Diálogo interreligioso y

convicción de fe

 

Jesús Martínez Gordo

Facultad de teología de Vitoria-Gasteiz

 

 

El dialogo interreligioso es una cuestión de enorme actualidad que está favoreciendo interesantes encuentros y no pocos desencuentros. Si bien es cierto que son admirables muchos de los acercamientos propiciados entre diferentes confesiones, también lo es que no siempre se tiene la lucidez requerida y la grandeza de corazón necesaria para mantener en el equilibrio preciso la convicción personal y la apertura a la novedad, por pequeña que sea ésta.

La actualidad del tema se explica, entre otros hechos, por la entidad del movimiento migratorio, por la libertad religiosa en Europa y América, por la conciencia de formar parte de una aldea global, por la asociación entre pobreza y religiosidad, por la presencia de cristianos en Oriente y de personas de otras confesiones entre nosotros y por la multiplicidad de relaciones culturales.

La urgencia que arroja la suma de todas estas constataciones se encuentra en el origen del libro publicado por Juan Pablo García Maestro, profesor de teología fundamental y de eclesiología en el Instituto Superior de Pastoral de Salamanca con sede en Madrid[1].

El trabajo está estructurado en nueve capítulos a través de los cuales va estudiando la relación entre la Biblia y las otras religiones, el hecho mismo del dialogo religioso desde la perspectiva eclesial, las causas de tantas confesiones y el futuro del diálogo interreligioso. El tratamiento de estas cuestiones de carácter general cede el paso, en un momento posterior, al análisis de seis puntos de indudable actualidad y hasta, en algunos casos, de incuestionable urgencia: el fenómeno del hinduismo; el desafío del budismo al mundo occidental; el diálogo entre cristianos y musulmanes después del 11 M; el lugar de las víctimas en las diferentes religiones; la posibilidad de que el compromiso por la justicia pueda ser espacio de encuentro común; el debate sobre la reencarnación y la explosión en algunos lugares de la llamada “New Age”.

El tratamiento de todos estos puntos viene precedido de un prólogo, a cargo de Antonio J. Doménech, y de la correspondiente introducción. No faltan, como es de esperar, un capítulo de conclusiones y la subsiguiente información sobre la bibliografía consultada.

Los puntos más sugerentes de este interesante libro se pueden estructurar en torno a diez ejes (que en algunos momentos prolongan la aportación ofrecida por el autor) y en una consideración final:

1.- J. P. García Maestro constata una evolución en la perspectiva adoptada por la teología cristiana en su diálogo con otras religiones. Se ha ido del eclesiocentrismo de la edad media al teocentrismo actual, pasando por el cristocentrismo. En nuestros días convendría ser más sensibles a lo que el autor llama el “reinocentrismo” o “soteriocentrismo”, es decir, al compromiso por un mundo más justo y feliz como lugar de encuentro entre las diferentes religiones. Para los cristianos, “lo que constituye la base y la meta del diálogo interreligioso, lo que hace posible el entendimiento entre las religiones, lo que une a las religiones en un discurso y praxis común, no es cómo se relacionan con Cristo, ni siquiera cómo responden y conciben a Dios, sino más bien hasta dónde están promoviendo el bienestar humano, la felicidad de las personas, la liberación del sufrimiento, la integración de los pobres y las no-personas en una sociedad que sea más humana y más habitable” (p. 27). Ésta es la tesis capital que desarrolla argumentadamente a lo largo de todas las páginas posteriores.

 2.- La primera gran cuestión que aborda es la referida a la salvación. El autor lo hace en diálogo crítico tanto con algunos de los ateísmos traídos por la ilustración, como con la teología católica oficial y con otras religiones.

J. P. García Maestro asume como propias, cuando analiza críticamente el concepto de salvación propuesto por algunos ilustrados ateos, las indicaciones aportadas en su día por G. Gutiérrez y establece tres niveles posibles de la misma: la estructural, la individual y la soteriológica. Indica, seguidamente, que si bien es cierto que tales niveles de salvación se condicionan mutuamente, también lo es que no se confunden.

