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Por qué necesitamos la religión
En un escrito juvenil, el filósofo y economista Karl
Marx definía la religión como “el llanto, el quejido de la criatura
oprimida. La religión es el corazón en un mundo sin corazón. La religión es
el opio del pueblo”.
Creo que nunca con tanto acierto se ha
definido lo que es la religión en la historia humana. El ser humano que
grita porque necesita ser liberado de algo que le oprime. Pero, ¿qué nos
oprime? ¿Nos oprime sólo el vernos explotados por las desigualdades
económicas o alienados por una creencias que nos tienen puesta la mirada en
el más allá? Es verdad que las religiones más que un instrumento de
liberación, libertad y de paz han fomentado los conflictos, la evasión del
compromiso por las transformación de las estructuras injustas. Nos hemos
perdido en discusiones doctrinales, más que ser el corazón en un mundo sin
corazón. Pero hay algo que nos oprime y que no podemos liberarnos con
nuestros esfuerzos. Se trata de la muerte, el ser humano que se ve como un
ser limitado. Esta dimisión no la supo ver Marx, y es lo que define al ser
humano como un ser simbólico. La religión que ha sido a lo largo de la
historia y las culturas como el elemento que ha suscitado los grandes
interrogantes existenciales de los hombres. La religión que ha marcado
también la reserva de que estamos aquí pero relativizamos todo lo que hay
en el mundo porque éste no es el nuestro. Con San Agustín diremos que“nos
hiciste Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse
en Ti”.
Pero también porque relativizamos todo lo
mundano, luchamos para que toda la criatura viva con dignidad. “La gloria de
Dios es que el hombre viva” (San Ireneo de Lyon). O en este mundo
globalizado diriamos que “la gloria de Dios es que el pobre viva” (Mons.
Oscar Romero). En estas dos dimensiones, la existencial y de compromiso por
transformar y hacerse cargo de la realidad estriba el significado de la
religión en este inicio del nuevo milenio y del siglo XXI.
El sentido del diálogo
interreligioso
Hace un año recordabamos los cuarenta años de la apertura del Concilio
Vaticano II. Sin duda que este ha sido el acontecimiento más importante de
la Iglesia del siglo XX. En la mente del Papa Juan XXIII, tres fueron los
puntos claves de todo el concilio: el diálogo con el mundo, el ecumenismo y
la opción, no exclusiva, pero sí preferencial por los pobres. Pero a partir
del reconocimiento de la presencia de valores salvíficos en otras
confesiones cristianas se produjo una apertura hacia el judaísmo y una
comprensión distinta de las grandes religiones de la humanidad. Este hecho
va marcar un hito en la historia de la Iglesia pues por primera vez se va a
dedicar un decreto centrado en el diálogo con las otras religiones. Nos
referimos a la Declaración Nostra Aetate, promulgada por el Papa Pablo VI el
28 de octubre de 1965.
El Concilio
Vaticano II puso fin a una cierta visión negativa del cristianismo con
relación a otras religiones. Recordemos solamente aquel decreto del concilio
de Florencia en 1442 (citando a Fulgencio de Ruspe):
“Del modo más firme sostenemos, y de ninguna
manera dudamos, que sólo todos los paganos, sino también los judíos, y todos
los herejes y cismáticos que mueran fuera de la Iglesia Católica, irán al
fuego eterno preparadp para el demonio y sus ángeles”.
Más de quinientos
años después el Concilio Vaticano II, en la Declaración Nostra Aetate
afirmaba en un espíritu más evangélico y humano:
"La
Iglesia Católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo
y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y vivir, los
preceptos y doctrinas, que, por más que discrepen en mucho de lo que ella
profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que
ilumina a todos los hombres. Por consiguiente, exhorta a sus hijos a que,
con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con los adeptos
de otras religiones, dando testimonio de la fe y la vida cristiana,
reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así
como los valores socio-culturales que en ellos existen”
(n. 2).
¿Qué ha quedado de
este espíritu que inició el Concilio? ¿Cuál ha sido su recepción?
En
este sentido puedo afirmar que con relación al diálogo interreligioso, a
pesar de haber dado pasos muy importantes, aún nos quedan muchos prejuicios
por superar y sobre todo existe mucho desconocimiento entre las distintas
religiones.
En esta línea, me
inclino con vistas a un futuro a que definamos bien la cuestión del
método, es decir el camino que se pretende seguir para que el
diálogo con las otras religiones y el anuncio del evangelio alcancen su
mayor sentido y profundidad.
