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En estas últimas semanas se han podido
leer comentarios deseando que la Comisión Episcopal para la Doctrina de la
Fe censurase el Libro de José Antonio Pagola, Jesús, aproximación
histórica. Es un sinsentido y una pena. Parece que nos cuesta entender,
y aquí dejo hablar a Pagola, “que es una aproximación histórica a Jesús”.
Que nunca he sentido incompatibilidad entre el esfuerzo de investigación
histórica y mi fe cristiana en Jesús como Hijo de Dios, hecho hombre por
nuestra salvación…”. Y sigue: “creyentes y no creyentes, si deciden
investigar honestamente al Jesús histórico, deben acudir al método
histórico-crítico, no a su fe cristiana”. Como dice el teólogo Josep Maria
Rovira Belloso, “es este deseo de presentar con rigor los elementos
históricos fiables que permiten contemplar los elementos biográficos de
Jesús, quien, por gracia añadida, suele entregar a los que fijan su mirada
en él, el secreto de su misterio más divino”. Nos estamos situando, como se
ve, en dos planos diferentes, no contradictorios sino complementarios. En
estos tiempos de amnesia histórica, el conocimiento del Jesús de Pagola
ayuda bastante más que un sesudo tratado teológico para creer en el
Jesús-Dios de nuestra Iglesia. Lo dice muy bien Juan Manuel de Prada:
“Cuando lees este libro, aprendes a amar a Jesús”. Habría que añadir:
aprendes a amar a los que sufren, a los que pasan hambre, a los
desheredados, a los últimos y a los olvidados.
Recomendaría comenzar la lectura por los anexos de las páginas
finales, los cuales ofrecen un resumen pedagógico de todo el mundo de la
crítica histórica que no se ciñe al análisis de los textos, sino que añade
informaciones arqueológicas, sociológicas, de hallazgo de materiales y
documentos, de fuentes no bíblicas… Creo que principiar la lectura por ese
punto ayuda a situarse muy bien. A eso hay que añadir que se trata de una
obra muy bien escrita: clara siempre y, en bastantes ocasiones, incluso
bella: resultan sugerentes los contenidos y títulos de los capítulos que
nos presentan un Jesús “judío de Galilea y vecino de Nazaret”, cuya
trayectoria fue de “buscador de Dios” y “profeta de su Reino”, que llegó a
ser un “poeta de la compasión”, un “curador de la vida”, un “defensor de los
últimos” y un “amigo de la mujer”; que, por todo eso, acabó siendo “maestro
de la vida” y “creador de “un movimiento renovador”, pero también
“conflictivo y peligroso”. Que en medio de ese contraste se mantuvo
“creyente fiel” hasta acabar “mártir del Reino de Dios”. Tras esta
trayectoria histórica, cierra la obra un capítulo sobre la Resurrección,
sobre los nombres que se le dieron luego y un epílogo sobre la necesidad
actual de volver a Jesús: pero el Jesús que vivió en Palestina durante el
siglo I y no a un Cristo sin rostro ni capacidad provocadora.
Los
límites del método histórico crítico
En estudios recientes sobre Jesús de Nazaret se han
resaltado los límites del método histórico crítico. Aunque, a su vez,
estos estudios reconocen que este método sigue constituyendo una dimensión
del trabajo exegético a la que no se puede renunciar.
Voy a limitarme a resaltar los dos que
considero más relevantes. En primer lugar, el método histórico crítico, por
su propia naturaleza, no da respuesta al creyente que se siente interpelado
por la Biblia ya que deja la palabra en el pasado; o como afirma la
Pontificia Comisión Bíblica en el documento La interpretación de la
Biblia en la Iglesia, el uso de este método “se restringe a la búsqueda
del sentido del texto bíblico en las circunstancias históricas de su
producción, y no se interesa por las otras posibilidades de sentido que se
manifiestan en el curso de las épocas posteriores de la revelación bíblica y
de la historia de la Iglesia” (n. 38s.). Y otro de los límites es que todo
conocimiento del pasado propugnado por estos métodos no puede superar la
categoría de hipótesis. En este sentido, toda reconstrucción del pretendido
verdadero Jesús histórico se mueve siempre en un ámbito hipotético que no es
permitido trascender. Por ello, la exégesis histórico-crítica ha tenido que
corregirse en repetidas ocasiones y no es capaz de ofrecernos informaciones
definitivas.
El método de exégesis canónica
Por eso, otros autores optan
por otro tipo de exégesis que se conoce con el nombre “exégesis teológica” y
que concretamente hace referencia a la “exégesis canónica”. De este método
se destacan dos virtualidades. La primera se caracteriza por contemplar la
palabra humana con una significación que va más allá de la que su autor
quiso concederle; es decir, contiene un “valor añadido intrínseco de la
palabra”, lo cual es verdaderamente sugerente a la hora de comprender la
inspiración de un autor que no habla como sujeto individual sino desde
una comunidad creyente y una tradición viva. La segunda virtualidad de
este acercamiento subraya el triple sujeto al que remite el texto bíblico:
el autor o grupos de autores, el sujeto común del Pueblo de Dios y, en
último término, a Dios mismo.
