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“Sus modales recogidos, casi acompasados, la suavidad y
dulzura de su mirada, invitaban a acercarse a él”
Manuel Fuentes Porrero
El pasado día 5 de mayo, la
comunidad trinitaria de Algorta celebró el I Centenario del Nacimiento del
venerable padre Félix de la Virgen, en una solemne eucaristía presidida por
el obispo auxiliar de Bilbao, Carmelo Etxenagusia, y el superior general de
los trinitarios, José Hernández Sánchez, en la que tomaron parte una
veintena de religiosos trinitarios y sacerdotes. Emotiva ceremonia en
recuerdo de un sencillo trinitario con el prestigio de un santo, declarado
hijo predilecto de Errigoiti, su pueblo natal. Somos muchos los que le
recordamos con cariño y admiración, por su dedicación a la gloria de la
Trinidad y al bien de las almas.
Desde mi llegada al
Seminario de Algorta se hablaba mucho de la santidad del Padre Félix, mejor
dicho, del Padre Felisito, como le conocíamos todos con cariño. Sus modales
recogidos, casi acompasados, la suavidad y dulzura de su mirada, invitaban a
acercarse a él. Daba la impresión de estar ante un hombre de Dios. Al
pasear por los claustros del convento, sobre todo en los momentos de
silencio, en el coro de rodillas, absorto en la meditación o en las
oraciones.
Delante del altar de la
Inmaculada, en el Claustro del noviciado, parecía un ángel en la Tierra.
Volvía después al trabajo: el ministerio de la predicación. Un año, el
Viernes Santo, predica el Sermón de las Siete Palabras. Apenas sobresalía
de aquel púlpito amplio de Algorta, comentando las Palabras a base del libro
del Padre La Palma.
Durante su juventud fue
invitado a varios pueblos y ciudades para proclamar la Palabra de Dios, en
novenarios, triduos y tandas de Ejercicios Espirituales. Le oímos en
Salamanca en el mes de febrero por no haber otro que le sustituyera; cayó
enfermo de un fuerte catarro que le condujo a la última enfermedad.
Maestro de novicios
La tarea principal señalada
por los superiores fue la formación de los jóvenes trinitarios: Maestro y
Profesor en Córdoba, en el Santuario de la Virgen de la Cabeza, y Belmonte.
Sobre todo, Maestro de Novicios en Algorta hasta su enfermedad mortal.
Fue el mejor acierto de los
Superiores. Éramos grupos de unos ocho o diez novicios todos los años de la
postguerra. Años difíciles, en cuanto a la escasez de alimentos.
Como detalle de su
humanidad: después de la comida, como recreo, se preocupaba de pelar patatas
con nosotros para la cena. Era uno más con los novicios. Hasta aquí llegaba
su humanidad y la preocupación de que no faltara el alimento para los
hermanos.
Durante la Cuaresma era
frecuente en él privarse del pan en el desayuno y ponerlo en el puesto de
uno de los novicios. Era muy comprensivo con los que estaban más débiles de
salud. Él mismo, en ocasiones, hacía de practicante; a veces las inyecciones
intravenosas no las ponía bien. Los domingos repartía algunos dulces que le
regalaban algunos amigos. Solía decir lo atribuido a Santa Teresa: “Cuando
perdiz, perdiz; cuando penitencia, penitencia”.
Era un sobresaliente formador
y educador. Sin grandes esquemas teóricos, sino más bien tratando de crear
hábitos, sobre todo en la oración y la vida religiosa, eucarística. La
adoración al Santísimo en las visitas frecuentes; el Jueves Santo, algo
extraordinario. Casi toda la noche ante el Santísimo.
Abierto en su espiritualidad
admiraba a todas la Órdenes, quedándose con lo peculiar de cada uno. Estaba
al tanto de los problemas de la Iglesia. Quería que fuéramos adquiriendo
para nuestro uso diario los libros más recientes, que iban saliendo.
¡Por Jesucristo, cualquier cosa!
Fue durante alguna de las
charlas informales de los domingos. Las pronunció con énfasis y con lágrimas
en los ojos: ¡Por Jesucristo, cualquier cosa! Era el reflejo de toda su
vida. El Padre Félix se dio totalmente: en su vida religiosa, por un camino
de pobreza y desprendimiento en toda su persona. Pero la gloria de la
Santísima Trinidad, sus ansias de apostolado, quedan aquí reflejadas: “Sus
obras escritas sobre el Venerable Tomás de la Virgen y otros artículos y
escritos, ponen de manifiesto los deseos de apostolado y entrega a las
almas”. Llenaron aquellos años, no muchos, de su existencia terrena. Murió a
los 51 años.
En cuantos le tratamos dejó
impresa la llama de aspirar a la gloria de la Trinidad y la salvación de las
almas.
Padre Manuel Fuentes O.SS.T.
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