En continuidad con tales consideraciones se ubica su inquietud por precisar qué ha entendido y qué comprende la Iglesia católica por salvación. El autor concluye, después de realizar un detallado recorrido por la historia del axioma “extra ecclesiam nulla salus” (“fuera de la Iglesia no hay salvación”), la oportunidad de formular en positivo la verdad propuesta mediante tal tesis: la centralidad de la Iglesia para la salvación. Y lo hace uncido al Vaticano II, concretamente a la LG 14 (la Iglesia es “necesaria para la salvación”), UR 3 (es “auxilio general de salvación”), LG 9 (“instrumento de la redención universal”), LG 48 (“sacramento universal de salvación”) y LG 1 (“signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”).

Sin embargo, esta clara y contundente conclusión necesita ser matizada ya que, sostiene J. P. García Maestro, “no es suficiente para resolver todas las cuestiones” porque sigue planteado el problema sobre el modo en que se debe entender la universal necesidad de la Iglesia en relación con el único Mediador que es Jesucristo “y, análogamente, acerca del modo en que se debe entender aquella ‘promulgación del evangelio’ que crea una obligación moral de abrazarlo haciéndose miembros de la Iglesia” (p. 63). Late en esta consideración, la necesidad de no olvidar la tesis, también conciliar, de la acción misteriosa de Dios en el corazón humano con el fin de incorporarlo al misterio pascual de Cristo (Cf. GS 22. 2. 12). Lo que está en juego con esta aparente reserva es la articulación entre la necesidad de la iglesia para la salvación y la acción de la gracia fuera de los limites jurídico-sacramentales de la iglesia católica, tanto sincrónicamente (en el caso de otras religiones o de personas que han erigido el amor como principio fundamental de su existencia, algo así como una especie de “cristianismo anónimo” o un “ateísmo cristiano”) y diacrónicamente (el caso de los justos antes de Jesús, la “Ecclesia ab iusto Abel”, y los que siguen siéndolo sin conocer explícitamente a Cristo o, incluso, habiéndole conocido).

La necesidad de articular estas verdades en el equilibrio inestable en que frecuentemente consiste la “catolicidad” le lleva a explorar el documento del Secretariado para los no cristianos sobre “Diálogo y anuncio” (1991), deteniéndose en el nº  29 de dicho texto cuando afirma que “a través de la práctica de lo que es bueno en sus propias tradiciones religiosas, y siguiendo los dictámenes de su conciencia, los miembros de otras religiones responden positivamente a la invitación de Dios y reciben la salvación en Jesucristo, aun cuando no lo reconozcan como su Salvador (Cf. AG 3.9.11)”.

La conclusión no se deja esperar: a la luz de este documento, la iglesia reconoce “la presencia activa del Reino de Dios más allá de los confines de la iglesia, en el ámbito de otras muchas tradiciones” (p. 72). Hay, por tanto, fundamento para el diálogo ya que existen puntos suficientes de contacto, a la vez que contenidos que anunciar y sobre los que dialogar.

Según estas consideraciones, el anuncio y el diálogo son en nuestros días las dos formas en que  cristaliza la llamada ineludible a la evangelización. Sobran, por tanto, los exclusivismos de cualquier clase. Y, obviamente, los eclesiocéntricos. Se precisa una teología de las religiones que, sin renunciar a la especificidad de la revelación acontecida en Jesús, reconozca rasgos del Nazareno en otras religiones que no han sido conocidos por nosotros con anterioridad (p. 76).

3.- La constatación de una legítima pluralidad de religiones abre la cuestión sobre la entidad de semejante pluralidad. J. P. García Maestro denuncia la mercantilización a que están sometidas las religiones en nuestros días para pasar, en un segundo momento, a entenderlas “como experiencia de humanidad”. Por eso, se niega a condenarlas o negarlas y propone indagar la comunión de fondo que vincula a todas ellas, sin que semejante recurso a la comunión suponga la “victoria de una sobre las demás” (p. 86). La asunción de esta perspectiva le lleva a sostener la conveniencia de mantener “las diferencias actuales entre las religiones” porque “tienen un aspecto bueno: ponen de relieve la riqueza de la revelación de Dios” (p. 89)

4.- El estudio del hinduismo sirve para reconocer que en su seno caben formas diversas de experiencia y pensamiento: desde el ascetismo más riguroso hasta los desbordantes cultos de la vida, pasando por la meditación sin figura, los sacrificios de animales y no desconociendo la posibilidad de un panteísmo sin dioses y hasta una multitud de dioses o de demonios protectores. Es una estructura religiosa manifiestamente inclusiva.

