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El
dialogo interreligioso es una cuestión de enorme actualidad que está
favoreciendo interesantes encuentros y no pocos desencuentros. Si bien es
cierto que son admirables muchos de los acercamientos propiciados entre
diferentes confesiones, también lo es que no siempre se tiene la lucidez
requerida y la grandeza de corazón necesaria para mantener en el equilibrio
preciso la convicción personal y la apertura a la novedad, por pequeña que
sea ésta.
La
actualidad del tema se explica, entre otros hechos, por la entidad del
movimiento migratorio, por la libertad religiosa en Europa y América, por la
conciencia de formar parte de una aldea global, por la asociación entre
pobreza y religiosidad, por la presencia de cristianos en Oriente y de
personas de otras confesiones entre nosotros y por la multiplicidad de
relaciones culturales.
La urgencia
que arroja la suma de todas estas constataciones se encuentra en el origen
del libro publicado por Juan Pablo García Maestro, profesor de teología
fundamental y de eclesiología en el Instituto Superior de Pastoral de
Salamanca con sede en Madrid.
El trabajo
está estructurado en nueve capítulos a través de los cuales va estudiando la
relación entre la Biblia y las otras religiones, el hecho mismo del dialogo
religioso desde la perspectiva eclesial, las causas de tantas confesiones y
el futuro del diálogo interreligioso. El tratamiento de estas cuestiones de
carácter general cede el paso, en un momento posterior, al análisis de seis
puntos de indudable actualidad y hasta, en algunos casos, de incuestionable
urgencia: el fenómeno del hinduismo; el desafío del budismo al mundo
occidental; el diálogo entre cristianos y musulmanes después del 11 M; el
lugar de las víctimas en las diferentes religiones; la posibilidad de que el
compromiso por la justicia pueda ser espacio de encuentro común; el debate
sobre la reencarnación y la explosión en algunos lugares de la llamada “New
Age”.
El
tratamiento de todos estos puntos viene precedido de un prólogo, a cargo de
Antonio J. Doménech, y de la correspondiente introducción. No faltan, como
es de esperar, un capítulo de conclusiones y la subsiguiente información
sobre la bibliografía consultada.
Los puntos
más sugerentes de este interesante libro se pueden estructurar en torno a
diez ejes (que en algunos momentos prolongan la aportación ofrecida por el
autor) y en una consideración final:
1.- J. P.
García Maestro constata una evolución en la perspectiva adoptada por la
teología cristiana en su diálogo con otras religiones. Se ha ido del
eclesiocentrismo de la edad media al teocentrismo actual, pasando por el
cristocentrismo. En nuestros días convendría ser más sensibles a lo que el
autor llama el “reinocentrismo” o “soteriocentrismo”, es decir, al
compromiso por un mundo más justo y feliz como lugar de encuentro entre las
diferentes religiones. Para los cristianos, “lo que constituye la base y la
meta del diálogo interreligioso, lo que hace posible el entendimiento entre
las religiones, lo que une a las religiones en un discurso y praxis común,
no es cómo se relacionan con Cristo, ni siquiera cómo responden y conciben a
Dios, sino más bien hasta dónde están promoviendo el bienestar humano, la
felicidad de las personas, la liberación del sufrimiento, la integración de
los pobres y las no-personas en una sociedad que sea más humana y más
habitable” (p. 27). Ésta es la tesis capital que desarrolla argumentadamente
a lo largo de todas las páginas posteriores.
2.- La
primera gran cuestión que aborda es la referida a la salvación. El autor lo
hace en diálogo crítico tanto con algunos de los ateísmos traídos por la
ilustración, como con la teología católica oficial y con otras religiones.
J. P. García
Maestro asume como propias, cuando analiza críticamente el concepto de
salvación propuesto por algunos ilustrados ateos, las indicaciones aportadas
en su día por G. Gutiérrez y establece tres niveles posibles de la misma: la
estructural, la individual y la soteriológica. Indica, seguidamente, que si
bien es cierto que tales niveles de salvación se condicionan mutuamente,
también lo es que no se confunden.
En
continuidad con tales consideraciones se ubica su inquietud por precisar qué
ha entendido y qué comprende la Iglesia católica por salvación. El autor
concluye, después de realizar un detallado recorrido por la historia del
axioma “extra ecclesiam nulla salus” (“fuera de la Iglesia no hay
salvación”), la oportunidad de formular en positivo la verdad propuesta
mediante tal tesis: la centralidad de la Iglesia para la salvación. Y
lo hace uncido al Vaticano II, concretamente a la LG 14 (la Iglesia es
“necesaria para la salvación”), UR 3 (es “auxilio general de salvación”), LG
9 (“instrumento de la redención universal”), LG 48 (“sacramento universal de
salvación”) y LG 1 (“signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la
unidad de todo el género humano”).
