I Centenario del nacimiento del padre Félix de la Virgen (1902-2002)

Hemos vivido con un santo

 

  

“Sus modales recogidos, casi acompasados, la suavidad y dulzura de su mirada, invitaban a acercarse a él”

Manuel Fuentes Porrero

 

El pasado día 5 de mayo, la comunidad trinitaria de Algorta celebró el I Centenario del Nacimiento del venerable padre Félix de la Virgen, en una solemne eucaristía presidida por el obispo auxiliar de Bilbao, Carmelo Etxenagusia, y el superior general de los trinitarios, José Hernández Sánchez, en la que tomaron parte una veintena de religiosos trinitarios y sacerdotes. Emotiva ceremonia en recuerdo de un sencillo trinitario con el prestigio de un santo, declarado hijo predilecto de Errigoiti, su pueblo natal. Somos muchos los que le recordamos con cariño y admiración, por su dedicación a la gloria de la Trinidad y al bien de las almas.

Desde mi llegada al Seminario de Algorta se hablaba mucho de la santidad del Padre Félix, mejor dicho, del Padre Felisito, como le conocíamos todos con cariño. Sus modales recogidos, casi acompasados, la suavidad y dulzura de su mirada, invitaban a acercarse a él. Daba la impresión de estar ante un hombre de Dios. Al pasear por los claustros del convento, sobre todo en los momentos de silencio, en el coro de rodillas, absorto en la meditación o en las oraciones.

Delante del altar de la Inmaculada, en el Claustro del noviciado, parecía un ángel en la Tierra. Volvía después al trabajo: el ministerio de la predicación. Un año, el Viernes Santo,  predica el Sermón de las Siete Palabras. Apenas sobresalía de aquel púlpito amplio de Algorta, comentando las Palabras a base del libro del Padre La Palma.

Durante su juventud fue invitado a varios pueblos y ciudades para proclamar la Palabra de Dios, en novenarios, triduos y tandas de Ejercicios Espirituales. Le oímos en Salamanca en el mes de febrero por no haber otro que le sustituyera; cayó enfermo de un fuerte catarro que le condujo a la última enfermedad.

 

Maestro de novicios

La tarea principal señalada por los superiores fue la formación de los jóvenes trinitarios: Maestro y Profesor en Córdoba, en el Santuario de la Virgen de la Cabeza, y Belmonte. Sobre todo, Maestro de Novicios en Algorta hasta su enfermedad mortal.

Fue el mejor acierto de los Superiores. Éramos grupos de unos ocho o diez novicios todos los años de la postguerra. Años difíciles, en cuanto a la escasez de alimentos.

 Como detalle de su humanidad: después de la comida, como recreo, se preocupaba de pelar patatas con nosotros para la cena. Era uno más con los novicios. Hasta aquí llegaba su humanidad y la   preocupación de que no faltara el alimento para los hermanos.

Durante la Cuaresma era frecuente en él privarse del pan en el desayuno y ponerlo en el puesto de uno de los novicios. Era muy comprensivo con los que estaban más débiles de salud. Él mismo, en ocasiones, hacía de practicante; a veces las inyecciones intravenosas no las ponía bien. Los domingos repartía algunos dulces que le regalaban algunos amigos. Solía decir lo atribuido a Santa Teresa: “Cuando perdiz, perdiz; cuando penitencia, penitencia”.

Era un sobresaliente formador y educador. Sin grandes esquemas teóricos, sino más bien tratando de crear hábitos, sobre todo en la oración y la vida religiosa, eucarística. La adoración al Santísimo en las visitas frecuentes; el Jueves Santo, algo extraordinario. Casi toda la noche ante el Santísimo.

Abierto en su espiritualidad admiraba a todas la Órdenes, quedándose con lo peculiar de cada uno. Estaba al tanto de los problemas de la Iglesia. Quería que fuéramos adquiriendo para nuestro uso diario los libros más recientes, que iban saliendo.

 

¡Por Jesucristo, cualquier cosa!

Fue durante alguna de las charlas informales de los domingos. Las pronunció con énfasis y con lágrimas en los ojos: ¡Por Jesucristo, cualquier cosa! Era el reflejo de toda su vida. El Padre Félix se dio totalmente: en su vida religiosa, por un camino de pobreza y desprendimiento en toda su persona. Pero la gloria de la Santísima Trinidad, sus ansias de apostolado, quedan aquí reflejadas: “Sus obras escritas sobre el Venerable Tomás de la Virgen y otros artículos y escritos, ponen de manifiesto los deseos de apostolado y entrega a las almas”. Llenaron aquellos años, no muchos, de su existencia terrena. Murió a los 51 años.

En cuantos le tratamos dejó impresa la llama de aspirar a la gloria de la Trinidad y la salvación de las almas.

Padre Manuel Fuentes O.SS.T.