La Comunidad Trinitaria de Villanueva del Arzobispo celebra el 50 Aniversario de la Coronación de la Virgen de la Fuensanta

 

 

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PREGÓN DEL CINCUENTENARIO DE LA CORONACIÓN CANÓNICA DE LA VIRGEN DE LA FUENSANTA

 

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30 de septiembre de 2006

Manuel Medina González

 

Queridas autoridades, querida familia, queridos amigos, queridos todos los que estáis, los que no están y los que no han podido venir; a todos, unos y otros, os doy las gracias por haber hecho posible este encuentro que rememora además del cincuenta aniversario de la Coronación Canónica de nuestra Virgen de la Fuensanta, el paso del tiempo en nuestras vidas y las consecuencias que ello conlleva.

 

Gracias a las buenas gentes que se acordaron de mí para esta responsabilidad. Gracias, Miguel por tus palabras nacidas del lenguaje de la sensibilidad y decir de mí aquello que tu corazón te dicta pero la realidad es muy diferente, pues para mí siempre serás el maestro de todo y en lo que más me puedo aproximar a ti es en que ambos somos de Villanueva del Arzobispo, pues bien poco puedo decir yo distinto a lo que tú pronunciaste en tu pregón, al conmemorarse los 25 años de la coronación allá por el año 1981.

 

La altura de este acto me hace pequeño, la responsabilidad me hace temblar pero mi confianza en la Virgen me da la seguridad de poder darle rienda suelta al corazón y hacer posible que el lenguaje del alma llegue en forma de pregón y en expresión de abrazo.

 

Mirando a todos diría como Joan Báez: gracias a la vida por haberme dado tanto. A mí también me ha dado muchas cosas importantes: la familia a la que amo sobre todas las cosas, mis amigos, mis paisanos y tanta buena gente como la que siempre se congrega en torno a la Virgen de la Fuensanta y que hace posible que las tradiciones aviven y perduren gracias a su esfuerzo desinteresado.

 

Mi pregón es un canto a la vida misma, una crónica lenta de un tiempo vivido y compartido con la Virgen y su Santuario, como vecino próximo de infancia y modestia y en la que pude compartir convento, sacristía y huerto desde Fray Lázaro hasta que abandoné la Cañada y me fui por los caminos de la vida allá por el año 1967 para cumplir con el servicio militar.

 

Mi ocupación de labrador y hortelano próximo al santuario me hizo ser todo lo prudente que el campo permitía, pues siempre visitaba la Virgen muy entrada la tarde, el silencio del altar me remontaba a reflexiones y utopías de las que se desprendían la confianza en las personas y en las cosas y el afán para conseguir ser un poco mejor cada mañana.

 

No quiero hablaros de lo que significaron la Virgen, el Santuario y los frailes en mi vida, pues más se trata de conocer si yo pude significar algo en la de ellos, ya que la importancia la tuvieron siempre ellos que me enseñaron a querer y amar, como tantas veces repito, a las personas sobre todas las cosas. Recordar mi tiempo en el Santuario es más como la expresión agradecida de aquel que lo poco que conoció de la cultura, de la religión y de la vida misma, lo aprendió junto a los frailes y siempre bajo la mirada penetrante de la Virgen de la Fuensanta. Hoy, cuando hago reflexión del tiempo que se ha ido, me considero un privilegiado de haber podido compartir con ella tantos años, tantos secretos, tantas ilusiones y tantas incertidumbres como la adolescencia plantea en cada momento que aparece una duda.

 

La Virgen de la Fuensanta fue la fuerza de una comarca, el auxilio de muchos desarraigados que, al tiempo de rezar y de llorar, lograban convencerse de que la igualdad existía al menos ante los ojos de Dios. Después, las circunstancias sociales a cada uno nos colocaban en nuestro lugar, pero siempre la fuerza de la Virgen llevaba la luz a cada casa y daba al sol de cada día un resplandor especial en el que se reflejaban los colores del arco iris, según desde el lugar que se contemplara la lluvia, dando apoyo al afán, insistencia a la voluntad y confianza en el futuro, por modesto que pudiera resultar debido a los pocos medios de la época.

