Recuperación de un clásico de la mística española

La Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) publica el cuarto tomo de la obra literaria de San Juan Bautista de la Concepción, reformador de la Orden Trinitaria

Con la reciente aparición del cuarto tomo de la obra literaria del Reformador de la Orden Trinitaria, san Juan Bautista de la Concepción, la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC) cierra la publicación de la edición crítica de los escritos de este insigne trinitario manchego, olvidado en la historia de los místicos españoles del siglo XVI. La BAC recupera así un clásico, casi desconocido, reparando la deuda histórica con este trinitario autor de ocho extensos volúmenes sobre temas místicos, espiritualidad e historia trinitaria.

       La actual edición crítica de los escritos de San Juan Bautista de la Concepción (1561-1613) saca definitivamente de su secular penumbra a un autor al que sobran méritos para ser incluido entre nuestro clásicos del Siglo de Oro. Lo reconocía hace más de cuarenta años un conocido historiador de nuestros místicos: «El Reformador de la Orden Trinitaria es en la historia de nuestra literatura mística un coloso de una importancia tan grande como desconocida» (José Mª de la Cruz Moliner, OCD). Que en nada desmerece de la talla de los clásicos más egregios lo han repetido los afortunados estudiosos que se han adentrado en su obra  y lo podrán constatar ahora los lectores.

     Santo, reformador de la Orden de la Santísima Trinidad, predicador, maestro de espíritu, asceta, místico de altos vuelos, nos ha dejado un precioso y variado legado literario que expresa con la frescura e intensidad de una confesión su polifacética experiencia. La simbiosis entre la doctrina y la vida, la teoría y la práctica, la mística y la ascesis dan a sus páginas el sello de un corpus original y estimulante, a despecho de algunos manualistas superficiales que han endosado el estigma de la decadencia a todos los autores posteriores al 1600. Teoría, ésta, ya definitivamente arrumbada.

      Su carisma de reformador, vivido de forma emblemática en una época similar a la nuestra, y la actualidad de su figura, fueron puestos de relieve por Pablo VI al proclamarlo oficialmente santo (25-V-1975): «De una manera concreta, san Juan Bautista de la Concepción nos enseña con su vida cuáles han de ser las disposiciones y actitudes de los auténticos renovadores». A su muerte —concluía el Papa—, «deja en su obra y en sus escritos una lección perenne: ¡No hay auténtica reforma eclesial sin la renovación interior, sin obediencia, sin cruz; sólo la santidad produce frutos de renovación!». Un sucesivo libro (J. Pujana, San Juan Bautista de la Concepción. Carisma y misión, 1994, BAC normal, 543), ha examinado a fondo esa labor histórica. Cual contemplativo, agraciado con las experiencias más elevadas del espíritu, compone enjundiosos textos (primer tomo) tratando de engolosinar a sus hermanos con las maravillas que obra Dios en el alma: la unión perfecta, las noches espirituales, la llaga de amor, la acción donal del Espíritu Santo, la experiencia de la inhabitación trinitaria, la humildad teologal… En otras páginas (segundo tomo), transidas de color costumbrista y viveza coloquial, narra los avatares de la reforma trinitaria, ahondando en particular, desde la óptica de la fe, en su alcance salvífico cual obra de la Santísima Trinidad. Su pluma se detiene asimismo en torno al espíritu, observancias e ideales de los trinitarios descalzos (tercer tomo), con incisivas reflexiones sobre aspectos nucleares de la vida consagrada y de la vida cristiana en general. Nos brinda, en fin, (tomo cuarto) unas vibrantes exhortaciones a la perseverancia en el seguimiento de Cristo, sin dejar de abordar cuestiones hoy muy debatidas como la estima de la vida o el uso del tiempo. Todos los temas importantes tratados por nuestros autores espirituales clásicos tienen en él un desarrollo de cuño personal, sin estériles academicismos o devaneos de escuela.

      Toda su producción está en prosa, una prosa predominantemente didáctica, no ajena al deleite estético e incluso poético gracias a los numerosos recursos estilísticos que emplea. «Su forma de escribir hace su obra particularmente atractiva para los gustos contemporáneos… San Juan Bautista de la Concepción, precisamente por el recurso constante a ejemplos que acerquen el significado de hechos interiores, profundos, sobrenaturales, a las mentes sencillas de sus hermanos, constituye una fuente inestimable para lo que podríamos llamar la historia de la vida cotidiana de su tiempo» (Juan Martín Velasco). En este sentido, es «un referente sociológico sobre el mundo de su tiempo» (Feliciano Delgado). Revela una formación humanística y teológica envidiables. Conoce bien a los Santos Padres y cita una infinidad de autores clásicos y contemporáneos. Manifiesta un dominio sorprendente de la Sagrada Escritura. Cita con frecuencia y devoción filial los libros de Santa Teresa. Como conviene a un gran predicador, domina el vocabulario castellano y echa mano de todo tipo de modismos populares. Maneja con soltura el refranero, ejercita con maestría el arte de la ejemplificación, recurre profusamente a la anécdota y a símiles basados en la naturaleza, todas notas que le aportan claridad y amenidad aún en las cuestiones más difíciles. Temperamento observador, abunda en descripciones psicológicas de extraordinaria viveza. Los expertos en nuestras letras clásicas  resaltan su valor lingüístico y lexicológico. «Estilo vivo, abundoso, rápido, animado, a ratos chispeante y hasta pintoresco, que gusta y se pega. El lenguaje es  correcto y clásico, natural y digno» (Baldomero Jiménez Duque). Pío Medrano, pionero en el estudio riguroso de sus valores literarios, certifica que el reformador trinitario, «uno de los más fecundos y meritorios escritores ascético-místicos del Siglo de Oro», «utiliza toda clase de recursos expresivos, hasta el punto de que bien se podría confeccionar un tratado de retórica o estilística completo sacado de sus obras»; y que «en su obra abundan los textos antológicos, verdadera delicia espiritual y literaria, que le acreditan como un escritor ascético-místico muy valioso». El suyo es un lenguaje castizo, rico, vivo, espontáneo, copioso, natural y popular, muy en la línea de Teresa de Jesús o Miguel de Cervantes.

    No en vano los especialistas del sector están reclamando ya un puesto de mayor consideración para nuestro autor en «cuestiones literarias y lingüísticas» (Mariano Quirós). «Juan Bautista de la Concepción es un capítulo por escribir en la Historia de la Literatura Española» (Feliciano Delgado). «Está ya, con toda justicia, en los altares. Urge ahora un esfuerzo solidario para elevarlo, también por justicia, al altar de la historia literaria» (Ricardo Senabre). 

      La Biblioteca de Autores Cristianos ha operado brillantemente el acto basilar de rescate de nuestro clásico autor, mostrando incluso en portada, con acierto, el hermoso retrato que le dedicó El Greco. Los estudiosos de nuestra más gloriosa historia humana, espiritual y literaria ya no tienen excusas para seguir arrinconándolo. Y los lectores que hambrean lecturas sustanciosas e iluminantes para la propia andadura en estos tiempos tan sombríos como esperanzadores, tienen servido el banquete.

Fr. Juan Pujana