Y este método
viene enmarcado por un Acto primero, en donde en primer lugar viene la
experiencia de Dios, la vida, el silencio, la contemplación, la praxis.
Después vendría el Acto segundo que es el hablar, el anunciar, la reflexión
teológica que nace de una experiencia en y dentro de la comunidad eclesial.
Y pienso no sólo de la comunidad cristiana, sino en la aldea global que
estamos viviendo. No se puede dialogar ni anunciar si primero no hemos
vivido y experimentado lo que cada religión cree. No hay diálogo verdadero
si no hay identidad. El diálogo no tiene que dejar a un lado las propias
convicciones religiosas.
Es
verdad que nosotros podemos decir que Jesús es la Verdad, el único Mediador
entre nosotros y Dios, pero la plenitud de la verdad recibida en Cristo no
da a cada uno de los cristianos la garantía de haber asimilado plenamente la
verdad. En última instancia, la verdad no es algo que poseemos, sino una
Persona por la que tenemos que dejarnos poseer.
Por eso si el
diálogo interreligioso a parte de estar marcado por la caridad
(que es la mirada llena de simpatía y que vive del deseo de cooperar con los
otros), el discernimiento, la purificación y la
renovación, también habría que añadir la
humildad. Al respecto recuerdo lo que observaba hace unos
años el cardenal König cuando salió en defensa del teólogo belga Jacques
Dupuis: “Yo cuando era niño me interrogaba: Yo soy, católico, pero ¿cómo
será tener una fe diferente? Ahora debemos pasar a una etapa, transcendiendo
los límites del mundo cristiano. Como cristianos tenemos una posición
privilegiada, pero debemos ser humildes y entender que el mensaje de Cristo
nos supera. Debemos tratar de comprender cuáles son los planes de Dios en
las diferentes religiones”.
La era del
pluralismo religioso nos obliga no solamente a experimentar a Dios desde el
círculo cerrado de la Iglesia Católica o desde el Cristianismo en general,
sino desde y con los miembros de las distintas tradiciones religiosas con
las que convivimos y conviviremos día a día.
Sostengo que ha habido más teología del diálogo interreligioso en la acogida
fraterna a muchos emigrantes encerrados en una una comunidad parroquial de
Barcelona, y otras experiencias que están viviendo en otras comunidades
cristianas vivas, que en muchos libros profundos sobre teología de las
religiones y muchos documentos de la Iglesia sobre el diálogo
interreligioso.
Diálogo y anuncio van unidos estrechamente y no se pueden separar. Pero ¿qué
podemos anunciar si no hay nada que anunciar? ¿qué podemos dialogar si hay
un desconocimiento de la religión del otro con quien pretendo dialogar?
Concluyo esta breve reflexión con esta tesis central: “Si una religión
afirma que es la mejor y más valido camino para encontrarse con Dios, aunque
haya múltiples vías de acceso, tiene que mostrar su capacidad para
inculturarse en contextos socioculturales y momentos históricos diferentes.
Esto implica una identidad abierta y dinámica, en constante evolución e
interacción, lo cual le permite asimilar elementos de otras tradiciones, así
como enriquecer su propio credo a partir de otras contribuciones que le
viene de fuera, sin que eso pierda sus rasgos específicos”
Nada nos pertenece
en exclusiva y menos Dios. En el evangelio nos dice Jesús: “dad gratis lo
que gratis habéis recibido” (Mt 10, 8). Y san Agustín lo expresaba muy bien,
dirigiéndose a Dios: “Tu verdad no es mía ni de aquel, sino de todos
nosotros”.
Verdaderamente, el genuino espíritu constituye uno de esos puntos donde la
humanidad tiene una magnífica ocasión para aprender que, cuando se trata de
lo verdadero y auténtico, todo es de todos y que sólo el compartir
enriquece, mientras que el acaparamiento empobrece.
El diálogo entre
las religiones no es así un capricho, sino que constituye una condición
intrínseca de su verdad, porque no es posible acercarse solos, encerrados en
el egoísmo de los propios límites, a la riqueza infinita de la oferta
divina. Únicamente entre todos, dando y recibiendo, en un continuo
intercambio de descubrimientos y experiencias, de crítica y enriquecimiento
mutuo, sintiendo como propio lo ajeno y como de los demás lo propio, se va
construyendo en la historia la respuesta a la revelación salvadora.
Todo este
planteamiento será posible si en los próximos años la Teología no cae en
cristocentrismos, ni eclesiocentrismos cerrados, sino a partir del Dios de
Jesucristo, que es la unidad en la pluralidad y viceversa; es alteridad y no
un monoteísmo cerrado.
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