Además, se trata de una religión sin fundador y sin dogmática, en permanente cambio y que descansa sobre dos pilares: la certeza de la servidumbre en que está sumida la condición humana y la posibilidad de la liberación.

Cuando se comparan el hinduismo y el cristianismo se constata que la oriental no es una religión fija y normativa, sino una experiencia en la que caben formas distintas de expresión sagrada. Es particularmente llamativa la ausencia –a diferencia de lo que sucede en el cristianismo- de un cuerpo doctrinal.

Pero es, sobre todo, el contraste entre la afirmación hinduista de la compasión y su justificación de una sociedad divida en castas lo que llama más poderosamente la atención. Si para el cristianismo es capital amar al prójimo como a uno mismo, diríase que para el hinduista tal mandamiento carece de sentido porque el hombre es una ilusión y las ilusiones no pueden ser amadas. Sólo hay que liberarse de ellas mediante el conocimiento interior y la práctica de la compasión. Por tanto, es la iluminación la que libera. Corresponde a las obras preparar el acceso a dicho conocimiento. Tal convicción explica que todas las técnicas, comenzando por el yoga, tengan como efecto buscado el conocimiento o la liberación interior que consiste en hacer sitio a la verdad de las verdades, aquella sobre la que descansa todo: la identidad radical entre la más profunda intimidad de nuestro ser personal y el Absoluto divino. Consecuentemente, el alma del hindú y el Alma universal son la misma realidad. Se da una absorción, sin reconocimiento de la alteridad personal.

Lo que falta al hinduismo es, según la cita que el autor hace de F. Varillón, el conocimiento del Dios Trinidad porque el amor que preside dicho misterio viene marcado por el reconocimiento de la alteridad. Un dialogo auténtico con el hinduismo pasa necesariamente por abordar este tema (Cf. p. 104).

5.- Sorprendentemente, el budismo viene interesando a los occidentales desde los años sesenta del siglo pasado, básicamente por dos razones.  

Una primera, porque no pocos ilustrados entendieron que era una manifestación religiosa sin Dios o, lo que es lo mismo, una religión atea que proponía una ética sin Dios y que se limitaba a ser una filosofía sin referencia trascendental. Por este motivo, la cultura nihilista europea no ha dejado de mirarlo con particular interés.

Pero existe una segunda razón, que, yendo más allá de estas consideraciones, se acerca al budismo empáticamente, desde sí mismo y descubre su secreto en la consecución del nirvana, es decir, en la iluminación que permite percatarse de que este mundo es pasajero y que apegarse a él es lo que provoca el sufrimiento. Cuando se adopta este punto de partida, se descubre que la clave de bóveda del budismo consiste en vivir la liberación del sufrimiento y en ayudar a los demás a descubrir el camino de liberación en el que uno está inmerso.

Sin embargo, matiza seguidamente J. P. García Maestro, el budismo es bastante más que psicoterapia ya que el sufrimiento del que libera es el provocado por el apego al propio “yo”, y el camino de liberación que propone es el que lleva al altruismo y a la compasión universal. Un punto particularmente cercano al cristianismo. No obstante, tal cercanía es evidente que “la diferencia entre el budismo y el cristianismo estriba en que el budismo todo se explica sin Dios”, mientras que en el cristianismo “nada se comprende sin Él” (p. 112)

6.- El atentado terrorista del 11 M ha relanzado con una inusitada urgencia la relación del cristianismo con el islam. J. P. García Maestro aborda esta candente cuestión enfatizando varias líneas de consideración.

La primera, centrada en recordar las columnas de la fe islámica: la oración para unirse a Dios, la limosna para unirse a los hombres, la peregrinación para unirse a la comunidad y el ayuno para acordarse, a la vez, de Dios y de quienes tienen hambre. Obviamente, la enunciación de estos puntos medulares le lleva a reconocer la centralidad de la misericordia y de la compasión hacia el débil en islam, algo que comparte con el cristianismo. No tiene nada de extraño que el autor proponga –siguiendo la pista abierta en su día por R. Garaudy- la oportunidad de que ambas religiones se unan para combatir la causa radical de todos los males que acucian a la humanidad: “el monoteísmo del mercado”, es decir la absolutización y sacralización del dinero y del beneficio en la ideología neoliberal imperante.