¿Qué consecuencias tiene este método de análisis para la
cristología?
Resumiendo mucho, diríamos que ayuda a tomar conciencia que a
Jesús de Nazaret no se le entiende sin su relación con Dios. Es decir, se
trata de considerar a Jesús a partir de su comunión con el Padre. Éste es el
verdadero centro de su personalidad. Sin esta comunión no se puede entender
nada y sólo partiendo de ella Él se nos hace presente hoy.
La pregunta cristológica central del Nuevo Testamento seria
precisar cuál es la relación de Jesús con Dios. Se trata de una cristología
que, presentando el rostro del Dios verdadero, nos desvela, al mismo tiempo,
el rostro de Aquel que lo hace presente entre los hombres: Jesús. En efecto,
el verdadero rostro de Dios sólo puede ser reconocido en Jesús de Nazaret.
Igualmente, las profundidades de la conciencia de este judío del siglo I
sólo se pueden intuir si las ponemos en relación al Dios de quién vivió y al
que sirvió a lo largo de su existencia terrena.
Límites del método canónico
Ahora bien, llegados a este punto, debemos preguntarnos
con toda honestidad cuáles son los límites del método canónico. La
Pontificia Comisión Bíblica en el documento que anteriormente hemos citado,
señala que “ningún método científico para el estudio de la Biblia está en
condiciones de corresponder a toda la riqueza de los textos bíblicos”.
Creo que una lectura sólo canónica de los textos corre el
peligro de quitar dinamismo y vida a la figura de Jesús. Aparece así un
Jesús hierático que, contemplado con el único foco de luz que brota del
evento pascual, resulta unidimensionalmente “demasiado divino”. Dicho de
otro modo, si el Jesús histórico fragua su identidad en recíproca
correlación con las Escrituras que delinean el horizonte de sentido de su
propio pueblo, si el Jesús del siglo I se autocomprende a partir de la
Palabra que alimenta y da vida a unos hombres insertos en una tradición
común, entonces Jesús de Nazaret tuvo que conocer una evolución de su propia
conciencia coextensiva con el desarrollo de su historia vital. Por esta
razón, - aquí están los límites de quienes absolutizan el método canónico-
echando mano de la distinción entre pre-pascual y postpascual de los
métodos histórico-críticos, se puede bucear en las profundidades de
conciencia del Nazareno, solidario de nuestra frágil condición humana. En
este sentido, hay dos temas adquiridos por la gran teología de la segunda
mitad del siglo XX fundamentales para ofrecer, como modelo de
identificación de nuestra vida creyente, la humanidad de Jesús: su propia
fe (Hans Urs von Baltasar) y el desarrollo de su autoconciencia (Karl
Rahner). Ambos temas están ausentes en las cristologías que absolutizan el
método canónico
Jesús no fue una foto fija de sí mismo sino que, al igual que
nosotros, fue ensanchando su propia conciencia al hilo del duro oficio de
vivir. En efecto, el ser humano está hecho de una mezcla de deseo y
realidad, de anhelos profundos en continua negociación con la inquietante
dureza de la realidad. Así, toda crisis personal tiene como desencadenante
último un choque dramático entre los propios sueños y el desenvolvimiento
mismo de la existencia, entre nuestros anhelos más íntimos y las decisivas
interrupciones de la vida, entre las experiencias límite y el límite de toda
experiencia….En el caso de Jesús no fue distinto. Como afirma Olegario
González de Cardenal: “La autoconciencia de Jesús es coextensiva a su
propia realidad ontológica, tiene la misma historia que ella y se va
constituyendo por la vida interior, la relación exterior, la apertura al
Padre, el aprendizaje de los hombres, los sobresaltos de la historia y la
esperanza del futuro”.
Pues bien, nada de este proceso interno en la evolución de
conciencia de Jesús queda reflejado en las cristologías que no tienen en
cuenta los límites del método canónico. Un Jesús humanado, con dudas, crisis
de identificación y crisis pastorales es igualmente un Jesús evangélico que
puede ser de gran ayuda a la hora de aquilatar nuestra experiencia creyente
y servir al cristiano de hoy como modelo de identificación.
De ahí que sostengamos que la originalidad del libro de Pagola
estriba en haber tomado en serio la humanidad de Jesús. Porque si
algunos temen el arrianismo, hay que recordarles que la mayor herejía
cristológica a lo largo de la historia del cristianismo ha sido el
Monofisismo: no asumir con todas sus consecuencias la humanidad del Hijo de
Dios. Un Jesucristo demasiado divinizado no resulta conflictivo para los
poderes sociales ni religiosos y, sobre todo, no ayuda a comprender las
razones de la muerte intempestiva y brutal de Jesús de Nazaret.
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