EL FUTURO DEL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

Juan Pablo García Maestro

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Por qué necesitamos la religión

          En un escrito juvenil, el filósofo y economista Karl Marx definía la religión como “el llanto, el quejido de la criatura oprimida. La religión es el corazón en un mundo sin corazón. La religión es el opio del pueblo”.

            Creo que nunca con tanto acierto se ha definido lo que es la religión en la historia humana. El ser humano que grita porque necesita ser liberado de algo que le oprime. Pero, ¿qué nos oprime? ¿Nos oprime sólo el vernos explotados por las desigualdades económicas o alienados por una creencias que nos tienen puesta la mirada en el más allá? Es verdad que las religiones más que un instrumento de liberación, libertad y de paz han fomentado los conflictos, la evasión del compromiso por las transformación de las estructuras injustas. Nos hemos perdido en discusiones doctrinales, más que ser el corazón en un mundo sin corazón. Pero hay algo que nos oprime y que no podemos liberarnos con nuestros esfuerzos. Se trata de la muerte, el ser humano que se ve como un ser limitado. Esta dimisión no la supo ver Marx, y es lo que define al ser humano como un ser simbólico. La religión que ha sido a lo largo de la historia y las culturas como el elemento que ha suscitado los grandes interrogantes existenciales de los hombres. La religión que ha marcado también la reserva  de que estamos aquí pero relativizamos todo lo que hay en el mundo porque éste no es el nuestro. Con San Agustín diremos que“nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en Ti”.

            Pero también porque relativizamos todo lo mundano, luchamos para que toda la criatura viva con dignidad. “La gloria de Dios es que el hombre viva” (San Ireneo de Lyon). O en este mundo globalizado diriamos que “la gloria de Dios es que el pobre viva” (Mons. Oscar Romero). En estas dos dimensiones, la existencial y de compromiso por transformar y hacerse cargo de la realidad estriba el significado de la religión en este inicio del nuevo milenio y del siglo XXI.

 

El sentido del diálogo interreligioso

            Hace un año recordabamos los cuarenta años de la apertura del Concilio Vaticano II. Sin duda que este ha sido el acontecimiento más importante de la Iglesia del siglo XX. En la mente del Papa Juan XXIII, tres fueron los puntos claves de todo el concilio: el diálogo con el mundo, el ecumenismo y la opción, no exclusiva, pero sí preferencial por los pobres. Pero a partir del reconocimiento de la presencia de valores salvíficos en otras confesiones cristianas se produjo una apertura hacia el judaísmo y una comprensión distinta de las grandes religiones de la humanidad. Este hecho va marcar un hito en la historia de la Iglesia pues por primera vez se va a dedicar un decreto centrado en el diálogo con las otras religiones. Nos referimos a la Declaración Nostra Aetate, promulgada por el Papa Pablo VI el 28 de octubre de 1965.

            El Concilio Vaticano II puso fin a una cierta visión negativa del cristianismo con relación a otras religiones. Recordemos solamente aquel decreto del concilio de Florencia en 1442 (citando a Fulgencio de Ruspe):

                        “Del modo más firme sostenemos, y de ninguna manera dudamos, que sólo todos los paganos, sino también los judíos, y todos los herejes y cismáticos que mueran fuera de la Iglesia Católica, irán al fuego eterno preparadp para el demonio y sus ángeles”.

            Más de quinientos años después el Concilio Vaticano II, en la Declaración Nostra Aetate afirmaba en un espíritu más evangélico y humano:

                        "La Iglesia Católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y vivir, los preceptos y doctrinas, que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Por consiguiente, exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de la fe y la vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que en ellos existen” (n. 2).

            ¿Qué ha quedado de este espíritu que inició el Concilio? ¿Cuál ha sido su recepción?

            En este sentido puedo afirmar que con relación al diálogo interreligioso, a pesar de haber dado pasos muy importantes, aún nos quedan muchos prejuicios por superar y sobre todo existe mucho desconocimiento entre las distintas religiones.

            En esta línea, me inclino con vistas a un futuro a que definamos bien la cuestión del método, es decir el camino que se pretende seguir para que el diálogo con las otras religiones y el anuncio del evangelio alcancen su mayor sentido y profundidad.

