LOS ÁNGELES EXISTEN, YO HE VISTO UNO

 

 

 

 (Giulia Songini,

Roma 1991-2007)

 

 

 

 

 

 

 

 Sus padres, Paolo y Anna, son de esas personas buenas y cariñosas porque sí. Cristianos de los de verdad, los recuerdo todos los domingos en la misa de San Carlino, animando la celebración con los cantos y las lecturas. Eran -son- de esos buenos amigos de la comunidad, que compartían sus cosas con nosotros, en inolvidables momentos de charla en el jardín. La más grande de las alegrías para este joven matrimonio, nos llegó como noticia sorprendente un domingo de 1991: una caja de “Cardenal Mendoza” en la sacristía, con un biberón dentro. ¡Iban a ser padres! Y un día de san Juan de Mata, 17 de diciembre de 1991, nació ella. Giulia. Tenía que nacer en esa fecha...

 

Los lectores se podrán imaginar la fiesta que era los domingos ver llegar a San Carlino a los papás con la criatura en el carrichoche. Veinte frailes en corro, hablando quedo, quedito, para no despertarla, dedicándole lo mejor de las bendiciones y piropos del repertorio español e italiano para celebrarla. Paolo y Anna querían que se bautizara en San Carlino, “su iglesia”. No fue posible, por aquello de que no es parroquia. Pero como todo tiene arreglo en esta vida, fue bautizada en San Vitale. Y allá nos fuimos los frailes con guitarras y bandurrias, para cantar las alegrías de Giulia cristianándose. Y después, la celebración fue en el jardín del convento, con brindis y risas, con Paolo y Anna que no cabían en sí de contento, con los abuelos y demás familia, y la chiquitina bullendo en su capazo. Vestida de blanco.

 

Hoy, 19 de marzo de 2007, también va vestida de blanco. Las flores le hacen corro en un impresionante tapiz de ramos que cubren el crucero de la parroquia San Giovanni B. de Rossi. Ha empezado la misa, y enfrente de mí tengo a Paolo y Anna, llorando. A los abuelos, a los tíos. Y rápidamente me doy cuenta de que, en estos quince años, me he perdido algo. No, no lo digo sólo por algo tan raro, en una gran ciudad, como es ver a 2.000 personas juntas en un funeral, llorando al unísono con un llanto sereno, más de admiración y cariño que de dolor desesperado. Tampoco lo digo porque, entre mis años en España, y que esta querida familia celebra ahora la Eucaristía dominical en Santo Tomás in Formis (primera casa de la Orden en Roma), a Giulia la he visto sólo en dos ocasiones, de paso, recordándole las fiestas de su nacimiento. Guapa, guapísima de simpatía y de dos ojos preciosos. Digo que me he perdido algo, porque escuchando a Arsenio, que preside el funeral, trinitario muy amigo de la familia, y oyendo los testimonios de amigos y compañeros, en una celebración como yo no recuerdo otra (se reza con lo que se habla y se oye, en una amalgama de paz cruzada con dos mil llantos, también el mío), me doy cuenta de que estoy viviendo uno de esos momentos que merece la pena haber vivido. Que son una gracia de Dios. Como Giulia.

 

Era una chica sencillamente encantadora. Comprometida en los estudios, buena compañera, amiga fiel y entusiasta de las buenas cosas. Cristiana, como sus buenos padres. Todos los domingos participaba en la misa en Santo Tomás, ayudando a Arsenio en la celebración, leyendo las lecturas. Precisamente allí la vi, ahora lo recuerdo, hará unos seis o siete años, saltando como una cría que era, en las escaleras del jardincillo de la iglesia. Y con una precoz e intensa vocación misionera. Le dolía el dolor y la pobreza de los más pobres, sobre todo de Africa. Y, a diferencia de muchas de nuestras reacciones, que se quedan en un lamento poco más que estéril, Giulia soñaba con irse al Africa como misionera; eso sí, “con un chico”, porque tenía decidido casarse “con un marido bien guapo”. Y más acá de los sueños, colaboraba con las misiones trinitarias de Madagascar, y fue de las más decididas colaboradoras del proyecto “Una escuela para Malawi” promovido por su colegio.