Sin embargo, esta cercanía y propuesta no impiden abordar lo que separa a ambas confesiones: la pretensión absoluta de verdad en el islam. Citando a Ibn Warraq, J. P. García Maestro indica que “tal vez el peor legado de Mahoma haya sido su insistencia en que el Corán es la palabra literal de Dios, y por ende incuestionablemente verdadera, ya que de ese modo impidió toda posibilidad de libertad de pensamiento y de nacimiento de nuevas ideas, sin los cuales el mundo islámico es absolutamente incapaz de progresar y entrar en el siglo XXI” (p. 118). Esta pretensión, comprendida de manera absoluta, da pie al fundamentalismo islamista, algo que sólo puede ser erradicado mediante una adecuada formación y facilitando la apertura de dicha teología a los géneros literarios. Afortunadamente, desde hace un tiempo son constatables pasos en esta dirección entre una buena parte de los islamistas asentados en Europa y en algunos países del norte de África.

7.- Estando así las cosas, ¿es posible que cristianismo e islamismo se encuentren en la realidad del pobre?

Es claro, recuerda J. P. García Maestro, que los pilares que fundamentan el Islam afirman la libertad de la persona y la igualdad de todos ante Dios (Cf. p. 133). Por su parte, la tradición sufí subraya la centralidad del pobre, la capitalidad de la reconciliación y la importancia de tender la mano, a pesar de que en el mundo hay dos fuerzas: una de división y otra de reconciliación. La sabiduría islámica ha formulado su interés por la comunión con particular claridad y sentido pedagógico. “Una vez un rey quiso ofrecer a un místico musulmán un regalo soberbio. Era un par de tijeras de oro incrustadas de diamantes y otras piedras preciosas. El sufí agradeció educadamente al rey, pero le dijo: ‘Vuestro gesto me conmueve. Pero desgraciadamente no puedo aceptar vuestro regalo. Las tijeras, en efecto, sirven para cortar, separar, dividir. Y toda mi vida y toda mi enseñanza están basadas en el acercamiento y la reconciliación, la reunión la reunificación Ofrecedme, más bien y para mayor alegría, una aguja, una simple aguja” (p. 135). Desde esta perspectiva es más que clara la centralidad de la misericordia, de la mano tendida y del pobre en el islamismo.

Sin embargo, concluye J. P. García Maestro, son todavía muchos los musulmanes que leen el Corán (revelación recitada), la Sunna (conjunto de tradiciones que transmiten las otras palabras y actos de Mahoma) y la saria (la Ley y Vía islámicas) no con aguja sino con tijeras. Como consecuencia de ello, se hace sumamente difícil el encuentro entre ambas religiones, incluso desde el compromiso en favor del pobre.

8.- Particularmente claro y sugerente es el capítulo que J. P. García Maestro dedica a la reencarnación en diálogo con la respuesta cristiana de la resurrección. Su conclusión es contundente: la reencarnación y la resurrección son doctrinas incompatibles e irreconciliables, simplemente porque el cristianismo no defiende la vuelta al viejo mundo sino un nuevo nacimiento, una vida en Dios y con Dios.

Pero su aportación no se limita a constatar esta radical incompatibilidad. Va un poco más adelante y, contrastando las modernas adaptaciones de la doctrina de la reencarnación con las tradicionales doctrinas hinduista y budista, concluye el secuestro de su carácter terrible por parte, sobre todo, de europeos y norteamericanos. Para los orientales, apunta acertadamente, la reencarnación es una posibilidad de la que se quiere huir porque la rueda del volver a nacer es un castigo, una maldición que provoca horror y miedo. Sin embargo, dicha doctrina es presentada en las adaptaciones occidentales como una vía positiva para recuperar una vida fracasada o equivocada y poder realizar, de esta manera, todas las posibilidades pendientes. Mucho tiene que ver en dicha adaptación el optimismo ilustrado –tan precipitado como ingenuo- en el progreso humano. Así entendida, no es de extrañar que una cuarta parte de los europeos sean partidarios de  dicha interpretación.

También este acomodo sostiene J. P. García Maestro, es radicalmente incompatible con la esperanza en la vida eterna y con el concepto cristiano de tiempo. Las obras y el propio esfuerzo son importantes en el cristianismo, pero lo determinante es, sobre todo, la gracia de Dios.