Sin embargo,
esta clara y contundente conclusión necesita ser matizada ya que, sostiene
J. P. García Maestro, “no es suficiente para resolver todas las cuestiones”
porque sigue planteado el problema sobre el modo en que se debe entender la
universal necesidad de la Iglesia en relación con el único Mediador que es
Jesucristo “y, análogamente, acerca del modo en que se debe entender aquella
‘promulgación del evangelio’ que crea una obligación moral de abrazarlo
haciéndose miembros de la Iglesia” (p. 63). Late en esta consideración, la
necesidad de no olvidar la tesis, también conciliar, de la acción misteriosa
de Dios en el corazón humano con el fin de incorporarlo al misterio pascual
de Cristo (Cf. GS 22. 2. 12). Lo que está en juego con esta aparente reserva
es la articulación entre la necesidad de la iglesia para la salvación y la
acción de la gracia fuera de los limites jurídico-sacramentales de la
iglesia católica, tanto sincrónicamente (en el caso de otras religiones o de
personas que han erigido el amor como principio fundamental de su
existencia, algo así como una especie de “cristianismo anónimo” o un
“ateísmo cristiano”) y diacrónicamente (el caso de los justos antes de
Jesús, la “Ecclesia ab iusto Abel”, y los que siguen siéndolo sin conocer
explícitamente a Cristo o, incluso, habiéndole conocido).
La necesidad
de articular estas verdades en el equilibrio inestable en que frecuentemente
consiste la “catolicidad” le lleva a explorar el documento del Secretariado
para los no cristianos sobre “Diálogo y anuncio” (1991), deteniéndose en el
nº 29 de dicho texto cuando afirma que “a través de la práctica de lo que
es bueno en sus propias tradiciones religiosas, y siguiendo los dictámenes
de su conciencia, los miembros de otras religiones responden positivamente a
la invitación de Dios y reciben la salvación en Jesucristo, aun cuando no lo
reconozcan como su Salvador (Cf. AG 3.9.11)”.
La
conclusión no se deja esperar: a la luz de este documento, la iglesia
reconoce “la presencia activa del Reino de Dios más allá de los confines de
la iglesia, en el ámbito de otras muchas tradiciones” (p. 72). Hay, por
tanto, fundamento para el diálogo ya que existen puntos suficientes de
contacto, a la vez que contenidos que anunciar y sobre los que dialogar.
Según estas
consideraciones, el anuncio y el diálogo son en nuestros días las dos formas
en que cristaliza la llamada ineludible a la evangelización. Sobran, por
tanto, los exclusivismos de cualquier clase. Y, obviamente, los
eclesiocéntricos. Se precisa una teología de las religiones que, sin
renunciar a la especificidad de la revelación acontecida en Jesús, reconozca
rasgos del Nazareno en otras religiones que no han sido conocidos por
nosotros con anterioridad (p. 76).
3.- La
constatación de una legítima pluralidad de religiones abre la cuestión sobre
la entidad de semejante pluralidad. J. P. García Maestro denuncia la
mercantilización a que están sometidas las religiones en nuestros días para
pasar, en un segundo momento, a entenderlas “como experiencia de humanidad”.
Por eso, se niega a condenarlas o negarlas y propone indagar la comunión de
fondo que vincula a todas ellas, sin que semejante recurso a la
comunión suponga la “victoria de una sobre las demás” (p. 86). La asunción
de esta perspectiva le lleva a sostener la conveniencia de mantener “las
diferencias actuales entre las religiones” porque “tienen un aspecto bueno:
ponen de relieve la riqueza de la revelación de Dios” (p. 89)
4.- El
estudio del hinduismo sirve para reconocer que en su seno caben formas
diversas de experiencia y pensamiento: desde el ascetismo más riguroso hasta
los desbordantes cultos de la vida, pasando por la meditación sin figura,
los sacrificios de animales y no desconociendo la posibilidad de un
panteísmo sin dioses y hasta una multitud de dioses o de demonios
protectores. Es una estructura religiosa manifiestamente inclusiva.