 

La fuerza de esta comarca y de la Cañada de la Fuensanta en la que tuve la suerte de vivir hasta los veinte años, me hicieron confiar muy joven en la utopía y en los sueños imposibles, pero nunca me apartaron de la idea de conquistar la vida, amparándome en el afán de cada mañana, donde con el beso del alba rastreaba los caminos y apuraba los últimos minutos de la luz de la tarde, confiando en la Virgen y rezándole a todos los Santos de la Iglesia para que mi familia pudiera ser feliz y nunca les pasara nada malo, algo que conseguí sin mucho esfuerzo, por lo que desde niño siempre creí en los milagros. Ése era uno de ellos, el cariño de la familia, el respeto por las cosas y la ilusión de que todo podía ser posible incluso teniendo poco, como era mi caso.

 

Antes de hablar del 29 de septiembre de 1956, he querido reflejar la situación que ha dado motivo para poder hablar de la Virgen como convecino suyo y como ahijado, pues yo siempre me consideré un privilegiado al poder hablar tantos días a solas con Ella en su camarín escuchando a Fray Lázaro tocar el armonio un largo rato hasta que se iba definitivamente el sol y anochecía. Después, cuando ya había anochecido, contemplaba desde la explanada del Santuario el cielo estrellado que se despedía hacia la Sierra de las Villas y en el que en más de una ocasión brotaba el reflejo de un rayo y el suave y lejano sonido de una tormenta de verano, pero sobre el santuario las estrellas brillaban con más intensidad y siempre creía ver en ellas el juego de los ángeles corriendo por el espacio en forma de estrellas fugaces.

 

Hoy me toca a mí hablar de lo que sucedió hace cincuenta años en este pueblo y en esta comarca de las Cuatro Villas y que fue el acontecimiento más comentado en la provincia de Jaén y al que asistieron todas las autoridades nacionales, provinciales, locales…Todos, absolutamente todos estuvieron con las Cuatro Villas el día de la coronación canónica de la Virgen de la Fuensanta.

 

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Eran los años 50. La vida apenas se recuerda cómo era entonces, pero se entiende por la historia que resultaba un poco más difícil para unos que para otros. Hoy, una vez superadas las dificultades y con la satisfacción de haber cubierto nuestras principales necesidades, podemos recordarla con el respeto de todo tiempo pasado pero con la alegría de haber vencido las dificultades sociales, políticas y económicas que nos han dado este canto a la vida y a la libertad, con el que he iniciado mi pensamiento y mi modesto pregón.

 

Es hermoso mirarse a la cara y en cada rostro ver reflejada una sonrisa, un gozo o una simple preocupación y era triste mirar las caras de hace cincuenta años, ver en ellas la huella del hambre, del miedo, de la tragedia que se había vivido unos años antes y de la que no se debe tomar ejemplo ni hacer mención alguna que le dé importancia de proyecto o acontecimiento histórico, yo más lo dejaría como un hecho triste.

 

Y he hecho mención a la situación de hace cincuenta años, para situarnos en el escenario real en el que se llevó a cabo la coronación canónica de nuestra patrona, tiempos bastante más difíciles y diferentes a los que disfrutamos en la celebración del cincuenta aniversario.

 

La coronación de 1956 mantiene una identidad en el nombre de los frailes Superiores del Santuario de la Fuensanta, pues mientras el padre Domingo del Espíritu Santo cedía su puesto de Superior del Santuario al padre Saturnino, allá por los años 55, justo en la época de la coronación de la Virgen, hoy al conmemorar los 50 años de dicho acto también el padre Domingo ha cedido el mismo cargo de Superior del Santuario a otro padre, también llamado Saturnino, coincidencias que pueden ser tenidas en cuenta como agradable curiosidad repetida en el tiempo.

 

La coronación de la Virgen de la Fuensanta se llevó a cabo el día 29 de septiembre de 1956 a las 12’15 horas en la Plaza del Caudillo, como entonces se llamaba la Plaza Mayor de hoy. El notario asistente, Don Eduardo Guerrero Oyonarte, levantó acta de la coronación y dio fe de todos los asistentes. Si bien esta coronación había sido autorizada según reunión del Cabildo cardenalicio del Vaticano el día 12 de junio del año 1955, acordando por unanimidad coronar a la Virgen de la Fuensanta y en su delegación así lo acordó el Obispo de Jaén Don Félix Romero Mengíbar, cuyo acuerdo fue para el referido día 29 de septiembre de 1956 a las 10 horas de la mañana.