            Y este método viene enmarcado por un Acto primero, en donde en primer lugar viene la experiencia de Dios, la vida, el silencio, la contemplación, la praxis. Después vendría el Acto segundo que es el hablar, el anunciar, la reflexión teológica que nace de una experiencia en y dentro de la comunidad eclesial. Y pienso no sólo de la comunidad cristiana, sino en la aldea global que estamos viviendo. No se puede dialogar ni anunciar si primero no hemos vivido y experimentado lo que cada religión cree. No hay diálogo verdadero si no hay identidad. El diálogo no tiene que dejar a un lado las propias convicciones religiosas.

            Es verdad que nosotros podemos decir que Jesús es la Verdad, el único Mediador entre nosotros y Dios, pero la plenitud de la verdad recibida en Cristo no da a cada uno de los cristianos la garantía de haber asimilado plenamente la verdad. En última instancia, la verdad no es algo que poseemos, sino una Persona por la que tenemos que dejarnos poseer.

            Por eso si el diálogo interreligioso a parte de estar marcado por la caridad (que es la mirada llena de simpatía y que vive del deseo de cooperar con los otros), el discernimiento, la purificación y la renovación, también habría que añadir la humildad. Al respecto recuerdo lo que observaba hace unos años el cardenal König cuando salió en defensa del teólogo belga Jacques Dupuis: “Yo cuando era niño me interrogaba: Yo soy, católico, pero ¿cómo será tener una fe diferente? Ahora debemos pasar a una etapa, transcendiendo los límites del mundo cristiano. Como cristianos tenemos una posición privilegiada, pero debemos ser humildes y entender que el mensaje de Cristo nos supera. Debemos tratar de comprender cuáles son los planes de Dios en las diferentes religiones”.

            La era del pluralismo religioso nos obliga no solamente a experimentar a Dios desde el círculo cerrado de la Iglesia Católica o desde el Cristianismo en general, sino desde y con los miembros de las distintas tradiciones religiosas con las que convivimos y conviviremos día a día.

            Sostengo que ha habido más teología del diálogo interreligioso en la acogida fraterna a muchos emigrantes encerrados en una una comunidad parroquial de Barcelona, y otras experiencias que están viviendo en otras comunidades cristianas vivas, que en muchos libros profundos sobre teología de las religiones y muchos documentos de la Iglesia sobre el diálogo interreligioso.

            Diálogo y anuncio van unidos estrechamente y no se pueden separar. Pero ¿qué podemos anunciar si no hay nada que anunciar? ¿qué podemos dialogar si hay un desconocimiento de la religión del otro con quien pretendo dialogar?

            Concluyo esta breve reflexión con esta tesis central: “Si una religión afirma que es la mejor y más valido camino para encontrarse con Dios, aunque haya múltiples vías de acceso, tiene que mostrar su capacidad para inculturarse en contextos socioculturales y momentos históricos diferentes. Esto implica una identidad abierta y dinámica, en constante evolución e interacción, lo cual le permite asimilar elementos de otras tradiciones, así como enriquecer su propio credo a partir de otras contribuciones que le viene de fuera, sin que eso pierda sus rasgos específicos”

            Nada nos pertenece en exclusiva y menos Dios. En el evangelio nos dice Jesús: “dad gratis lo que gratis habéis recibido” (Mt 10, 8). Y san Agustín lo expresaba muy bien, dirigiéndose a Dios: “Tu verdad no es mía ni de aquel, sino de todos nosotros”.

            Verdaderamente, el genuino espíritu constituye uno de esos puntos donde la humanidad tiene una magnífica ocasión para aprender que, cuando se trata de lo verdadero y auténtico, todo es de todos y que sólo el compartir enriquece, mientras que el acaparamiento empobrece.

            El diálogo entre las religiones no es así un capricho, sino que constituye una condición intrínseca de su verdad, porque no es posible acercarse solos, encerrados en el egoísmo de los propios límites, a la riqueza infinita de la oferta divina. Únicamente entre todos, dando y recibiendo, en un continuo intercambio de descubrimientos y experiencias, de crítica y enriquecimiento mutuo, sintiendo como propio lo ajeno y como de los demás lo propio, se va construyendo en la historia la respuesta a la revelación salvadora.

            Todo este planteamiento será posible si en los próximos años la Teología no cae en cristocentrismos, ni eclesiocentrismos cerrados, sino a partir del Dios de Jesucristo, que es la unidad en la pluralidad y viceversa; es alteridad y no un monoteísmo cerrado.

 

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