9.- Igual de claro y sugerente es el capitulo dedicado a la New Age. Topamos en esta manifestación con dos puntos de indudable importancia para el diálogo interreligioso: su sorprendente acogida entre muchos colectivos inquietos (aceptación vinculada a las insatisfacciones provocadas por las religiones tradicionales) y su audacia para buscar y proponer una alternativa que sea plenificante desde el punto de vista personal.

La New Age sintoniza, en primer lugar, con la sed de Dios que todavía late en el sujeto contemporáneo. Y lo hace formulando una propuesta de felicidad que pasa por la eliminación de todas aquellas religiones que –como es el caso de la cristiana- fomentan una mentalidad patriarcal y favorecen el sometimiento a un Dios que se creía que traía la salvación pero que en realidad no ha dado respuesta al problema del sufrimiento.

Siendo esa la situación, la alternativa es meridianamente clara: ha llegado el momento de poner la confianza en sí mismo y alcanzar la salvación con la ayuda exclusiva de las propias fuerzas. Ésta es una tarea en la que es posible adentrarse valiéndose de todas aquellas religiones orientales (hinduismo, budismo, jainismo y taoísmo) que han hecho de las fuerzas del ser humano y de su ascesis la única vía para alcanzar la salvación. La New Age pregona, a diferencia de las sectas de corte adventista (que prevén un final catastrófico y unos pocos supervivientes, los afiliados a las sectas), la era de Acuario, una edad de oro para toda la humanidad, presidida por el optimismo desbordante, por la positividad, por la facilidad y por la inmediatez de la transformación. Es una época que va a dejar atrás, por fin, el tiempo de Piscis, es decir, los años en los que el cristianismo lo ha sido todo.

La New Age representa, apunta J. P. García Maestro, un desafío religioso de enorme calado ya que propone una concepción de Dios, del hombre y del mundo radicalmente incompatibles con la fe cristiana. Es cierto que detecta la respuesta insatisfactoria ofrecida por las religiones tradicionales, pero la alternativa que propone resulta, a la corta o a la larga, profundamente insatisfactoria, además de equivocada. En el fondo y en la forma, no pasa de ser una exaltación, tan ingenua como desmedida, de la razón optimista, una condena de toda revelación y una afirmación de la capacidad autosalvífica del hombre por sí mismo. En definitiva, es una puesta a punto del gnosticismo.

El éxito de esta forma religiosa –apunta autocríticamente J. P. García maestro- constituye un desafío de indudable importancia para la misma Iglesia católica ya que está reclamando de ella una espiritualidad más profunda, capaz de tocar el corazón y apta para orientar en un mundo confuso y a menudo alienante (p. 149).

10.- ¿Cuál ha sido –se pregunta nuestro autor en las páginas finales del libro- la recepción del Vaticano II en todo lo referente al diálogo interreligioso? ¿Qué queda de la invitación que hacían los padres conciliares en el decreto “Nostra Aetate” 2  a “no rechazar” lo que hay de santo y sagrado en las diferentes religiones y a reconocer que en ellas también destella “aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”? ¿Qué ha pasado con la invitación conciliar a dialogar y colaborar con otras religiones para guardar y promover los bienes espirituales y los valores socio-culturales que existan en ellas?

J. P. García Maestro indica que es incuestionable que se han dado pasos muy importantes, pero también lo es que aún quedan muchos prejuicios por superar y, sobre todo, que existe un enorme desconocimiento entre las distintas religiones. Subraya, por ello, la importancia de dar con un método que pase, en primer lugar, por el silencio, la vida, la contemplación y la praxis para adentrarse posteriormente en el hablar, en el anunciar y reflexionar teológicamente (Cf. p. 157).

Es así como explica el subtítulo de su trabajo y su propuesta de pasar del diálogo al encuentro.

11.- La explicitación de estos diez puntos muestra sobradamente lo sugerente que resulta este libro. Es cierto que se echa de menos una reflexión más aquilatada sobre la unicidad y absolutez de Jesús en el diálogo interreligioso, así como los debates que tal pretensión sigue provocando a propios y extraños, pero es incuestionable que nos encontramos con un interesante trabajo que esperamos sea el primero de una larga lista.

(1) Cf. Juan Pablo García Maestro, "El futuro del diálogo interreligioso. Del diálogo al encuentro entre las religiones". Acción Cultural Cristiana, Salamanca, 2005.