 

En tan solemne acto estuvieron presentes todas las autoridades eclesiásticas, civiles y militares del momento: Obispo de Jaén, Gobernador Civil, curas párrocos y alcaldes de las Cuatro Villas y actuando como padrinos en la representación de los Marqueses de Villaverde, Don Felipe Arche Hermosa, Gobernador Civil de Jaén y la señorita Dolores Sánchez Bueno, de la que nos sentimos orgullosos al tenerla nuevamente como hermosa madrina en este acto solemne del cincuentenario.

 

En nombre del Cabildo Vaticano, el Obispo de la Diócesis, con arreglo al ceremonial romano, coronó a la Virgen de la Fuensanta como patrona de las Cuatro Villas. El notario que intervino dio fe con la expresión final “y para que conste siempre en forma solemne y fehaciente”, junto a las firmas de todas las personalidades invitadas y asistentes, entre las que destacaban el Capitán General de la Región Militar, el Arzobispo de Granada, el Director General de Sanidad, Don José Alberto Palanca, padre provincial de la Orden Trinitaria, generales de todas las escalas, Presidente de la Audiencia Provincial, Jefe de la Guardia Civil, Presidente de la Diputación de Jaén, Gobernador Civil, Gobernador Militar, entre otras muchas personalidades.

 

Detrás de todas estas altas personalidades había un pueblo en masa congregado en el paseo para no perderse el acto más importante de la historia no sólo de Villanueva del Arzobispo sino de toda la comarca de las Cuatro Villas.

 

A partir de este momento, la Virgen quedaba coronada y las algarabías por las calles y por la plaza se sucedían como los colores del arco iris, dejando plasmado en el recuerdo de sus diferentes tonos los momentos más bellos de la infancia como lluvia de sensaciones y sueños donde el olor a incienso y el brillo de la corona de la Virgen dejaron grabada en mi imaginación la página más hermosa de mi modesta niñez.

 

Fue un día hermoso y lleno de vida. Las calles de Villanueva brillaban no sólo por el fino reflejo de las estrellas de las autoridades militares sino por el reflejo humano de las Cuatro Villas hermanas que se dieron cita en tan solemne acto, como bien recoge la historia gráfica de la época y que todos hemos tenido la satisfacción de comprobar.

 

Fue un gran momento también porque para el pueblo de Villanueva del Arzobispo, era un honor ver a uno de sus más predilectos hijos, Don José Alberto Palanca, Director General de Sanidad, vestido de gala y eufórico por honrar a la ciudad con su presencia y la de tantas otras autoridades de la época, siempre muy vinculadas con la sociedad de nuestro pueblo, gracias a este anfitrión, José Alberto Palanca, que siempre ejerció de buen Villanovense. ¡Era impresionante ver llorar a las personas de toda condición social el día de la coronación algo que sucedió siempre y sigue sucediendo hoy como muestra de que los sentimientos y el respeto no los vence ni acaba ni la distancia ni el paso del tiempo! Para estos sentimientos no hay olvido.

 

Yo era muy niño, pero recuerdo ir de la mano de una de mis tías que vino desde Barcelona y que junto con mi hermano Francisco fuimos los tres al acto del paseo, reuniéndonos después en los quiñones de la Fuensanta con el resto de mi familia que habían participado en el montaje de las improvisadas tiendas de campaña hechas con los mantones más perjudicados de la aceituna, atados a las albardas de los mulos y a los brotes de los álamos que aún existían en los llanos del santuario.

 

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Muchos conocerán la existencia de diversos actos junto a la albarda del mulo, del burro o de la yegua y la de pucheros de guiso que en aquel día se consumieron junto con el contenido de las damajuanas de vino que casi en todas las banastas de los hortelanos se tapaban para evitar que el vino se tomara caliente, pues entonces se desconocía el hielo y lo que se hacía por parte de los más entendidos era enterrar la garrafa de vino en la tierra y así se evitaba que el sol calentara demasiado el contenido, incluso se le ponía encima la albarda para evitar que el sol tampoco calentara la tierra. Igual se hacía con las garrafas de agua, para bajar su temperatura.

 

Los improvisados campamentos daban cobertura a los habitantes de las comarcas más próximas, La Cañada de la Madera, Bardazoso, La Cañada de la Fuensanta, La Toba, El Tranco, Mogón, etc., etc.