Además, se
trata de una religión sin fundador y sin dogmática, en permanente cambio y
que descansa sobre dos pilares: la certeza de la servidumbre en que está
sumida la condición humana y la posibilidad de la liberación.
Cuando se
comparan el hinduismo y el cristianismo se constata que la oriental no es
una religión fija y normativa, sino una experiencia en la que caben formas
distintas de expresión sagrada. Es particularmente llamativa la ausencia –a
diferencia de lo que sucede en el cristianismo- de un cuerpo doctrinal.
Pero es,
sobre todo, el contraste entre la afirmación hinduista de la compasión y su
justificación de una sociedad divida en castas lo que llama más
poderosamente la atención. Si para el cristianismo es capital amar al
prójimo como a uno mismo, diríase que para el hinduista tal mandamiento
carece de sentido porque el hombre es una ilusión y las ilusiones no pueden
ser amadas. Sólo hay que liberarse de ellas mediante el conocimiento
interior y la práctica de la compasión. Por tanto, es la iluminación la que
libera. Corresponde a las obras preparar el acceso a dicho conocimiento. Tal
convicción explica que todas las técnicas, comenzando por el yoga, tengan
como efecto buscado el conocimiento o la liberación interior que consiste en
hacer sitio a la verdad de las verdades, aquella sobre la que descansa todo:
la identidad radical entre la más profunda intimidad de nuestro ser personal
y el Absoluto divino. Consecuentemente, el alma del hindú y el Alma
universal son la misma realidad. Se da una absorción, sin reconocimiento de
la alteridad personal.
Lo que falta
al hinduismo es, según la cita que el autor hace de F. Varillón, el
conocimiento del Dios Trinidad porque el amor que preside dicho misterio
viene marcado por el reconocimiento de la alteridad. Un dialogo auténtico
con el hinduismo pasa necesariamente por abordar este tema (Cf. p. 104).
5.-
Sorprendentemente, el budismo viene interesando a los occidentales desde los
años sesenta del siglo pasado, básicamente por dos razones.
Una primera,
porque no pocos ilustrados entendieron que era una manifestación religiosa
sin Dios o, lo que es lo mismo, una religión atea que proponía una ética sin
Dios y que se limitaba a ser una filosofía sin referencia trascendental. Por
este motivo, la cultura nihilista europea no ha dejado de mirarlo con
particular interés.
Pero existe
una segunda razón, que, yendo más allá de estas consideraciones, se acerca
al budismo empáticamente, desde sí mismo y descubre su secreto en la
consecución del nirvana, es decir, en la iluminación que permite percatarse
de que este mundo es pasajero y que apegarse a él es lo que provoca el
sufrimiento. Cuando se adopta este punto de partida, se descubre que la
clave de bóveda del budismo consiste en vivir la liberación del sufrimiento
y en ayudar a los demás a descubrir el camino de liberación en el que uno
está inmerso.
Sin embargo,
matiza seguidamente J. P. García Maestro, el budismo es bastante más que
psicoterapia ya que el sufrimiento del que libera es el provocado por el
apego al propio “yo”, y el camino de liberación que propone es el que lleva
al altruismo y a la compasión universal. Un punto particularmente cercano al
cristianismo. No obstante, tal cercanía es evidente que “la diferencia entre
el budismo y el cristianismo estriba en que el budismo todo se explica sin
Dios”, mientras que en el cristianismo “nada se comprende sin Él” (p. 112)
6.- El
atentado terrorista del 11 M ha relanzado con una inusitada urgencia la
relación del cristianismo con el islam. J. P. García Maestro aborda esta
candente cuestión enfatizando varias líneas de consideración.
La primera,
centrada en recordar las columnas de la fe islámica: la oración para unirse
a Dios, la limosna para unirse a los hombres, la peregrinación para unirse a
la comunidad y el ayuno para acordarse, a la vez, de Dios y de quienes
tienen hambre. Obviamente, la enunciación de estos puntos medulares le lleva
a reconocer la centralidad de la misericordia y de la compasión hacia el
débil en islam, algo que comparte con el cristianismo. No tiene nada de
extraño que el autor proponga –siguiendo la pista abierta en su día por R.
Garaudy- la oportunidad de que ambas religiones se unan para combatir la
causa radical de todos los males que acucian a la humanidad: “el monoteísmo
del mercado”, es decir la absolutización y sacralización del dinero y del
beneficio en la ideología neoliberal imperante.