 

Fue en octubre de 2005 cuando se le manifestó la cruel y fatídica enfermedad, un tumor óseo, que la ha llevado por hospitales de Bolonia y Roma, en busca de una curación que no ha llegado. Durante el año y medio de su calvario, nunca se ha quejado, y ha tratado de mantener siempre la sonrisa, teniendo siempre palabras de cariño y agradecimiento hacia los médicos y enfermeras que la han atendido, dando un ejemplo de paciencia y serenidad que ha dejado sorprendidos a cuantos la han conocido. Devota de la Virgen, en los momentos de mayor abatimiento rezaba el rosario, pidiendo la cercanía de María.

 

En los últimos meses, la metástasis hizo que, progresivamente, el tumor se extendiera de la pierna a la espalda y pulmones, no pudiendo ni siquiera acostarse para descansar. Ha pasado un mes en el Policlínico Gemelli, en cuidados sedativos, para evitarle los dolores propios de la enfermedad. En estas circunstancias, en la Navidad pasada, Giulia escribió una carta a sus padres; un texto estremecedor, que fue leído íntegro en el funeral, con la emoción que los lectores podrán imaginarse, y que revela una espiritualidad y fuerza de ánimo extraordinarios. La frase central: “Yo no soy la persona más desafortunada del mundo, porque hay otras que tienen que luchar contra el hambre y la pobreza”. Y, a renglón seguido, daba a sus padres su regalo de Navidad: la adopción a distancia de un niño en Madagascar y de otro en la India, a través de las Misiones Trinitarias.

 

Fue pocos días antes de dormirse definitivamente cuando Giulia confió a su madre que quería irse de misionera al Africa. Y que, en sueños, había visto a su abuelo, recientemente fallecido, que “la acompañaba hacia Jesús”; ella iba vestida de blanco, y se acercaba al altar, donde estaba el sagrario.

 

Giulia ya se ha marchado a la otra orilla. En la otra ribera quedamos los demás, su familia, su colegio, sus profesores, sus compañeros, sus amigos, médicos y enfermeras, testimoniando que Giulia vive en Dios y para Dios, y aquí estamos nosotros para ser un símbolo de esa vida nueva que ella ha recibido, con nuestro cariño hacia este ser único. Preguntándonos, en lo más oculto del alma, por el secreto de tanta generosidad y alegría, y haciendo un ineludible examen de conciencia.

 

El 24 de abril, el alcalde de Roma, Walter Veltroni, ha ido al colegio de Giulia. Sus compañeros de clase, al día siguiente del funeral, le escribieron una carta, contándole la historia de su amiga. Y el alcalde vino en persona, para hacer un homenaje a esta pequeña romana, al que asistieron sus padres. Pocos días después, Veltroni iría a Malawi, para inagurar la escuela “Roma”, en cuyo proyecto había colaborado Giulia, prometiendo que una de las aulas llevará su nombre. “Ejemplo máximo de altruismo y de alegría de vivir”, la definió el alcalde, bajo una pancarta confeccionada por sus compañeros, que decía “Giulia, un ángel entre nosotros”. Y Anna, la mamá, afirmó, siguiendo aquello que su hija le había escrito en Navidad: “Giulia no ha sido desafortunada, porque no se dejó vencer por la enfermedad, y ha vivido verdaderamente todos y cada uno de sus 16 años”.

 

Historias como ésta merecen ser contadas. Si tuviera los medios a mi alcance, pondría a Giulia en las cabeceras de periódicos y telediarios, como una buena noticia de una joven y extraordinaria chica que, como diría Veltroni, ayuda a tener vivo el sentido maravilloso de estos jóvenes que en una sociedad caótica y cínica, continúan creyendo en los valores de la solidaridad. Giulia es una señal de esperanza dada por Dios a cuantos la hemos conocido. Esta amiga de nuestra Familia Trinitaria ha sido y es un ángel que nos acompaña con su bondad y sonrisa. Un ángel al que he podido ver y saludar, y que acompañará siempre mi fe y mis recuerdos, con la sencillez de verla saltando en las escaleras del Celio. Sólo por haberla conocido me siento privilegiado y doy gracias a Dios. Y le pido que, desde allí arriba, siga dándonos motivos para soñar con un cielo y una tierra nuevos. 

Pedro Aliaga

 

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