 

Allí acudían los familiares que no se habían visto desde el año anterior por San Miguel y algunos aprovechaban los llanos de la Fuensanta para hacer tratos, comprando y vendiendo animales de labranza e incluso los cochinos de la matanza.

 

Ésa era la otra sociedad que celebraba la coronación a su manera y que no había familia que no llevara consigo estampas, escapularios, o medallas de la Virgen. La fe hacia la Virgen no tenía color, tenía calor, calor humano de los peregrinos que para tan magno acontecimiento se desplazaban descalzos, de rodillas y de cualquier manera, por estar cerca de la Virgen de la Fuensanta y sin olvidarse nunca de la tradición de las promesas de San Miguel. ¡Cuantas personas tenían el día de San Miguel como único día festivo en todo el año!

 

La sociedad que celebraba la coronación en los llanos del santuario era igual de feliz que aquella que la celebraba en otro lugar. Lo importante era gritar los vivas a la Virgen de la Fuensanta y a su santísimo hijo y a la Reina de los Cielos. Demostrar el ferviente amor por la patrona de las Cuatro Villas que ya llegaba coronada al Santuario. La celebración posterior, cuando se desenterraban las damajuanas de vino de la tierra y se empezaba a saborear el manchego, el jumilla, el añejo y los revoltijos de los licores fuertes de la época, hubieran dado trabajo en los tiempos de hoy a toda la Dirección General de Tráfico, realizando pruebas positivas de alcoholemia. Toda esta celebración venía a ser un gesto de echar la casa por la ventana en un día tan señalado como el de la coronación de la Virgen.

 

Recuerdo que los niños toreábamos las cabras con pañuelos, porque alguno de nuestros mayores toreaban los becerros con la mantilla de los mulos. Era tal la felicidad, el regocijo y la alegría, que al menos por un día había que olvidarse de todo y disfrutar comiendo lo que a veces no se podía comer en el resto del año.

 

Permitidme que recuerde aquellos momentos de los llanos del santuario como la causa por la que escribí estos versos:

 

 

 CAMPAMENTOS DE LA VIRGEN

 

 Descansan los mulos sobre los quiñones,

 cubiertos de albardas y mantones rotos

 los hombres del campo se acercan devotos

 hacia la explanada de las tradiciones.

 

 Descalzos andando, otros de rodillas

 para todos ellos en esta ocasión,

 su fervor más grande: la coronación

 y se hace el silencio en las Cuatro Villas.

 

 Sólo un día descansan, su ilusión es esa,

 y lo dejan todo, la huerta, el ganado,

 todo lo abandonan, dan por bien empleado

 el tiempo que pierden por una promesa.

 

 Adorar la Virgen y ver al hermano,

 y los que se abrazan un año después,

 caminar descalzos, ver a San Miguel

 cumplir la promesa de un hijo lejano.

 

 No hay más que pobreza, tocino de betas,

 mujeres torcidas de vara y sembrado

 tocan a la Virgen, lo hacen con cuidado

 dejando en el manto sus cinco pesetas.

 

 Después de la fiesta y del regocijo,

 los mulos inician lenta retirada,

 en los atalajes la estampa colgada

 para venerarla en cualquier cortijo.

 

 Los quiñones secos de la tierra parda

 son hotel de lujo para los romeros,

 ellos son muy poco, sólo cortijeros

 y siempre les guía su ángel de la guarda.

 

 Ellos a la Virgen le consagran todo,

 y dan por la Virgen su esfuerzo y tesón,

 ellos ya celebran la coronación

 al seguir viviendo pobres de algún modo.

 

 Ellos, los humildes, santos campesinos,

 que vienen del campo descalzos andando,

 ellos se organizan como van llegando

 y todo el santuario llenan de caminos.

 

 Ellos ya coronan los llanos del viento

 y velan la Virgen como causa cierta,

 unos en la iglesia, otros en la puerta

 buscan acomodo y encuentran asiento.

 

 Ellos se arrodillan, se sienten perdidos

 entre tanta gente y velas de cera,

 ellos van descalzos por la carretera

 cumpliendo promesas de seres queridos.

 

 Alguien cantó al alba su amor y su afán

 y un grito a la vida la hizo florecer,

 gentes de rodillas van por San Miguel

 buscando un trabajo y un trozo de pan.

 

 Los tiempos son tristes, no abunda el trabajo

 y dejan su huella los años cincuenta,

 el hambre, el olvido, después los sesenta

 lentamente encienden la luz de algún tajo.