Sin
embargo, esta cercanía y propuesta no impiden abordar lo que separa a ambas
confesiones: la pretensión absoluta de verdad en el islam. Citando a Ibn
Warraq, J. P. García Maestro indica que “tal vez el peor legado de Mahoma
haya sido su insistencia en que el Corán es la palabra literal de Dios, y
por ende incuestionablemente verdadera, ya que de ese modo impidió toda
posibilidad de libertad de pensamiento y de nacimiento de nuevas ideas, sin
los cuales el mundo islámico es absolutamente incapaz de progresar y entrar
en el siglo XXI” (p. 118). Esta pretensión, comprendida de manera absoluta,
da pie al fundamentalismo islamista, algo que sólo puede ser erradicado
mediante una adecuada formación y facilitando la apertura de dicha teología
a los géneros literarios. Afortunadamente, desde hace un tiempo son
constatables pasos en esta dirección entre una buena parte de los islamistas
asentados en Europa y en algunos países del norte de África.
7.- Estando
así las cosas, ¿es posible que cristianismo e islamismo se encuentren en la
realidad del pobre?
Es claro,
recuerda J. P. García Maestro, que los pilares que fundamentan el Islam
afirman la libertad de la persona y la igualdad de todos ante Dios (Cf. p.
133). Por su parte, la tradición sufí subraya la centralidad del pobre, la
capitalidad de la reconciliación y la importancia de tender la mano, a pesar
de que en el mundo hay dos fuerzas: una de división y otra de
reconciliación. La sabiduría islámica ha formulado su interés por la
comunión con particular claridad y sentido pedagógico. “Una vez un rey quiso
ofrecer a un místico musulmán un regalo soberbio. Era un par de tijeras de
oro incrustadas de diamantes y otras piedras preciosas. El sufí agradeció
educadamente al rey, pero le dijo: ‘Vuestro gesto me conmueve. Pero
desgraciadamente no puedo aceptar vuestro regalo. Las tijeras, en efecto,
sirven para cortar, separar, dividir. Y toda mi vida y toda mi enseñanza
están basadas en el acercamiento y la reconciliación, la reunión la
reunificación Ofrecedme, más bien y para mayor alegría, una aguja, una
simple aguja” (p. 135). Desde esta perspectiva es más que clara la
centralidad de la misericordia, de la mano tendida y del pobre en el
islamismo.
Sin embargo,
concluye J. P. García Maestro, son todavía muchos los musulmanes que leen el
Corán (revelación recitada), la Sunna (conjunto de tradiciones que
transmiten las otras palabras y actos de Mahoma) y la saria (la Ley y Vía
islámicas) no con aguja sino con tijeras. Como consecuencia de ello, se hace
sumamente difícil el encuentro entre ambas religiones, incluso desde el
compromiso en favor del pobre.
8.-
Particularmente claro y sugerente es el capítulo que J. P. García Maestro
dedica a la reencarnación en diálogo con la respuesta cristiana de la
resurrección. Su conclusión es contundente: la reencarnación y la
resurrección son doctrinas incompatibles e irreconciliables, simplemente
porque el cristianismo no defiende la vuelta al viejo mundo sino un nuevo
nacimiento, una vida en Dios y con Dios.
Pero su
aportación no se limita a constatar esta radical incompatibilidad. Va un
poco más adelante y, contrastando las modernas adaptaciones de la doctrina
de la reencarnación con las tradicionales doctrinas hinduista y budista,
concluye el secuestro de su carácter terrible por parte, sobre todo, de
europeos y norteamericanos. Para los orientales, apunta acertadamente, la
reencarnación es una posibilidad de la que se quiere huir porque la rueda
del volver a nacer es un castigo, una maldición que provoca horror y miedo.
Sin embargo, dicha doctrina es presentada en las adaptaciones occidentales
como una vía positiva para recuperar una vida fracasada o equivocada y poder
realizar, de esta manera, todas las posibilidades pendientes. Mucho tiene
que ver en dicha adaptación el optimismo ilustrado –tan precipitado como
ingenuo- en el progreso humano. Así entendida, no es de extrañar que una
cuarta parte de los europeos sean partidarios de dicha interpretación.
También este
acomodo sostiene J. P. García Maestro, es radicalmente incompatible con la
esperanza en la vida eterna y con el concepto cristiano de tiempo. Las obras
y el propio esfuerzo son importantes en el cristianismo, pero lo
determinante es, sobre todo, la gracia de Dios.
