
ha habido cierto regreso hacia una visión espiritualista de la muerte de
Jesús. Seguro que todos los que estamos aquí hemos visto la película “La
Pasión” de Gibson. Esa visión tan victimaria y de un Jesús
ensangrentado que muere por nuestros pecados y por lo malos que somos. No
creo que sea esa la interpretación que se extrae de los evangelios. En esta
película no se destacan las causas históricas que le llevaron a la muerte.
Hay una total desconexión entre la vida (la praxis: su hacer y decir) y la
muerte de Jesús. Obvia lo esencial: la muerte de Jesús es consecuencia
directa de su forma de vivir. Es más difícil aceptar que, para redimir el
pecado, tú te metiste hasta cargar con la realidad opresora, que es contra
lo que no queremos encargarnos los humanos. Nos cuesta mucho sustituir la
fuerza del “poder” por la elocuencia de la “autoridad moral”, la que se
“impone” sola, la que testimonia con sus obras más que con sus palabras, la
que sirve no retóricamente, sino con manos manchadas de la pobreza
compartida y sin embargo mantiene la limpieza del corazón con la religión,
nos cuesta luchar contra las estructuras que tanto daño hacen a la gente
que vive con dos dólares al día, mientras que en algunos países de Europa,
incluido el nuestro, se pagan verdaderas millonadas a jugadores de fútbol, a
los tenistas, a corredores de fórmula uno… Sin olvidar lo que nos gastamos
en armamentos, etc… Nos cuesta impedir que el templo siga siendo una cueva
de ladrones en vez de facilitar que sea casa donde se ora en espíritu y
verdad. No queremos que el verdadero templo seas Tú. Se nos hace difícil
denunciar al nuevo Herodes, al que tú llamaste “zorro” o, mejor dicho, un
don nadie. Afirmaste bien claro que seguirías trabajando día y noche porque
para eso te había enviado al Padre, para ser testimonio de la luz.
Es verdad que Jesús muere por
nuestros pecados y para nuestra salvación; que murió, como se ha dicho, en
solidaridad con todos los que han muerto y con los que también moriremos;
que murió en solidaridad con todos los que sufren la violencia y la
injusticia. Esa solidaridad de Jesús fue resaltada por la mejor teología de
san Pablo. Pero no demos un salto demasiado rápido hacia la interpretación
teológica sin tomar en serio las causas históricas de la muerte de Aquel
que la Iglesia confiesa como Salvador del mundo.
El
Resucitado es el Crucificado pues para llegar a comprender el misterio de la
Resurrección hay que pasar primero por el evento de la Cruz. En esto estriba
la identidad del cristianismo también hoy: no hay resurrección sin cruz.
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