 

 Se acrecienta el grito de la emigración,

 los pobres son pobres de causas modestas

 y todos se abrazan en torno a las fiestas

 marcando sus vidas la coronación.

 

 No importa del hambre su feroz guadaña,

 la Virgen les llena todos los rincones

 y pobres recorren pueblos y regiones

 buscando trabajo solos por España.

 

 Los hombres abrazan su grito a la vida,

 como las abejas buscando su enjambre,

 los niños se mueren los años del hambre,

 así se corona la España perdida.

 

 El grito a la Virgen le llega y le hiere

 y escucha en silencio el dolor ajeno,

 el pobre es el pobre, el bueno es el bueno

 y el que puede come y el que no se muere.

 

 Que nadie le quite lo que a otro le sobre,

 pues siempre la Virgen sabrá responder

 y al hombre rebelde que quiere comer

 ELLA dirá siempre: YO TAMBIÉN SOY POBRE.

 

 ¡Cómo pasa el tiempo, cómo el tiempo corre!

 ya pasan cincuenta, cuánto hemos pasado

 cuánto hemos sufrido, cuánto hemos llorado,

 cuánta fe abrazados al pie de la torre.

 

 Al pie del Santuario, al pie de la Ermita,

 mirando unos ojos tranquilos y bellos,

 esos que marcaron los tiempos aquellos,

 hoy como homenaje la campana grita.

 

 Los tiempos se pasan, nosotros con ellos,

 la vida es un sueño que pasa despacio,

 se conquista el mundo, se gana el espacio

 y siempre gritamos ¡qué tiempos aquellos!

 

 Los hijos del hambre hoy hemos comido,

 hoy al fin decimos lo que ayer callamos,

 hoy todas las gentes nos necesitamos

 para hacer un mundo humano y querido.

 

 Y éstos son cincuenta, los años vividos,

 la historia del pueblo, la historia del hombre,

 que nadie se inmute, que nadie se asombre

 pues al fin ganamos los años perdidos.

 

 Y es ELLA la causa, la que siempre espera.

 la que siempre atiende oyendo llorar,

 ella nuestra Virgen calla en el altar

 aunque a veces llora lágrimas de cera.

 

 Los tiempos se mueven, los hombres se van

 el cielo y la sierra se ven a lo lejos,

 el mundo y nosotros nos hacemos viejos

 ayer sobró el hambre hoy nos sobra el pan.

 

 Así pasa el tiempo en el calendario

 a unos favorece y a otros perjudica,

 lo que a unos asusta a otros justifica

 y así es la leyenda del cincuentenario.

 

 Se pasan los años, se pasa la vida,

 ayer fueron ellos, hoy somos nosotros,

 unos nos iremos pero vendrán otros

 y harán de la Virgen punto de partida.

 

 Y aunque ya no estemos en otros cincuenta,

 siempre habrá un recuerdo del cincuentenario

 y de otros esfuerzos habrá un centenario

 que hará que la vida pase lenta, lenta...

 

 Nos queda el recuerdo, los tiempos remotos

 se van como el tiempo que también se fue,

 nos queda el silencio, nos queda la fe

 plasmada en promesas de mantones rotos.

 

 Nos quedan los frailes, nos queda un camino,

 por donde nos vamos y después volvemos

 nos queda la Virgen que tanto queremos

 de la que florece un sueño divino.

 

 Nos queda lo nuestro, lo que nunca muere,

 el canto a la vida, el canto al hermano,

 el joven que al viejo le tiende la mano

 y esa buena gente que tanto se quiere.

 

 Nos quedan las cosas más nobles y bellas,

 cuidar los olivos, cuidar los rebaños,

 olvidar el odio, abrazar los años

 y desde el santuario contar las estrellas.

 

 Esa es la fortuna que cubre y abarca

 el término cierto de gentes sencillas,

 esa es la grandeza de estas Cuatro Villas,

 esa es la hermosura de nuestra comarca.

 

 Y en ella está el cielo que guarda la historia

 y la fe en la Virgen nunca se quebranta,

 siempre habrá una madre, la de la Fuensanta

 que a todos sus hijos los llene de gloria.

 

 Y el canto a la vida y el beso en la frente

 nos hará alborada del amanecer,

 abrazando el alba para proteger

 las buenas costumbres y a la buena gente.

