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Dos
matrimonios y siete hijos. Después, en 1965, Mary Clarke viste los hábitos,
se convierte en Madre Antonia y decide vivir dentro de la cárcel de La Mesa,
en la frontera entre Méjico y California, dedicándose a estos sus nuevos
“hijos”. Entre los agradecimientos, obviamente se encuentran los dedicados a
ella, la protagonista del libro, Madre Antonia, por todo lo que les ha dado.
“Sin palabras para describirlo”, aseguran. Y sin embargo, han encontrado las
palabras para contar esta historia Mary Jordan y Kevin Sullivan, dos
periodistas del Washington Post, ganadores del premio Pulitzer, autores de
“La Madre . Da Beverly
Hills alle carceri messicane“.
El libro
cuenta la historia de una religiosa que vive en Tijuana, Méjico, Madre
Antonia, en el mundo Mary Clarke, nacida en Los Angeles el 1 de diciembre de
1926, hija de irlandeses, casada dos veces y divorciada, con hijos; una
mujer que ha seguido un sueño cuando ya estaba entrada en años, conduciendo
una vida de potente bondad, como la definen los autores: “Una historia que
era necesario contar”, y que se ha convertido en un verdadero muestrario de
actos caritativos, valientes, espléndidos.
Desde la
primera página de un periódico
Todo
comenzó en 2002, a partir de un artículo publicado en la primera página de
un periódico. Los autores describían a esta mujer menuda y vivaracha, de
preciosos ojos azules (“parecían iluminados desde dentro”), vestida de
blanco y negro, conocida sólo por su fama, a través del testimonio de una
detenida y después encontrada en persona. “Ella nos contó su vida, cómo
había sido educada como una niña bien, en Beverly Hills, teniendo como
vecinos a personajes tales como Spencer Tracy. Nos habló de sus treinta años
vividos como madre de familia en un barrio de Los Ángeles, cuidando de sus
hijos”.
A los
cincuenta años cambia Los Angeles por la cárcel de La Mesa. Prisión en la
que vive desde hace ya mucho tiempo, en iguales condiciones que esos pobres
diablos encerrados, a menudo, sólo por haber robado algo para comer: una
celda igual que las demás, agua fría, incomodidades; cárcel en la que “la
Madre” pasa el tiempo cuidando a los pobres, a los desesperados, a los
enfermos, ocupándose de personas a las que ya nadie quiere, ni siquiera sus
familiares, y que ella se esmera de lavar, de cuidar, incluso de enterrarlos
cuando mueren, como un acto de piedad. El artículo del Washington Post hace
que lluevan cartas, mensajes, convenciendo hasta a una viuda de Luisiana a
irse con la religiosa a Tijuana, para unirse a ella en su misión.
Jordan y
Sullivan se convencen todavía más de que ésta es una historia
extraordinaria, que hay que contar mejor, que Madre Antonia es una “persona
rara” que no deja indiferente a nadie que la conozca. Recogen testimonios
como buenos periodistas, entre amigos, obispos, detenidos, vigilantes,
policías. Y, evidentemente, entrevistan a “la Madre”: tres años de trabajo
con centenares de horas de entrevistas. El resultado es siempre el mismo: se
trata de la persona más feliz que hayan conocido (“está llena de achaques y
de enfermedades, ha tocado la muerte un par de veces, y está siempre llena
de alegría. Uno no se puede imaginar que esta mujer pueda tener un día malo.
Si se le cayera encima un muro, diría: “¡Qué cosa más bonita! Ahora podemos
costruir uno nuevo”). Una mujer que trabaja desde siempre por los demás de
forma absoluta, casi sin criterios. Que cualquier cosa que le regales ella
la da a quien pueda tener necesidad. “La primera vez que la ves piensas que
no es real. Que le falta un tornillo, que no es normal. Pero en veinte años
nunca la he visto cambiar. Siempre tiene la misma exhuberancia en su
relación con Dios y con el prójimo. Es la alegría, la felicidad, el amor en
persona. Es una persona normal, es lo que tendríamos que ser, lo que todos
quisiéramos ser”.
No perdonar
es difícil
Y es que
su receta para la felicidad no es para nada irracional: “Perdonar es
difícil, pero más difícil es no perdonar. La sed de venganza es un peso que
aplasta, porque se convierte en una obsesión. El rencor hace envejecer,
intoxica, afea a las personas. Nada puede llevarnos tan abajo que nos impida
perdonar a alguien y destruirlo. Porque esto es lo que hace el “no perdón”.
Es un boomerang que se vuelve contra nosotros”. Siempre llama a los hombres
“mis hijos”, y siempre ha hecho llegar su amor de madre hacia aquellos que
son los más olvidados en Méjico, ha amado siempre a quienes “no se puede
querer”.
Hoy Madre
Antonia tiene 80 años. Por problemas cardíacos y por el frío de la celda,
sus manos y sus pies están lívidos y helados. Sube las escaleras con
dificultad, por las noches duerme con la ayuda de una botella de oxígeno en
su celda. Y se está preparando para el “gran encuentro”. Escriben los
autores que, desde que se siente especialmente cansada, ha tomado la
costumbre de vestir un largo y elegante camisón para acostarse (que ella
llama “su camisón para morir en la cama”), por si acaso muriese mientras
duerme y los guardias, que no la han visto nunca sin el hábito y el velo,
tuvieran que venir a llevarse su cuerpo.
No, no
será necesario un hábito especial para esa “cita”. Le bastará presentarse
tal y como ha vivido. Volverán a la mente las palabras que un preso le
escribió hace ya mucho tiempo: “Has llegado hasta aquí como una espléndida
rosa. Te irás un día, pero tu perfume quedará aquí durante mucho tiempo”.
Artículo de Emilia Patruno
Revista “Famiglia Cristiana” 22-IV-2007
Traducción de Pedro Aliaga
Con permiso de la Dirección de la Revista para trinitarios.net
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