9.-
Igual de claro y sugerente es el capitulo dedicado a la New Age. Topamos en
esta manifestación con dos puntos de indudable importancia para el diálogo
interreligioso: su sorprendente acogida entre muchos colectivos inquietos
(aceptación vinculada a las insatisfacciones provocadas por las religiones
tradicionales) y su audacia para buscar y proponer una alternativa que sea
plenificante desde el punto de vista personal.
La New Age
sintoniza, en primer lugar, con la sed de Dios que todavía late en el sujeto
contemporáneo. Y lo hace formulando una propuesta de felicidad que pasa por
la eliminación de todas aquellas religiones que –como es el caso de la
cristiana- fomentan una mentalidad patriarcal y favorecen el sometimiento a
un Dios que se creía que traía la salvación pero que en realidad no ha dado
respuesta al problema del sufrimiento.
Siendo esa
la situación, la alternativa es meridianamente clara: ha llegado el momento
de poner la confianza en sí mismo y alcanzar la salvación con la ayuda
exclusiva de las propias fuerzas. Ésta es una tarea en la que es posible
adentrarse valiéndose de todas aquellas religiones orientales (hinduismo,
budismo, jainismo y taoísmo) que han hecho de las fuerzas del ser humano y
de su ascesis la única vía para alcanzar la salvación. La New Age pregona, a
diferencia de las sectas de corte adventista (que prevén un final
catastrófico y unos pocos supervivientes, los afiliados a las sectas), la
era de Acuario, una edad de oro para toda la humanidad, presidida por el
optimismo desbordante, por la positividad, por la facilidad y por la
inmediatez de la transformación. Es una época que va a dejar atrás, por fin,
el tiempo de Piscis, es decir, los años en los que el cristianismo lo ha
sido todo.
La New Age
representa, apunta J. P. García Maestro, un desafío religioso de enorme
calado ya que propone una concepción de Dios, del hombre y del mundo
radicalmente incompatibles con la fe cristiana. Es cierto que detecta la
respuesta insatisfactoria ofrecida por las religiones tradicionales, pero la
alternativa que propone resulta, a la corta o a la larga, profundamente
insatisfactoria, además de equivocada. En el fondo y en la forma, no pasa de
ser una exaltación, tan ingenua como desmedida, de la razón optimista, una
condena de toda revelación y una afirmación de la capacidad autosalvífica
del hombre por sí mismo. En definitiva, es una puesta a punto del
gnosticismo.
El éxito de
esta forma religiosa –apunta autocríticamente J. P. García maestro-
constituye un desafío de indudable importancia para la misma Iglesia
católica ya que está reclamando de ella una espiritualidad más profunda,
capaz de tocar el corazón y apta para orientar en un mundo confuso y a
menudo alienante (p. 149).
10.-
¿Cuál ha sido –se pregunta nuestro autor en las páginas finales del libro-
la recepción del Vaticano II en todo lo referente al diálogo interreligioso?
¿Qué queda de la invitación que hacían los padres conciliares en el decreto
“Nostra Aetate” 2 a “no rechazar” lo que hay de santo y sagrado en las
diferentes religiones y a reconocer que en ellas también destella “aquella
Verdad que ilumina a todos los hombres”? ¿Qué ha pasado con la invitación
conciliar a dialogar
y colaborar
con otras religiones para guardar y promover los bienes espirituales y los
valores socio-culturales que existan en ellas?
J. P. García Maestro indica que es
incuestionable que se han dado pasos muy importantes, pero también lo es que
aún quedan muchos prejuicios por superar y, sobre todo, que existe un enorme
desconocimiento entre las distintas religiones. Subraya, por ello, la
importancia de dar con un método que pase, en primer lugar, por el silencio,
la vida, la contemplación y la praxis para adentrarse posteriormente en el
hablar, en el anunciar y reflexionar teológicamente (Cf. p. 157).
Es así como explica el subtítulo de su
trabajo y su propuesta de pasar del diálogo al encuentro.
11.- La explicitación de estos diez puntos
muestra sobradamente lo sugerente que resulta este libro. Es cierto que se
echa de menos una reflexión más aquilatada sobre la unicidad y absolutez de
Jesús en el diálogo interreligioso, así como los debates que tal pretensión
sigue provocando a propios y extraños, pero es incuestionable que nos
encontramos con un interesante trabajo que esperamos sea el primero de una
larga lista.
(1)
Cf. Juan Pablo García Maestro, "El futuro del diálogo interreligioso. Del
diálogo al encuentro entre las religiones". Acción Cultural Cristiana,
Salamanca, 2005.
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