 

 Y entre los olivos, florezcan los sueños,

 y entre los cortijos arroyos de luna

 den mantos de aceite sobre la aceituna

 y lleguen a grandes los niños pequeños.

 

 Y aumente la lluvia el cauce del río

 y el caudal mitigue la sed de los puentes,

 que brille el aceite y corran las fuentes

 y caliente el fuego cuando llegue el frío.

 

 Éste es el milagro, éste es nuestro ruego,

 el canto a la Virgen aquí en su santuario

 y que las plegarias del cincuentenario

 se formulen ahora y se cumplan luego.

 

 Gracias a este día de sonrisa y llanto,

 gracias a la Virgen, hermosa y querida,

 gracias a los tiempos, gracias a la vida

 gracias al milagro de querernos tanto.

 

 

Después de la coronación y dadas las circunstancias económicas del momento, un gran número de familiares tuvieron que emigrar a otros lugares del Norte, aunque fue principalmente a Cataluña donde se fueron la mayor parte de todos ellos, ya que la pobreza les obligó a abandonar su infancia, su terruño, sus recuerdos y a gran parte de la familia que dejaban aquí esperando los resultados y el éxito del viaje a las minas, del viaje a las fábricas y también del viaje a las vendimias francesas…

 

Por costumbre, los familiares y vecinos despedían la noche anterior al viaje a todo el que se marchaba a Cataluña o a cualquier otro sitio buscando trabajo. Había momentos en que se repetían imágenes similares a las que se vivían cuando el hijo de algún familiar se iba a cumplir el servicio militar en África. La preocupación era patente y el dolor y las lágrimas siempre acompañaban el último abrazo y en estas despedidas siempre se entregaba algún recuerdo de la Virgen bien en estampa, medalla o escapulario y siempre se repetía: “para que te dé fuerzas”.

 

¡La de familias que nos abandonaron por los años 50 y 60… y la de personas que murieron jóvenes por la silicosis de las minas del carbón de Asturias!

 

El pueblo de Vilaseca en Tarragona se pobló de Villanovenses y de gente de nuestra comarca, formando casi un pueblo exclusivo de familias de las Cuatro Villas. Todos conoceréis que la Virgen de la Fuensanta fue reproducida, venerada, procesionada y aclamada en dicha ciudad como la auténtica patrona de la ciudad de Vilaseca y los barrios se convirtieron en explanada permanente del santuario.

 

Las viviendas de los Villanovenses en cualquier punto de España se convertían en santuarios ambulantes donde nunca faltaba la imagen de la Virgen en el mejor rincón de la casa y no había maleta de madera que no conservara una estampa pegada de la Virgen, incluso este fervor se abría camino por España dentro de las cabinas de los camiones donde una gran estampa de la Virgen guiaba la seguridad de los camioneros de la comarca, también era usual poder leer en los laterales y en las viseras de muchos camiones: VIVA LA VIRGEN DE LA FUENSANTA, costumbre que aún existe y se aumenta cada día en la fe de aquellos que así lo aprendieron de sus mayores.

 

Los altares interiores y exteriores hicieron de la Virgen ese sol de la mañana que cada día alumbra una ilusión diferente y profunda. ¡Qué hubiera sido de muchas familias si les hubiera faltado la estampa o la protección de la Virgen!

 

De nuestros pueblos, Villacarrillo, Iznatoraf, Sorihuela y Villanueva, salían gran cantidad de maletas de madera con modestas pertenencias de aquellos que buscaban el sustento al amparo de otra luna que brillara un poco más y diera lo suficiente para sobrevivir. Dentro de estas maletas siempre se guardaban las fotos de la familia y algún preciado recuerdo de boda o bautizo, pero lo que no faltaba nunca era alguna reliquia de la Virgen de la Fuensanta y en cuyos grandes ojos siempre se veía la claridad y el resplandor del futuro, ese futuro que en los años 50 y 60 tanto costaba encontrar y por el que tanto lucharon las gentes de esta comarca.

 

Esas maletas en las que siempre existía un altar viviente y las que además se usaban para guardar las cartas que se recibían casi a diario de los familiares ¡Cuánta fe se han llevado por España! Posiblemente el que no haya vivido la emigración, entenderá menos el significado de esas maletas que tanto han calmado nuestras lágrimas cuando al abrirlas nos aparecía entre la carta del padre o la madre la estampa de nuestra Virgen.

