Las hermanas, Antonia,
nacida en Jabalquinto (Jaén), y Emiliana, más conocida como
Asun (sobrenombre cariñoso que le puso el padre Lázaro al
llegar a Córdoba), natural de Casas Ibáñez (Cuenca), son
cofundadoras del comedor social para transeúntes que,
fundado por el padre Lázaro Castro, los Trinitarios tienen
en Córdoba desde hace 18 años. Más de un centenar de
transeúntes, hombres y mujeres de la calle, de muy variadas
nacionalidades, en su mayoría españoles y de procedencia
árabe, reciben diariamente en este comedor un almuerzo y un
bocadillo para la merienda, atención higiénica de ducha y
baño, ropa y calzado, asesoría en papeles oficiales y ayuda
familiar. Junto al padre Evelio Díaz Rivera, Antonia y Asun
son “los ángeles” del comedor San Juan Bautista de la
Concepción. “Tenemos la colaboración diaria de un gran grupo
de voluntarios, que eso…, eso es una gloria; son con
nosotros una familia”, subraya Antonia.
Confiadas en la
divina Providencia
En dieciocho años de existencia, este comedor ha pasado por
situaciones muy diversas. En los primeros años no contaba
más que con los propios recursos y donativos de la gente de
la parroquia; después llegarían las ayudas del Ayuntamiento,
de la Obra Social de CajaSur y de la Fundación Prolibertas.
“A veces, al principio, -nos explica Antonia- apenas si
teníamos lo más mínimo para dar de comer a aquel grupo que
venía. Nosotras, entonces éramos tres, nos poníamos muy
nerviosas, pero el padre Lázaro siempre nos decía:
tranquilas, confiemos en la Providencia. Y nunca nos
faltaron alimentos y ropa para los pobres”.
Antonia y Asun han vivido experiencias de todo tipo:
pequeñas reyertas, momentos de tensión entre los
transeúntes, expulsión de los violentos o borrachos, “en una
ocasión –cuenta Asun- un vaso voló sobre la cabeza de
Antonia, pero no pasó nada, se fue a estrellar contra la
pared”. Sin embargo, ellas recuerdan lo positivo: el respeto
que les tienen, el agradecimiento e incluso el cariño.
“Antes hablábamos mucho con ellos, -recuerda Antonia-. Por
las tardes, nos íbamos a acompañarles a los lugares por
donde pasaban la noche. Un grupo que vivía en la calle,
junto a la iglesia de san Francisco, y una familia que vivía
en el molino del río; les llevábamos algo y charlábamos
horas con ellos y lo agradecían de corazón. Momentos
inolvidables en los que aprendimos mucho”.
La sencillez,
hecha vocación y premio
“Nosotras estamos muy agradecidas a las personas que hayan
promovido este premio, -nos explica Asun-, porque nunca nos
han dado un premio y ellas sabrán qué han visto en nosotras.
Lo nuestro es trabajar, callando y callando, haciendo
nuestra tarea y trabajos lo mejor que sabemos. No se nos
había ocurrido que nos dieran un premio por hacer lo que
hacemos como religiosas trinitarias”. Antonia, por su parte,
desde su más profunda sinceridad, pone la guinda cariñosa
cuando dice: “Siempre que se habla del comedor, se habla del
comedor de los trinitarios, ¿es que las trinitarias no
contamos?” Y continúa: “Yo no sé de hablar y de escribir y
estas cosas de premios no me gustan, pero sí estamos muy
agradecidas a quienes nos lo han concedido, si es para bien
del comedor. Aquí en Córdoba, los transeúntes son para
nosotras el camino de Jesús, el camino que él nos señala en
nuestra misión redentora como religiosas trinitarias, y ese
es nuestro mejor premio. Si a la vez nos lo reconocen, damos
las gracias a la Santísima Trinidad”.