 

Esa Virgen siempre acompañó en los viajes del hambre a un gran número de vecinos de esta comarca que empezaron a llorar cuando dejaron de ver olivos junto a las carreteras y se adentraron en la encrucijada de la emigración…

 

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LA VIRGEN SE VA DE VIAJE

 

La Virgen se va de viaje

en maletas de madera,

la Virgen va en la cabina

de un camión en carretera,

la Virgen se hace camino

la Virgen se hace viajera,

la Virgen coge aceituna,

la Virgen está en la huerta.

 

La Virgen de la Fuensanta

se siente madre y espera

que cuando pase el invierno

florezca la primavera

y florezcan los olivos

y la paz cubra la tierra

y alguna vez los humanos

odiemos siempre las guerras,

las guerras de la familia,

las guerras de las herencias,

las guerras del que más puede

incrementar sus riquezas,

olvidando al que más sufre

y abrazando al que prospera.

 

La guerra del egoísmo,

la injusta guerra, esa guerra

de ser amigo de nadie

y no morirnos de pena

cuando mueren y se matan

personas que también rezan,

inocentes que sonríen

mientras que la muerte acecha.

 

¡Ay, Virgen de la Fuensanta!

enlaza tú esta cadena,

que una la mano del hombre

evitando una tragedia

para volver a sentirse

persona que llora y piensa

y cuando acabe el camino

vuelva a nacer en la tierra.

 

¡Ay, Virgen de la Fuensanta!

sagrada patrona nuestra,

con tus frailes que se marchan,

con tus frailes que se quedan,

con las gentes que se quieren,

con las gentes que te rezan

con amor de Cuatro Villas

que el paso del tiempo acerca

y son fieles a la causa

sin importar la tendencia,

pues son hombres y mujeres

honrados por excelencia,

representantes del pueblo

que se unen más que se alejan

y dan vida a una comarca,

respetando las creencias,

las tradiciones, los cultos,

las costumbres, las conciencias

y siempre brindan su mano

a la hora de una tragedia.

 

¡Ay, Virgen de la Fuensanta!

qué hermosa es la tierra nuestra,

qué buena su buena gente,

qué buena su gente buena,

qué buenos todos aquellos

que hacen posible esta fiesta,

pues es fiesta coronarte

y hacerte madrina excelsa

en la ilusión y en el alma,

en las calles y en la iglesia

y hoy después de cincuenta años

rememorarte la ofrenda

de la fe de Cuatro Villas

honradas y aceituneras,

que se sienten más que nunca

unidas ante las penas,

unidas ante el futuro

y abrazadas a esta tierra.

 

Cuatro Villas que proclaman

su condición de modestas,

su fuerza para ser libres

su fuerza para ser fuerza,

su amor hacia los olivos,

y su fe ante la conciencia

y por encima de todo

potenciar la gente buena.

 

¡Ay, Virgen de la Fuensanta!,

por muchos años excelsa,

me acerco a ti, tiemblo y pienso

lo grande que es tu grandeza

y para siempre confío

tenerte cerca, muy cerca,

y disfrutar del abrazo

del pueblo de Sorihuela,

también de Villacarrillo,

Iznatoraf, Villanueva….

y aquí junto a los olivos

y siempre con gran modestia,

yo te proclamo Señora

de las gentes de esta tierra

de los ricos y los pobres,

de las mujeres más bellas,

de hombres muy trabajadores,

de Cuatro Villas como estas:

con labradores honrados,

mujeres aceituneras,

mecánicos, albañiles,

abundante clase media,

tractoristas, jornaleros,

gente de paz, gente seria

que por encima de todo

los mueve la fe en tu iglesia

y el amor hacia su Virgen

¡dales tú la recompensa!

 

Tú sabes cómo son ellos,

son gentes de Villanueva,

hombres de Villacarrillo,

mujeres de Sorihuela,

labradores de Torafe,

gentes honradas y honestas,

gentes que se abren camino

en los surcos de la tierra.

 

Hoy el pueblo aquí reunido,

sin apenas diferencias,

te alaba por ser la madre,

te alaba por ser la reina,

la de los ojos más bellos,

señora por excelencia

y en nombre de ellos te digo

con humildad y entereza:

por larga que sea la historia

y grande que sea la tierra

tú serás para nosotros

¡por siempre PATRONA NUESTRA…!

 

 

La procesión de la Virgen fue algo que conmovió a toda una comarca, principalmente en la salida y en la entrada del Santuario, pues ambas escenas representaban la espera y la despedida de un día de septiembre al que se llegaba con la ilusión contenida de todo un año. El movimiento, los vítores y el abrazo del viento, me hicieron en más de una ocasión ver la procesión de esta manera:

 

 

Virgen Santa y soberana,

pluma suave a ras del suelo,

paloma de terciopelo,

espejo de la mañana,

rosa bajada del cielo.

 

En tu vaivén armonioso

el cielo más puro brilla

 y tu mirada sencilla

es el sentimiento hermoso

que recubre tu mejilla.

 

Procesión tan suave y lenta

que prolonga en el santuario

su ritmo, su novenario

sobre el hombro que sustenta

el amor como sudario.

 

Aceitunera serrana,

suave ritmo de poesía,

silencio y melancolía,

suave toque de campana,

vítores y algarabía…

 

Procesión de mil amores,

manos todas a porfía,

llevando en trono de flores

la historia y la profecía

de los más altos fervores.

 

Suspiro de la mañana

sobre el paso de la vida,

ilusión comprometida,

cuando suena la campana

de un septiembre en estampida.

 

Reina de inmensos colores,

como un vaivén de pasiones,

un motor de corazones

y rugido de clamores

de diversas ilusiones.

 

No dejes de ser señora

de todos los que te llevan,

de todos los que te elevan

y en esta bendita hora

deja a todos que te muevan.

 Y deja al pueblo que grita

a la entrada y la salida

y al darte la despedida

déjame que te repita

¡Te queremos de por vida!

 

 

Los que tuvimos la suerte de nacer y vivir junto al santuario fuimos unos privilegiados, según vamos comprendiendo a medida que pasa el tiempo. Fuimos privilegiados por no salir de aquel lugar en los años difíciles, algo que siempre tendré que agradecer a mis padres que hicieron posible con su esfuerzo que no tuviéramos que irnos a Cataluña como casi toda mi familia y quizás éste haya sido el mayor premio que la suerte nos otorgara tanto a mí como a mis hermanos, pues la visión de mi padre que siempre defendió que a sus hijos no les mandara nadie, pues bastante le habían mandado a él; y la fuerza de mi madre para vender en el mercado y hacer posible que todos creciéramos juntos en esta cañada, nunca podremos vivir lo suficiente para agradecérselo, aunque cada día que sale el sol comprendemos las dificultades que debieron afrontar para darnos la formación humana que nos dieron y hacer posible que el amor por la familia haya sido siempre nuestra causa y nuestra meta y ahí sí que debió siempre estar la mano silenciosa e invisible de la Virgen que no nos abandonó nunca.

 

Nadie que no lo haya vivido, podrá tener la suerte de haber visto al padre Saturnino en las primeras horas de la mañana corriendo los arroyos de las huertas de la cañada de la Fuensanta, prendiendo mirlos, como él decía, aunque a veces sin querer pisaba una casilla de calabazas o pepinos y las estropeaba, pero era una alegría ver a un fraile corriendo por el arroyo, disfrutando mientras los mirlos levantaban el vuelo. Tampoco se olvida a Fray Lázaro tocando el armonio y a los coristas en los años 60 pasando las vacaciones de Julio y Agosto en el Santuario, con sus noches eternas de tertulia y ganas de vivir… ¡Cuántos frailes novicios pasaron por el Santuario en aquella época!: Emiliano, Andrés, Pedro, Emilio, Jesús, Serafín, Satur y tantos y tantos hermanos del alma que siempre los tuvimos como miembros de nuestra propia familia, pues cada uno nos contaba historias de las suyas, principalmente de las dos Castillas. Ellos cantaban mejor que nadie “Un día a verla iré” y en el coro todos nos agrupábamos para cantar en los actos religiosos… haciéndolo lo mejor posible.

Yo siempre pensé así del coro de los trinitarios:

 

 

EL CORO

 

Empieza el ensayo temprano, temprano,

voces trinitarias de hace tantos años,

dulzura de sueños, viejos ermitaños

tocando el armonio un día de verano.

 

Suave como el viento, lento como el día,

los frailes entonan sus cantos más finos,

y son de las aves los alegres trinos

los que desde el aire suenan a porfía.

 

Los frailes ensayan sus cantos marianos